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El "ballotage" es una palabra francesa que se hizo un lugar en el vocabulario político como antecedente de la segunda vuelta electoral que existe hoy en las elecciones presidenciales de casi todos los países latinoamericanos. En Francia, que a diferencia de la mayoría de los países de la Unión Europea tiene un régimen presidencialista, es una institución fundamental para el funcionamiento del sistema institucional. De allí que la mayoría de los analistas concentre hoy su atención en el hecho de que el candidato elegido por la derecha conservadora, Francois Fillon, sea la figura más competitiva para lidiar en la segunda vuelta la primera magistratura contra Marine Le Pen, jefa del Frente Nacional.
Esa preocupación es absolutamente legítima. El triunfo de Donald Trump en Estados Unidos, precedido por el Brexit, hace que Le Pen empiece a ser visualizada como una alternativa electoralmente viable.
Esa sola posibilidad coloca en estado de shock a la Unión Europea. Porque si Francia sigue el camino de Gran Bretaña, el sueño europeísta quedaría confinado al desván de los recuerdos.
Le Pen se empeña en sacarle el jugo al resultado de las elecciones estadounidenses. "Trump ha hecho posible lo que hasta ahora se había presentado como imposible. Es una victoria del pueblo contra las élites", afirmó la candidata. Añadió que su triunfo "es una piedra adicional en la construcción de un nuevo mundo, destinado a reemplazar al antiguo" y sugirió que es posible "dibujar un paralelismo con Francia".
El fenómeno Le Pen está en ascenso. Paul Moreira, autor de un documental titulado "Baile con el Frente Nacional", reconoce que la candidata recoge un amplio y heterogéneo abanico de adhesiones entre los decepcionados del sistema. La paradoja es que recoge a la vez un fuerte apoyo en las zonas rurales culturalmente más conservadoras y también entre el antiguo electorado del Partido Comunista Francés.
Moreira sostiene que el voto a Le Pen "pretende ser revolucionario pero es, de cierta forma, "kamikaze''. Tienen la visión de que no hay más alternativa, que derecha e izquierda son lo mismo y, frente al inmovilismo, están decepcionados. Dicen que hay que votar al Frente Nacional para provocar una revolución, una explosión, un cambio".

Conservadores vs reaccionarios

El politólogo Mark Lilla, en su reciente libro "La mentalidad naufragada: sobre la reacción política", editado en inglés, ensaya una distinción entre "conservadores" y "reaccionarios", pensada en función de Trump, pero aplicable a la política francesa. Señala que "los reaccionarios no son conservadores. A su manera, se han radicalizado como los revolucionarios y se aferran con igual firmeza a las visualizaciones históricas".
Explica Lilla que "a los revolucionarios los inspiran utópicas expectativas milenarias de un orden social redentor. A los reaccionarios los acosan temores apocalípticos de entrar en una nueva era de oscuridad". En cambio, "el conservador procura, revivir, restaurar y reconstruir: utilizar las dotes de los muertos para hacer el presente un poco más dulce y más profundo". Esta distinción teórica adquiere candente actualidad si se observa la trayectoria y la personalidad de Fillon, triunfador en las elecciones primarias de los republicanos, nueva denominación de la histórica formación de la centro-derecha francesa, en las que se impuso en la segunda vuelta contra el exprimer ministro Alain Juppé, tras haber eliminado en la primera vuelta al expresidente Nicolás Sarkozy.
Fillon es un conservador cultural de firmes convicciones católicas. Sus ideas restan exclusividad a la prédica del Frente Nacional.
Tiene una posición restrictiva en materia inmigratoria, es partidario de limitar el derecho a la adopción de los matrimonios igualitarios, es restrictivo en materia de aborto y crítico del funcionamiento de la Unión Europea, ya que postula una reducción de las facultades de las autoridades de Bruselas y la revalorización de la soberanía de los estados miembro y se enorgullece de haberse opuesto al Tratado de Maastricht.
Al mismo tiempo, es un abanderado del liberalismo económico. Entre sus propuestas programáticas, sobresalen una reforma laboral que termine con la jornada máxima de 35 horas, la modificación del régimen previsional y la adopción de un conjunto de medidas que reduzcan el peso del Estado, disminuyan la presión fiscal, incentiven la inversión privada y estimulen la competitividad internacional de la industria francesa.

El desconcierto de la izquierda

Mientras la derecha conservadora intenta limar la base electoral de Le Pen, el gobernante Partido Socialista se debate en la incertidumbre. Convencido por sus bajos índices de popularidad, el presidente Francois Hollande renunció a presentarse para la reelección. Esa decisión abre el camino a su primer ministro Manuel Valls para competir en las elecciones primarias del Partido Socialista, que tendrán lugar en enero.
Pero la novedad de la izquierda podría venir de la mano de una renovación generacional: Emmanuel Macron, un joven de 38 años, quien hasta agosto se desempeñó como ministro de Economía de Hollande, anunció su postulación como candidato de una izquierda modernizante, con tintes liberales, que cuestiona el anacronismo de las fórmulas tradicionales del Estado de Bienestar.
Macron fue categórico: "rechazo este sistema porque ha dejado de proteger a los que tiene que proteger". Recalca que "nuestro modelo económico está agotado, ya no funciona. En el fondo, sirve a los más privilegiados, a los protegidos, pero excluye a muchos, cada vez más. Nuestro mercado de trabajo se ha convertido en algo más injusto: opone a quienes tienen un empleo estable con quienes sufren la precariedad".
Herético para la tradición socialista, Macron advierte que "tanto la derecha como la izquierda han fracasado por abordar los nuevos problemas "con recetas del siglo pasado".
Proclama que "el desafío no es aglutinar a la derecha o a la izquierda, sino aglutinar a los franceses". Promete sacar de la parálisis a un país que "dejó de ser próspero hace ya cuarenta años".
La apuesta de Macron es aprovechar la derechización de Fillon para disputarle una franja del electorado centrista, a fin de ingresar al ballotage para competir con Le Pen.
El problema es que todas las encuestas indican que, en una hipotética segunda vuelta, Fillon le ganaría a Le Pen, pero esa certeza no se extiende a ningún candidato socialista, ni siquiera a Macron.

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