El Bicentenario del Congreso de Tucumán encuentra a una América desigual con 23 territorios anexados a Francia, Holanda, Dinamarca y el Reino Unido. Solo uno de ellos, el de las Islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur, presenta una disputa y reclamo de soberanía.
Nos preguntamos por qué aquella demanda independentista encendida entre 1774 y 1830, con la que la mayor parte de nuestro continente adscribió a la república como forma de organización política, quedó casi apagada.
Por qué hombres que defendieron los dominios de la Monarquía en sus ejércitos, como los salteños Martín Miguel de Güemes y Francisco de Gurruchaga, solo una década después lideraron movimientos insurgentes, entregaron sus patrimonios y ofrecieron sus vidas por un proyecto político totalmente diferente.
Para responder a esos interrogantes es necesaria una reflexión global y retrospectiva. No se puede pensar la Independencia de las Provincias Unidas de Sud América, sino como parte de un mundo distinto que pretendía emerger tras la independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa, la Revolución Industrial inglesa, la Revolución Industriosa japonesa y el Movimiento Juntista que se abrió en la Península tras la invasión napoleónica.
En la etapa previa al auge independentista, América Latina no había sido una región subdesarrollada. A diferencia de lo que suele creerse, en los tiempos virreinales se alcanzaron niveles de productividad sin precedentes, con un alto costo humano. Recuérdense las dos grandes catástrofes demográficas: la de la población indígena diezmada por la espada y los gérmenes, y la de millones de africanos forzados a trabajar en el Nuevo Continente. América fue el escenario del más vertiginoso y múltiple intercambio biológico de nivel global que la especie humana conociera. Los productos americanos fueron parte del mundo y el mundo fue parte de América. La plata potosina y mexicana costeó las guerras del Viejo Continente, y también posibilitó el acceso a los bienes más codiciados por las elites globales de la Edad Moderna, en las Indias, Oriente y Occidente.
El período de auge de las independencias coincidió con el retraso económico de América Latina y del resto de la monarquía hispánica en relación con las ascendentes economías en proceso de industrialización del Atlántico del Norte. Los países emergentes de los procesos emancipadores lo hicieron dentro de una paradoja de la que no pudieron desprenderse hasta hoy. Las instituciones del liberalismo político y económico no trajeron bienestar ni crecimiento por sí solas. Y aunque las sociedades latinoamericanas estuvieron dispuestas a enarbolar y resignificar las propuestas de un revolucionario liberalismo, los éxitos de la industrialización centrada en la intensificación del capital se hicieron esperar o nunca llegaron.
En ese mundo incierto de fines de la segunda mitad del siglo XVIII y de la primera mitad del siglo XIX, para muchos la independencia fue un proceso de superación de aquellos desconciertos. No fue casual que la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas, del 9 de julio de 1816, se distanciara seis años de la formación de la Primera Junta en el Río de la Plata, en mayo de 1810. Durante ese lapso los diferentes dominios de la monarquía hispánica buscaron superar el estado de incertidumbre agudizado por la ocupación de Napoleón Bonaparte y su poderoso ejército.
El Movimiento Juntista eclosionó en Europa y se extendió en los dominios ultramarinos de una monarquía que hizo implosión. Hubo intentos por mantener la unidad de los territorios de la corona borbónica, mientras proyectos emancipadores se hacían realidad. La Junta de Sevilla formada el 27 de mayo de 1808 se autodenominó Junta Suprema de España e Indias, y fue el germen del Consejo de Regencia de España e Indias convocante de las Cortes Generales que, en 1812, promulgaron la Constitución de Cádiz. Esta otorgó una representación discutida a los americanos.
Mientras los conatos de integración se plasmaban, en 1809 Gurruchaga regresó de Europa junto a su coterráneo José de Moldes.
Ambos habían madurado en la Península con San Martín, Bolívar, Zapiola, Balcarce, O'Higgins, Pueyrredón, el proyecto independentista de Miranda. Con este último, según Bernardo Frías, se habrían reunido en 1807.
A fines de 1810, en tanto, Güemes participó del éxito militar de la batalla de Suipacha.
No mucho tiempo antes, Gurruchaga y Güemes habían defendido los intereses de la monarquía hispánica. El primero, en territorio europeo, contra la corona inglesa, en 1805, en la batalla de Trafalgar. El segundo, un año después, durante las Invasiones Inglesas, en territorio americano.
Al año siguiente de promulgada la Pepa -así se llamó al texto constitucional sancionado en Cádiz- en el Río de la Plata la Asamblea del Año XIII dictó un decreto cuyo primer artículo establecía "que reside en ella la representación y el ejercicio de la soberanía de las Provincias Unidas del Río de la Plata". Suprimió, además, la frase "a nombre de Fernando VII".
La vocación rupturista ya había sido lanzada y con ella el propósito firme de la independencia. Desde 1814, en los libros de la Hacienda de Salta se eliminó definitivamente el epíteto "Real".
A mediados del siglo XIX, esta disposición latinoamericana tan original de formar repúblicas independientes había concluido. A fines de esa centuria un nuevo ciclo se instaló en la región. Los festejos de los centenarios coincidieron con una etapa de bonanza económica que emergió vinculada a las exportaciones de materias primas y concluyó con la crisis capitalista de 1930.
En los últimos ochenta y seis años, aquella paradoja inicial se consolidó y América Latina no pudo conciliar independencia, república y bienestar.
La conmemoración del Bicentenario nos encuentra ante el desafío de aprovechar las oportunidades que nos presenta un mundo multipolar y volcado al Pacífico para reimpulsar el ideario republicano legado por el Congreso de Tucumán y poner fin a las independencias inconclusas en América.

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