Evita sigue siendo un espejo

Cristina Álvarez Rodríguez

Evita sigue siendo un espejo

En un nuevo aniversario del nacimiento de Evita, la memoria de sus acciones en favor de los trabajadores, las mujeres y los más humildes es un ejercicio indispensable para pensar la coyuntura actual y los difíciles momentos que atraviesa el país. Evita ha logrado convertirse a lo largo de los años en un referente de distintos movimientos sociales y políticos que hicieron de su figura el faro de proyectos de inclusión y ampliación de derechos, en oposición al avance de la injusticia social, la violencia detentada por gobiernos indiferentes a los reclamos populares y el avance de políticas de concentración económica y distribución regresiva del ingreso.
Su liderazgo, único y novedoso, permitió coordinar diferentes fuerzas e incluir en la estructura de poder a otros colectivos. Tal fue el caso de las mujeres y los trabajadores, quienes encontraron a partir de la acción de Evita un marco de significación para convertirse en sujetos políticos de derecho y de participación directa en el entramado institucional, social y cultural de la Argentina. Llegado Perón a la presidencia, Evita, a diferencia de lo que se esperaba usualmente de las esposas de los mandatarios, iba a tener una presencia determinante. Su primera función fue oficiar de nexo con los gremios, comenzando a recibir delegaciones obreras y gremiales que solicitaban su intervención para obtener mejoras para el sector. A lo largo de 6 años de intensa labor, participó en numerosas negociaciones colectivas de trabajo, medió en la resolución de conflictos con la patronal y e impulsó de leyes de protección social y laboral.
Pero ese acercamiento a los trabajadores se iría complementando en esta primera etapa con su acción referida a las mujeres. Sus discursos iniciales se dirigieron especialmente a estos dos sectores, las mujeres y los trabajadores, colocándose a la par de ellos. Su condición de mujer, y su reivindicación como trabajadora, fueron tejiendo una estrecha relación de correspondencia que fue sedimentando una nueva correlación de fuerzas que se establecían como poder político.
El 25 de julio de 1946, Evita daba su primer gran discurso destinado a las mujeres argentinas, formando un concepto de unidad con ellas. Apela a todas las mujeres, pero en especial a las mujeres de trabajo, las amas de casa y las que día a día tienen la responsabilidad de bregar por el bienestar del hogar y cuidar la economía familiar. Con simpleza y claridad, resaltó el importante papel que cumplen las mujeres del pueblo y la responsabilidad que recae en ellas en la construcción del entramado social. Consciente de las lesiones que producen en el tejido social el desempleo y las políticas contrarias a la masa trabajadora, su mirada siempre estuvo orientada hacia la protección del trabajo y las mujeres, porque cuando impera la desigualdad, la falta de negociación salarial, los aumentos desbocados que impactan con fuerza en el presupuesto familiar, son ellas las más afectadas.
No sólo por la angustia de no tener trabajo, o, aún trabajando, no llegar a cubrir los gastos inevitables, sino por esas otras consecuencias, más graduales pero también más imperceptibles y silenciosas, que se traducen en padecimientos morales, de identidad, y, en algunos casos, de violencia de género. Los humildes y los trabajadores, en esa gestualidad amorosa auténticamente popular, la convirtieron en su Abanderada.
Comprometió su vida y su salud en la forja para conseguir las demandas históricas de las mujeres y sus "grasitas", ese término que hoy recuerda la lengua del desprecio. Su lucha por el reconocimiento de derechos sociales irrenunciables fueron soldando una unión que perdura en el tiempo. Porque, retomando sus palabras, "Nuestro movimiento es, por definición, movimiento del pueblo, de la Patria, porque en último término la Patria es el pueblo mismo".

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