En algún momento, las sociedades que se resignan y estancan reaccionan. Así, como la vieja Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) de Mijaíl Gorbachov en 1985, quien acuñara por primera vez ese término ruso, la Argentina de Mauricio Macri está viviendo su propia glasnost (transparencia).
Argentina vive su propia glasnost. A diferencia de aquella, no tiene un líder explícito, porque Macri no sobresale por su carisma y la coalición que lo llevó al poder lo es porque ganó en segunda vuelta, con la suma de votantes que no estaban dispuestos a seguirlo desde el inicio. Fue un voto de opción contra más que una elección pro.
Podrá juzgarse su poca direccionalidad y hasta la falta de liderazgo y sentido político, pero es innegable que se respira, como casi nunca a lo largo de siete décadas, otro aire, que les permite a oficialistas, opositores independientes convivir en paz, en un país habituado en exceso a la conflictividad y la facciosidad política, cuando no hay razones culturales ni religiosas ni étnicas para justificarlas.
Sobran los indicadores. Por primera vez en la historia de la democracia argentina, aparece la corrupción como principal problema para los argentinos, por fin hastiados del flagelo, y por encima de la macroeconomía, en momentos de debilidad de esta. La expresidente está al borde de su detención por complejas redes delictivas con no pocos de sus funcionarios y sus empresarios (nac & pop), pero difícilmente las masas salgan a la calle para liberarla como el 17 de octubre del líder de su movimiento. Acaba de ser detenido un sindicalista símbolo de las mafias enquistadas a costa de los trabajadores formales y ello anticipa un movimiento judicial de pinzas sobre varios de ellos, los que de manera oportunista se van despegando de la cúpula de la Confederación General del Trabajo (CGT) o retirándose de la vida gremial. El hijo de un sindicalista connotado como Moyano presenta un proyecto de ley en el Congreso que empequeñece aquel viejo y resistido embrión de ley Mucci de democracia sindical de los años ochenta. En los medios se debate abiertamente sobre la apertura económica y comercial del país, algo que siempre fue tabú en una sociedad que cree tener, viviéndolo dramáticamente, una economía y un comercio exterior más abiertos de lo poco o nada que son, comparados a nivel internacional. En el plano de los derechos humanos, aunque falte sanción para una de las dos partes responsables de la violencia de los setenta, no hay retroceso alguno: se juzga a militares acusados de violaciones y no hay presidentes que indulten ni disminuyan penas.
Ignoramos qué deparará y hacia dónde va esta glasnost criolla. Lo que sí sabemos es que se están produciendo movimientos nunca vistos, que dependerán, una vez más, de la política, para encauzarlos y que derramen de manera positiva hacia todos. Hay factores que ayudan a esta primavera, pero no durarán para siempre.
Como si esto fuera poco, el peronismo está dividido, como en 1984-1985, pero no tardará en buscar su jefatura natural y puede imitar así la conducta camaleónica del Partido Revolucionario Institucional (PRI) mexicano, que volvió al poder cuantas veces lo deseó. La coalición gobernante, que combina ética con gestión como nunca antes, en algún momento deberá dejar de rendir cuentas por la herencia y podrá exhibir sus propios logros o sus desaciertos _nuevo cuadro tarifario. El empresariado se irá renovando y si el mini Davos engendra nuevos protagonistas, se sumarán los extranjeros, ya no sólo españoles o chinos, lo que supone otras exigencias sobre un aparato estatal que necesita adelgazar y profesionalizarse. Como pocas veces en la historia argentina, aunque no haya hoja de ruta para emprender el tortuoso camino, el destino depende enteramente de nosotros.

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