El nombre Gabriela Arias Uriburu empezó a hacerse conocido a finales de la década de 1990, cuando medios de todo el mundo comenzaron a reflejar la historia de una madre que había llevado su lucha por volver a ver a sus tres hijos a los organismos internacionales.
Su pelea había comenzado en 1997, cuando Imad Shaban, el padre de sus hijos, secuestró a los niños y se los llevó de manera ilegal a Jordania, donde él había nacido. El hombre, de origen musulmán, huyó con los niños desde Ecuador, el país donde vivían entonces, tras el divorcio de la pareja.
Gabriela había nacido en Brasil porque su padre era diplomático pero pasó gran parte de su vida en la Argentina, donde está radicada hoy. Estuvo casi un año sin ver a sus hijos, que tenían cinco, tres y dos años cuando se los llevaron. Los niños crecieron en Jordania y tomó años que pudieran volver a tener una relación fluida con su madre.
Hoy sus hijos son adultos. Ella dirige la fundación Foundchild y se convirtió en una voz especializada en derechos de la infancia. El proceso que impulsó para recuperar el lazo con los niños marcó un antes y un después en materia de política internacional.
Esta semana Gabriela Arias Uriburu llegará a Salta, donde se siente "de vuelta en casa" porque tiene familiares en la provincia y ha viajado muchas veces para visitar a la Virgen del Cerro.
Por una invitación de la defensora general de la Provincia, María Inés Diez, dará la conferencia "Amor insecuestrable, un caso de la vida real", con entrada gratuita. Será el jueves, a las 17, en la Universidad Católica y para inscribirse se puede ingresar a www.escuelampsalta.gov.ar.
¿Qué cree que cambió en la sociedad a partir del secuestro de sus tres hijos y su lucha por recuperarlos?
Creo que lo primero que la gente leyó es mi dramática historia personal. Después se incorporó algo más complejo, que era el tema multicultural, algo nuevo para la Argentina.
Estamos hablando del año 1998. En la Argentina no hemos tenido tanto contacto con la cultura musulmana. Aunque el país tuvo mucha corriente migratoria, no tenemos, como en Francia o Inglaterra, a afganos, jordanos, egipcios e indios conviviendo. Aquí no entramos en un supermercado y encontramos a mujeres con shador.
Digo esto porque es muy importante hablar de este contexto. A mí me tocó dar a luz una problemática no solo familiar sino un contexto multicultural.
El primer encuentro con mis hijos, en diciembre de 1998, salió en primera plana de todos los diarios. Era algo nuevo para el mundo que la situación particular de una madre con sus hijos llegara a ser una cuestión de Estado.
Esto abre una nueva dinámica sobre las cuestiones humanitarias en el mundo, lo que se funda claramente cuando yo pongo en supremacía el derecho de mis hijos por sobre el de los adultos. Esto generó todo un cambio del derecho internacional privado al público.
Se empezó a visibilizar que la historia tiene nombre de niños, tiene nombre de infancia y también cuánto los adultos tenemos que hacer por los niños en el mundo.
Además, se visibilizó algo que ocurre de forma casi espontánea y natural, que es el encuentro de personas de diferentes etnias, religiones y culturas. Todo esto trajo la creación de Foundchild, organización que trabaja temas de familia con la mirada en el cuidado del niño.
¿Está creciendo la cantidad de casos como el suyo?
Sí, cada vez hay más. La Argentina avanzó en una postura de visibilizar a nivel mundial lo que está ocurriendo con las familias y cómo el Estado tiene que ser responsable de generar dinámicas de resolución para el niño, no para los padres.
Esto fue una cuestión de Estado hasta el gobierno de Eduardo Duhalde. Después, cuando asumió Néstor Kirchner, la política de derechos humanos fue completamente diferente.
Durante el gobierno de Néstor y de Cristina de Kirchner hubo 12 años de "no tratamiento" del tema. Entonces se agravó muchísimo la circunstancia familiar para el niño. Hoy nos encontramos con "no políticas" porque Mauricio Macri tampoco lo toma como una cuestión de Estado. Estoy en una espera para ver si en algún momento hay un cambio.
