Sobre la calle Buenos Aires, casi en la esquina de la avenida San Martín, una vidriera enrejada, cargada de relojes antiguos, radios del 40, perfumeros, peines y máquinas de cortar el pelo pasa casi inadvertida, pero no para aquellos que gustan de las antigedades y de los recortes que quedan del pasado, perduran y tienen su propia historia. Detrás de esa vidriera, El Tribuno encontró realizando su trabajo a Héctor Romero.
Pasando la navaja en las patillas y recortando detalles, Héctor despidió a su cliente y se dio un tiempo para contar las historias que guarda su peluquería.
"Hace 47 años que soy peluquero. Tengo 74, así que llevo toda una vida en este trabajo", contó Héctor.
La peluquería de Héctor tiene tres sectores: un área para los clientes de siempre, un salón de damas y un salón juvenil en el primer piso. Pero el tesoro de este espacio está guardado a pocos metros del ingreso. Estanterías y anaqueles completan las paredes, en donde la historia del oficio da testimonio.
"El trabajo del peluquero fue evolucionando y rápidamente los elementos que se utilizan para el oficio se modernizaron. Eso hizo que muchos empezáramos a dejar en viejos cajones, elementos que hoy son reliquias", explicó el peluquero.
Una de las vitrinas que recorre esta peluquería tiene una colección de perfumeros, rociadores, cepillos, peines y navajas. Muchos de estos instrumentos de trabajo tienen más de 60 años. Con la llegada del plástico a la industria, todos estos elementos realizados en metal fundido quedaron en desuso.
"Muchas de estas cosas son mías y otras me fueron llegando de compañeros de trabajo, amigos y gente que sabe que me gusta todo esto y me las trae o las vende", detalló Héctor.
Esta colección y museo del peluquero nació casi sin que Héctor se diera cuenta. Este peluquero cuenta que muchos de estos viejos instrumentos de trabajo vinieron del cajón de un mostrador que había comenzado a quedar abandonado. "Recuerdo que un día me puse a ver y ordenar qué era lo que tenía guardado. Abrí uno de los cajones y encontré todo lo que hoy puede ver. Así decidí ponerlo en exposición y comenzar a buscar herramientas que fueron dejadas de lado para este museo", contó en detalle.
Quienes se acercan a esta peluquería no pueden dejar de preguntar qué son algunos de los aparatos que adornan las paredes del local. En un rincón, sobre la caja registradora, lejos de la vista del público, Héctor tiene un vitrola. Este aparato fue el primer sistema de grabación y reproducción de sonido que utilizó un disco plano y se usó, aproximadamente, hasta la década del 50. Luego llegaron al mercado los discos de pasta o vinilo.
Frente a la vitrola se puede ver un bandoneón que data de la década del 50.
Si bien, nada tienen que ver con el oficio de peluquero, estos dos instrumentos llaman la atención solo por su significado histórico.
Solo dos en el país
Héctor Romero es, a las claras, un coleccionista y en la búsqueda de sus tesoros averiguó si existían otros sitios como su peluquería.
"En Argentina existen dos museos de peluquería. Uno está en Caballito y el otro es este, en Salta", aseguró.
Una de las piezas más antiguas que Héctor tiene en su peluquería es un esterilizador suizo que tiene más de 120 años. Este aparato, conectado a un mechero, permitía contar con agua cliente en la peluquería. Además, se podía colocar en él las toallas limpias que usaban en los clientes que requerían un servicio de barbería.
"Estos aparatos siempre aparecen en las películas de mafiosos o del lejano oeste. ¿Viste cuándo llegaba el cliente y le colocaban la toalla caliente en la cara? Bueno, las sacaban de estos aparatos. Me encantan, por eso tengo tres que no funcionan pero son una reliquia", contó Héctor luego de ejemplificar cuál era la tarea de este antiguo instrumento.

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Sección Editorial

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Hector Monza
Hector Monza · Hace 12 meses

Solía cortarme con Don Héctor hace 25 años aprox.. todo un ejemplo en tiempos en que todo es tan efímero. Saludos y muchas gracias!

· Hace 12 meses

Loable lo del Sr. Romero

Vicente Leo
Vicente Leo · Hace 12 meses

No conozco a Don Héctor, tampoco entré a su peluquería, sin embargo, vez que paso por el lugar me detengo a mirar su vidriera. Toda una incursión por tiempos idos. Gracias Don Héctor.


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