Mientras Barack Obama designaba a Jeffrey De Laurentis como primer embajador estadounidense en Cuba, tras 56 años de congelamiento diplomático, y el congreso de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC) ratificaba el acuerdo de paz firmado con el presidente Juan Manuel Santos, cuya ejecución quedó en suspenso tras el inesperado resultado de la consulta popular del domingo pasado, pero sin que este hecho implique el peligro de una reanudación de las hostilidades, el gobierno de Nicolás Maduro y la oposición, nucleada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD), pidieron mediación del Papa Francisco para superar la crisis venezolana.
Este nuevo escenario latinoamericano contrasta con la intensificación del conflicto en Medio Oriente, profundizado desde la irrupción de ISIS en 2014, cuyas secuelas se advierten en el territorio europeo e incluso en las ciudades norteamericanas, a través de la proliferación de atentados terroristas que no tienen como blanco a objetivos militares sino a la población civil.
Entre las causas de ese contraste, sobresale el protagonismo asumido por el Papa Francisco, quien hace honor a su condición de primer Papa latinoamericano, al erigirse en artífice de la recomposición de las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Cuba, activo colaborador en las negociaciones entre el gobierno colombiano y las FARC y promotor del diálogo entre el régimen de Caracas y la oposición venezolana.
Tampoco conviene subestimar el rol desempeñado por Obama, quien con su visita a Cuba liquidó el último vestigio de la guerra fría en el continente americano, mientras que con prudencia diplomática avaló silenciosamente el diálogo entre Santos y las FARC y acompaña la solicitud de mediación del Papa en Venezuela, considerando que en ambos casos una presencia más visible podía haber resultado contraproducente.
En cambio, sobresale la ausencia de Brasil, que por su crisis interna abandonó temporalmente su papel relevante en el ámbito regional.
Lo cierto es que estos tres hechos están encadenados. Porque la recomposición entre Washington y La Habana posibilitó la irrupción en escena de un tercer actor que confluyó con los afanes pacificadores de la Santa Sede y la Casa Blanca: el régimen cubano privó de apoyatura internacional a las FARC, ofreció a La Habana como sede del diálogo entre el gobierno de Bogotá y los insurgentes, que no se han interrumpido a pesar del resultado de la consulta popular, e influye ahora sobre Maduro, cuyo aislamiento externo lo obliga a sentarse en una mesa de negociaciones.
A la vez, las negociaciones iniciadas en el conflicto colombiano, orientadas a poner fin a la guerra civil más prolongada de la historia de América Latina, ayudaron a focalizar las miradas sobre la debacle venezolana, que amenazaba con derivar en la primera guerra civil regional del siglo XXI.
En los tres casos, hay damnificados.
En Cuba, un sector de la oposición anticastrista exiliada en Miami se siente traicionada por Obama, por entender que el deshielo no contempla pasos concretos para la democratización de la isla del Caribe, y lanza duras invectivas contra el mandatario estadounidense, que son aprovechadas por los republicanos en el Congreso y por Donald Trump en su campaña proselitista. En Colombia, el gobierno de Santos asume el costo político de una derrota que, contra lo que amenazó en su fracasada campaña por el "sí", no supuso ni por asomo la ruptura de las negociaciones con las FARC. En Venezuela, los "halcones" de la oposición recelan de la mediación papal porque temen, con justificada razón, que la apertura del diálogo entre Maduro y la Mesa de Unidad Democrática descarta la alternativa del derrocamiento del régimen "chavista".

Tres transiciones

El común denominador de lo que sucede en Cuba, Colombia y Venezuela es que, con avances y retrocesos, la instancia de la negociación tiende a prevalecer por sobre la lógica del enfrentamiento. En los tres casos, las negociaciones en trámite implican el comienzo de otros tantos procesos de transición, con un final abierto, donde cada uno de los protagonistas pujará por sus posiciones de poder, pero sin negar la existencia y los derechos de su antagonista.
En Cuba, el gobierno de Raúl Castro intenta aprovechar la reanudación de los vínculos con Washington para salir del estrangulamiento económico y fortalecer su poder político. La oposición moderada apuesta a que la apertura económica y el mayor contacto con el exterior promueven una paulatina liberalización del régimen, a la espera que, a semejanza de lo que sucedió en España con Francisco Franco, la biología abra el camino de la democracia.
En Colombia, el gobierno aspira a que la eliminación del conflicto que ensangrentó al país durante más de cinco décadas posibilite un despegue económico que asegure la gobernabilidad y permita avanzar en el desmantelamiento del narcotráfico, cuyo avance territorial se vio favorecido por la guerra civil. Las FARC, por su parte, intentan embarcarse en una inédita experiencia de participación en el proceso democrático.
En Venezuela, al pedir la mediación papal, el régimen especula con una cláusula de la "constitución bolivariana" que regula la acefalía presidencial. Intenta evitar que el referéndum revocatorio planteado por la oposición tenga lugar antes del 31 de diciembre, porque en ese caso el triunfo del "sí" implicaría la necesidad de una inmediata convocatoria a elecciones presidenciales. Preferiría postergar esa consulta popular para el año próximo, ya que entonces sería la Asamblea Legislativa la que designaría un mandatario de transición para terminar el mandato de Maduro y dilatarían los comicios presidenciales a 2019.
Por el contrario, la oposición moderada intuye que la intervención de Francisco obligará a Maduro a cesar las persecuciones y abriría un cauce para una rápida transición democrática.
En su prédica como arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge Bergoglio insistió hasta el cansancio en la importancia de cuatro apotegmas: "la unidad es superior al conflicto", "el tiempo es superior al espacio", "la realidad es superior a la idea" y "el todo es superior a la suma de las partes". Al mismo tiempo, recalcó siempre, en materia de cambios de fondo, la importancia de "iniciar procesos", cuyos frutos se perciben recién en el mediano y largo plazo.
Estos cuatro principios básicos están presentes en la intervención del Papa Francisco para impulsar los procesos de transición política en Cuba, Colombia y ahora en Venezuela.

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