Fue hace cincuenta años el golpe contra el gobierno de Arturo Illia, año 66. No teníamos conciencia de la gravedad del episodio ni que era el final de una concepción de la sociedad.
Yo era un dirigente estudiantil, habíamos invadido las calles pidiendo presupuesto, no teníamos la menor idea de para quién trabajábamos. Luego aprendería -con dolor- que la rebeldía sin talento suele servir siempre al enemigo que dice combatir.
Recuerdo que fuimos varios a la Plaza de Mayo y veíamos de lejos raros movimientos en la Casa Rosada. No había gente, no había nadie. Imagino que serían unas decenas en torno al Presidente que intentaban detener; luego, la plaza vacía. El progresismo no lo defendió, la revista Primera Plana, dirigida por Jacobo Timerman, lo trataba de tortuga. Todos éramos simples observadores del comienzo de la decadencia, del final de la sociedad industrial e integrada. Después de eso, todo fue bajo el signo del atraso.
El golpe del 55 había sido el principio. Todavía nadie asumía que lo que molestaba era el voto popular, que cuando hablaban de democracia soñaban con el voto calificado. El radicalismo estaba dividido, no eran tantos los que defendían el gobierno de Illia.
El peronismo estaba en la clandestinidad y más fuerzas con vigencia no había. Onganía iba a entrar en carroza a la Sociedad Rural, esa misma que luego silbaría a Raúl Alfonsín; eran otros tiempos, el campo todavía era más un símbolo de status que un pilar productivo. Pero la carroza define una visión del mundo y de la historia, con ese pensamiento era imposible ingresar al mundo de la revolución industrial.
Y lo más atroz, "la noche de los bastones largos", la destrucción para siempre de la ciencia nacional para que emigraran al mundo nuestros mejores científicos, acusados de "marxistas". Las ciencias duras nunca más lograron recuperarse, la Universidad jamás volvería a aquel nivel donde podían pasar de un rector como Risieri Frondizi a un sucesor como Julio Olivera, pero el talento y el prestigio ocupaban el lugar que luego la decadencia le asignaría a las meras roscas de política menor.
El golpe del 66 destruye una concepción de la universidad a la par que engendra la violencia como fenómeno masivo. Los estudiantes que debatían entre las tendencias marxistas del reformismo en la FUA y la influencia cristiana en el humanismo, esos al poco tiempo deciden que la violencia es la única salida. Como dirigente del humanismo a los pocos días recibí un libro de Regis Debray, "Revolución en la revolución": nacía la convocatoria a la guerrilla. Destruir la democracia en la universidad y expresar que la dictadura no tenía tiempos políticos ni cronológicos era la manera de enviar a una generación politizada a la violencia y a la muerte.
El mismo partido militar que los expulsa en el 66 los va a masacrar en el 76.
En aquel golpe militar -sin resistencia popular ni política- en aquella caída de un hombre digno como pocos, de un argentino tan decente como bien intencionado, hubo un ministro de Salud que se animó a cuestionar a una de las peores mafias que nos azotan: Oñativia enfrentó a los laboratorios y ahí estaba buena parte de las razones del golpe.
Los genocidas del 76 son la exacerbación de aquel golpe que derrocó a Illia y se imaginó fundacional al ingresar el dictador con laureles a la sociedad rural. Son cincuenta años de atraso, de retroceso, de concentración económica y de marginación social.
Estamos a tiempo de reencontrarnos, es imprescindible hacerlo. (Fragmento)
* Nota publicada en Infobae

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