Siento que las políticas hoy no acompañan los sacudones humanitarios que estamos viviendo todos como sociedad.
Dice que los gobiernos anteriores y el actual no se ocuparon del tema de los niños, ¿desde qué punto de vista?
Por ejemplo, presentamos proyectos sobre cómo la Cancillería debería comenzar a trabajar con estos casos para prevenir. La Argentina se quedó atrasada en la dinámica.
La canciller dijo que ella está en perfecta contención y no es así. La que está conteniendo hoy a Carolina Pavón es la directora científica de la Fundación (Foundchild).
Lo único que está haciendo la Cancillería es una cuestión de buenos oficios y en las cuestiones humanitarias no alcanzan los buenos oficios. Hay que llevar adelante una dinámica nueva.
Nos encontramos con esta situación que está teniendo hoy la política argentina. Estamos viendo cómo nos movilizamos frente a esta situación que está viviendo esta ciudadana argentina en Egipto con un Estado que hace buenos oficios. Eso no basta. Hay que generar protocolos de ayuda humanitaria.
Presentamos un proyecto al Gobierno nacional para llevar adelante esto con cosas muy concretas, como la creación de un tribunal internacional de familia o acuerdos bilaterales para la vinculación y revinculación de los niños con sus padres, para que no se terminen convirtiendo en rehenes, no solo de los padres sino también de los Estados.
Se necesita un compromiso de quien está ejerciendo la presidencia de poner al niño como una política de Estado. La infancia hoy no es política de Estado. Y los niños piden siempre a los padres transformaciones, dinamismos y cambios. No que se sigan implementando cuestiones de adultos porque el niño está creciendo hoy. No mañana ni ayer.
La infancia no está en agenda. No se le habla al niño. No se le pide disculpas al niño. Todo este cambio tiene que empezar en la Justicia también.
El hecho de que la infancia no esté en la agenda pública, ¿en qué otras cuestiones se refleja, más allá de los casos de tenencia que deben resolverse entre los padres?
Lógicamente que la desnutrición habla de esto. La cuestión de la violencia que están sufriendo los niños a través de sus adultos también.
La violencia en las escuelas... No hay en las escuelas argentinas un programa o un proyecto para empezar a trabajar este tema. No se está proveyendo herramientas a los maestros.
Su caso no se tomó estrictamente como una situación de violencia de género. ¿Tiene la sensación de que fue así?
Yo no quise que fuera tomado así. No le hubiera servido para nada a mis hijos. Hubiera quedado en el margen del hombre y la mujer, como una cuestión de género. Y hubiera quedado en "víctima y victimario". Lo que hice fue trabajar con ese arquetipo y llevarlo al territorio de los niños. Eso me obligó a salir del lugar de víctima y colocarme en un lugar de protagonista de la historia.
Empezó con un acto muy grande de violencia. Exactamente.
Después de tantos años, ¿cómo es la relación con sus hijos?
Es una relación que va fluctuando por las edades que ellos tienen. Hay un momento, cuando los chicos cumplen la mayoría de edad, en que tienen que ir hacia sus vidas. Ellos van creciendo en esto.
Es muy difícil que los padres se den cuenta de que ya hicieron lo que tenían que hacer y que, de ahí en más, lo que hagan los hijos depende de ellos. Hoy tienen 24, 23 y 19 años. Tenemos contacto fluido desde 2008.
¿Cómo es el trabajo de Foundchild hoy?
Está en un cambio fundacional enorme. Nos hemos ocupado de casos durante 20 años y eso nos alejó de esta cuestión de instalar los contenidos de la infancia en el mundo. Estamos tratando de retirarnos un poco del asesoramiento, que le corresponde al Estado porque tiene la estructura para hacerlo y nosotros no.
Es una fundación filantrópica que no está subsidiada. Nos queremos ubicar como una organización que está empezando a dar contenidos filosóficos, científicos y jurídicos al mundo para empezar a posibilitar cambios en temas como violencia, adopción o restitución.
Algo sobre lo que deberíamos estar trabajando ya, por ejemplo, es el desplazamiento de los niños de Oriente a Occidente.

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