Francisco, los divorciados y el enorme amor de Dios

Felipe Medina

Francisco, los divorciados y el enorme amor de Dios

En un diario del norte argentino titularon el informe de la clausura del Sínodo de la Familia celebrado en Roma, como "Triunfo de los progresistas" la información sobre las conclusiones de éste evento, limitando su grandeza a un minúsculo sector dentro de las internas eclesiásticas. No fue el triunfo del progresismo católico. Fue el triunfo del Pueblo de Dios, representado por el Papa Francisco, su mejor intérprete, frente a los corazones cerrados que se esconden en las enseñanzas de la iglesia para juzgar con superioridad y superficialidad. Fue el triunfo de la Cátedra de Pedro, Cátedra de Misericordia, frente a la Cátedra de Moisés preparada para juzgar. El Evangelio de Cristo es la superación de la ley mosaica por la fuerza del amor. No cambia la doctrina sobre el matrimonio cristiano, cambia el modo de tratar y encarar los problemas y dificultades de aquellos que se equivocaron en la elección de su matrimonio, que se casaron con una serie de condicionamientos e impedimentos, aún sin saberlo, convencidos de que estaban enamorados, cambia el modo de trato a tantas familias heridas por la vida, o tal vez, por la misma estructura de la iglesia o falta de misericordia de sus miembros.
La iglesia no es ajena a los altibajos humanos, pero Dios asiste y aporta su prisma para mirar la realidad, la cruda realidad de la familia de hoy. Dios tiene ojos de amor misericordioso para todos los hombres y mujeres de este mundo. Ojos que deben tener los miembros de la iglesia a la hora de analizar a la familia, como decía el documento conciliar Gaudium et Spes, "los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo". Un texto rico del proemio de la GS que, al parecer, olvidaron los que sólo recurren a los principios para hostigar a las familias heridas.
Nuevos paradigmas de familia, jóvenes con miedo a casarse, familias ensambladas, matrimonios civiles, uniones temporales a prueba, generan inquietudes pastorales en los miembros de la iglesia, pastores y laicos comprometidos. Y allí se debate desde la aplicación dura de la ley para excluirlos de la comunidad, al compromiso sincero para acogerlos e integrarlos en la actividad pastoral de la iglesia, con un Código de Derecho Canónico no flexibilizado, pero si reformado para buscar soluciones concretas a quienes fracasaron en la primera elección. El Papa Francisco hizo un enérgico llamado a los Padres Sinodales a defender la familia, no desde la defensa de la letra de la ley, sino desde el espíritu, no a las ideas, sino al hombre integral. "Esto no significa en modo alguno disminuir la importancia de las fórmulas, de las leyes y de los mandamientos divinos, sino exaltar la grandeza del verdadero Dios que no nos trata según nuestros méritos, ni tampoco conforme a nuestras obras, sino únicamente según la generosidad sin límites de su misericordia (cf. Rm 3,21-30; Sal 129; Lc 11,37-54). Significa superar las tentaciones constantes del hermano mayor (cf. Lc 15,25-32) y de los obreros celosos (cf. Mt 20,1-16). Más aún, significa valorar más las leyes y los mandamientos, creados para el hombre y no al contrario (cf. Mc 2,27)".
El Sínodo aprobó el articulo 85, donde se indica que la iglesia debe reintegrar e insertar en su comunidad a los matrimonios divorciados y vueltos a casar, analizando con criterios de misericordia caso por caso, como ya anunciaba el Papa Francisco en su homilía de clausura. Es necesaria una gran amplitud de criterio para resolver situaciones irregulares respetando las diferentes culturas y realidades de cada país, donde la iglesia asentó su misión. En definitiva, con la reforma del Código de Derecho Canónico la responsabilidad de cada proceso recae en los obispos diocesanos, quienes no sólo tendrán olor a oveja, sino también a tinta, por los decretos que deberán emitir y firmar, como decía un obispo amigo.
La misericordia de Dios sigue siendo la obsesión del Papa Francisco, frente a la resolución de los múltiples problemas que afronta la humanidad y ocasionan tanta preocupación a los pastores. Dios no se cansa de perdonar, y el Papa Francisco no se cansa de empujar a la iglesia a un vivencia plena del amor de Dios, lejos de la hipocresía reinante.

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