El vicecanciller chino, Wang Chao, informó que la visita a Gran Bretaña del presidente Xi Jinping, invitado por la reina Isabel II, dará inicio a una "era dorada" en las relaciones entre Beijing y Londres. Además de almorzar y cenar con la reina, Xi Jinping conversará con el primer ministro David Cameron, expondrá en el Parlamento británico y hablará en una comida ofrecida por el alcalde de Londres. Tanto en la monarquía británica como entre los herederos del milenario imperio chino, el protocolo tiene un enorme valor simbólico. La última visita de un jefe de Estado chino a Gran Bretaña fue protagonizada por Hu Jintao en 2005. En marzo pasado, el príncipe Guillermo, segundo en la sucesión del trono, se reunió con Xi Jinping en Beijing, en lo que fue la visita de más alto perfil de un miembro de la familia real británica desde el viaje de Isabel II y su esposo en 1986. Otro detalle: Xi Jinping y su esposa se alojarán en el Palacio de Buckingham. En los reacomodamientos que signan al sistema de poder mundial, China y el Reino Unido buscan anudar una relación estratégica en función de intereses comunes. Un mes después del derrumbe de la bolsa de Shanghái, George Osborne, secretario de Finanzas de Cameron, de visita en esa ciudad, señaló que "el Reino Unido y China están unidos en este momento de crisis". Osborne propuso integrar a la City de Londres con los mercados bursátiles chinos, de modo de transformar a la capital británica en la cabeza de su expansión en los países occidentales.
En esa oportunidad, el Banco de la Construcción de China (CCB), se integró al directorio de la Bolsa de Londres y asumió la responsabilidad del "clearing" del renminbi en la City londinense. Esta decisión implicó un significativo paso adelante en la estrategia de internacionalización del renminbi, con la que Beijing procura imponer a su divisa como una de las tres monedas de reserva mundial. Coincidentemente, el Reino Unido aceptó la oferta China de integrarse en el lote de socios del flamante Banco Asiático de Infraestructura, impulsado por Beijing como mecanismo financiero alternativo al Banco Mundial.
Todo esto ocurre cuando China se convierte en la mayor fuente de capitales del mundo. En 2014, la inversión directa china en el exterior ascendió a US$266.000 millones, distribuida entre 156 países, contra 290.000 de EEUU. Pero si a esas cifras se agregan los 120.000 millones de dólares invertidos desde Hong Kong, queda claro que China, que ya es la primera potencia comercial global y la segunda en términos de producto bruto interno, desplazó a EEUU como el primer exportador mundial de capitales.
China reorientó su enorme stock de reservas monetaria, que se concentraron en los últimos quince años en la adquisición de títulos del Tesoro norteamericano, hasta convertirse en la mayor acreedora externa de Estados Unidos, y las orienta hacia la inversión de capital en el exterior. Dichas reservas, que ascienden a 4,3 billones de dólares, triplican a las de Japón (1,3 billones). En 2007, las inversiones chinas en el exterior representaban el 12% del total mundial. En 2014, ese porcentaje escaló al 36%.
Hace diez años, cuando Hu Jintao visitaba a Londres, la inversión extranjera directa que recibía China era 18 veces mayor que lo que los chinos invertían en el mundo. En 2014, las inversiones chinas en el exterior ascendieron a una cifra solo una vez y medio mayor. La tendencia es que en muy poco tiempo más China, que es la segunda receptora de inversión extranjera directa en el mundo, después de Estados Unidos, sea una exportadora neta de capitales. También se modifica el destino de esas inversiones. Ya no están relacionadas únicamente con el abastecimiento de materias primas. Más del 60% se emplea en compra de compañías occidentales y nuevos proyectos de alta tecnología.
Por su tradición imperial, la diplomacia británica tiene una cultura global. Gran Bretaña nunca fue demasiado "europeísta". Visualiza el retraso estructural de la Unión Europea. Aprecia también cómo el flamante Acuerdo Transpacífico, que incluye a Estados Unidos y Japón (tercera economía mundial), acentúa ese declive. Gran Bretaña ya supo adaptarse lúcidamente a su desplazamiento por Estados Unidos como potencia hegemónica. Hoy avizora que el sol aparece por Oriente. Busca enhebrar con Beijing vínculos tan estrechos como los que estableció con Washington, que le permitieron durante un siglo transformarse en aliado estratégico de EEUU.
China tampoco le va a atrás en cuanto a visión estratégica. Los chinos, que en el pasado se definían como el "Imperio del Centro" y observaban al resto del mundo como una inmensa periferia, son conscientes de que su poderío económico les lleva a un protagonismo que va más allá de sus fronteras nacionales. Ese "ascenso pacífico" que pregona la diplomacia de Beijing requiere una multiplicidad de socios y Gran Bretaña es uno de los más apetecibles. El Reino Unido cumplió un papel relevante en la relación de China con el mundo. Con las dos guerras del opio del siglo XIX, forzó a cañonazos la apertura de la economía china a los productos extranjeros. Pero esa apertura a los tiros, que estuvo acompañada por la cesión de Hong Kong a la Corona británica, fue el principio de una larga etapa de humillación nacional que provocó la caída de la dinastía manchú, el establecimiento de la República en 1911, décadas de una sangrienta guerra civil que desmembró al país y finalmente el triunfo de Mao Tse Tung, quien restableció aquel orgulloso aislamiento.
Deng Xiaoping , artífice de la apertura internacional iniciada en 1979, creó las condiciones para la negociación de la restitución de Hong Kong, materializada en 1999. Por esas ironías de la historia, el HSBC, uno de los bancos más importantes del mundo, fundado en Hong Kong en 1865 para tramitar las transacciones financieras derivadas del lucrativo comercio del opio, es uno de los actores centrales de los vínculos establecidos entre China y la Bolsa de Londres. Beijing comprende que es inútil aferrarse a una guerra que terminó y que es mucho mejor ser socios que enemigos.

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