Inundan las redes sociales los mensajes irónicos, agresivos y algunos razonamientos ingenuos sobre el papa Francisco y su relación con el gobierno de Mauricio Macri. Algunos mensajes presentan al Papa como cristinista, al mismo Papa que los K consideraban el jefe de la oposición. Quizás aquí, en este punto, esté el centro del mal entendido, sumado a nuestra tan mentada característica argentina de creer que somos los mejores del mundo en todo. Entonces, como en el fútbol, que pasamos de la euforia a la depresión sin escalas, pretendiendo meter al papa Francisco en las internas políticas nacionales.
Aplaudimos y lloramos en su elección, nos conmovió ver a Francisco en Lampedusa recibiendo a los inmigrantes del norte de África o entregando rosarios y hablando a los narcotraficantes encarcelados en ciudad Juárez en México, o cuando se abraza con judíos y musulmanes, pero nos rasgamos las vestiduras como fariseos cuando nos enteramos que le mandó un rosario para que rece la Milagro Salas, que sigue presa sin juicio -para el tontaje dirían los chicos-, ya que van fortaleciendo el mito de una líder perseguida, al no definir su situación; o cuando recibía a Cristina Kirchner y su corte en Santa Marta. Nadie dice que la visita de escasa sonrisa que le hizo Macri al Papa se ajustó al protocolo pedido por el propio presidente argentino, y aun siendo estrictamente protocolares los vaticanistas, saltaron varias reglas en atenciones excepcionales a Mauricio, su esposa y su comitiva. Pero eso ya es historia. Nosotros difícilmente cambiemos, aún con Cambiemos.
Francisco no viene a la Argentina el año próximo.
Juan Pablo II ya había canonizado a otro argentino, mártir de la guerra civil española, San Héctor Valdivieso, criado en España y religioso marianista. San Gabriel del Rosario Brochero, nuevo santo criollo, cura cordobés de boca sucia para algunos, amigo del presidente Juárez Celman, y vinculado a la política para otros. Francisco pone ante los ojos de mundo un argentino en los altares. Ya tenemos a Maradona, Messi, Máxima, Delpo, Borges, Bergoglio... ahora tenemos a Gabriel Brochero. Lo eleva a los altares por ser un hombre coherente en su vida, era cura, vivió como cura, hizo cosas de curas, nada extraordinario. Cumplió con sus obligaciones, y fue puente entre Dios y los hombres de su tiempo, para que nadie quedara fuera de la fe y atravesara el camino de la muerte a la vida ungido y auxiliado por la religión. Y se relacionó con todo tipo de gente, como mal calificamos nosotros, buenos y malos. Así como lo hace Francisco, porque el Papa y los curas, por fe, no pueden negarse a recibir a nadie. Todos tenemos una semilla de bondad que alguna vez comienza a brotar, aunque reconozco que mi tía Goya decía que éramos semillitas de maldad de chicos.
La misión del Papa trasciende los límites de nuestro país y eso él lo tiene muy claro. Nosotros debemos dejar trascender la figura de Bergoglio y sentirnos orgullosos de que un argentino es el sucesor de Pedro, la mano derecha de Jesús. Y de que es un hombre elegido por casi 100 de los 120 cardenales electores de todo el mundo, que pusieron en sus manos, en su cabeza y en su corazón la reforma, la reorganización de una de las instituciones más antiguas del mundo con más de 1.600 millones de fieles. Con un equipo de gobierno en su sede con muchos papeles flojos, que Francisco personalmente, tratará de dejar ordenado a su sucesor. Habrá que probarse los zapatos rojos o los ortopédicos y gastados de Bergoglio para entender donde está parado y olvidarnos si le sonríe o no al poco expresivo Presidente argentino. A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César. La laicidad es un principio cristiano, que a lo largo de la historia a veces no se ha respetado, pero las intervenciones públicas de la Iglesia en defensa de los valores morales de la persona humana no lesionan la laicidad del Estado.

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