Güemes y nuestro presente

Rodolfo Villalba Ovejero

Güemes y nuestro presente

La figura tutelar y señera de Martín Miguel de Güemes, su heroico protagonismo en el movimiento emancipador de la América profunda, en cada aniversario de su natalicio cobra un particular y patriótico brillo, a la vez de invitarnos una vez más a los argentinos a reflexionar acerca de la Nación que nos legaron los prohombres de nuestra historia y cuál es el rol que habremos de asumir en los tiempos que vendrán.
El Dr. Atilio Cornejo, citado por el Ing. Guillermo Solá en su obra "El Gran Bastión de la Patria", en alusión a la descollante personalidad de Güemes, nos ilustra en cuanto que "...la historia de un hombre abarca y comprende algo más de lo concerniente a su propia persona y a su vida misma. Se trata, en efecto, de la historia de una época, de una Provincia, de una Nación, de un continente. Es la historia en el tiempo y en el lugar. Es la geografía hecha historia y el hombre actuando, en la una y en la otra, como hijo suyo... La biografía de un hombre es como el árbol, que se levanta de sus raíces, las cuales se alimentan de la tierra y del agua que las irriga".
En ese inexcusable derrotero reflexivo, del que nadie debiera sustraerse y traducido al presente, no hay duda que nuestra sociedad transita un camino plagado de naturales expectativas en torno de las nuevas gestiones de Gobierno que se han inaugurado en la Argentina de hoy el 10 de diciembre del año pasado.
Más allá de los anuncios de cambio que los nuevos mandatarios han postulado en sus respectivas campañas electorales, lo cierto es que el humor popular desde aquel punto de inflexión que significó el clamor unánime del "que se vayan todos", oscila entre la incredulidad generalizada y la incipiente esperanza de no muy pocos que ansían respuestas concretas a sus postergados reclamos de siempre.
Las agudas y sentidas confesiones del obispo Ramón Buxarrals que inteligentemente desgrana un catálogo de buenas intenciones y que titulara "Requisitos para políticos", parecieran alinearse en el siempre vigente ideario güemesiano, cuál arenga también fagocita los ánimos reflexivos del intérprete al proclamar: "A los ciudadanos a quienes se ofrezcan o aspiren por su propia cuenta a ocupar cargos públicos, yo, débil como todos ustedes, me atrevo a sugerir:
1) Sean humildes, para que la vanidad no los destroce. 2) Sepan contentarse con lo que tienen, para que nadie los acuse de enriquecerse a costa ajena. 3) Huyan de la publicidad, para que los medios de comunicación no los devoren. 4) Renuncien a viajes inútiles, para que la permanencia en los sitios de siempre los ayuden a profundizar. 5) Sean honrados en todo, para no temer a nadie. 6) Sean sobrios, para que la carestía no los sorprenda. 7) Eviten la lisonja, para que las críticas no los descorazonen. 8) Digan siempre lo justo y preciso y con respeto, tanto en público como en la intimidad, para que nadie pueda burlarse de ustedes. 9) No quieran pasar a la historia, para que la historia los tenga presentes. 10) No tengan afán de proponer soluciones, para que se les pida opinión cuando realmente se las necesite.
Entonces los ciudadanos les darán su voto y Dios su aplauso".
Esta suerte de catecismo cívico que las enseñanzas de nuestros mayores irradian, pareciera sugerir que la clave del éxito de la gestión pública reposa en asumir verdaderamente el sagrado apostolado del servicio público y no del interés personal de unos pocos, tal el pensamiento inmortal del héroe gaucho que rememoramos, dejándonos el paradigma de discernir si estamos dispuestos, o no, a asumir cualquier renunciamiento en aras del bien común, sobre todo, por quienes menos tienen.


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