El 24 de diciembre de 2008 fallecía Samuel P. Huntington, politólogo estadounidense que desarrolló gran parte de su pensamiento en tiempos de la Guerra Fría. Cuando esta finalizó, al igual que otros colegas como Kissinger, Kennedy o Brzezinski, dedicó sus esfuerzos a desentrañar las amenazas que debería enfrentar EEUU para continuar siendo una potencia y evitar el declive natural que históricamente afectaron a los grandes imperios.
Fue muy criticado en los ámbitos académicos por su gran capacidad para dotarlo de cierto barniz cientificista. Puede decirse que la derrota soviética, pasada la euforia y las ilusiones de la finalización de la historia y el triunfo capitalista, puso a EEUU en una situación de incertidumbre: ¿Cuál era el nuevo enemigo? La construcción del enemigo es fundamental para que las grandes potencias no se relajen y entren en decadencia.
Huntington identificó dos grandes amenazas; una más bien externa (aunque con conexiones locales) y otra más bien interna (aunque sin cortar los lazos exteriores).
La primera amenaza era el islamismo radical y la segunda los "hispanos". En 1993 publicó en Foreign Affairs un artículo provocador, que luego se transformó en un best seller: El choque de las civilizaciones. En esa obra Huntington afirmaba que, desaparecido el conflicto ideológico capitalismo versus comunismo, los odios y alineaciones en el sistema internacional serían por civilizaciones, un factor mucho más aglutinante y a la vez disruptivo que la ideología.
Así, la civilización occidental debía enfrentarse a otras que no aceptaban sus valores,especialmente la civilización islámica y la sínica (China). Con muchos datos estadísticos, el autor veía un serio peligro en la proyección demográfica de las naciones musulmanas y en el apego de estas a valores tradicionales no democráticos. Si bien explícitamente enfatizó que no creía que se tratase de un conflicto de religiones, señala que en el mundo se producen "líneas de fractura" entre las civilizaciones, que son graves conflictos armados. Del total de esas líneas, sostenía que entre las 2/3 y 3/4 involucraban a los musulmanes.
La tesis de Huntington fue muy debatida en ese entonces, pero los atentados del 11 de septiembre catapultaron a esta obra como "el libro que se adelantó al futuro".
En rigor, su tesis abreva de la obra de Bernard Lewis, quien acuñó el término "choque de civilizaciones" hacia finales de 1950. Lo cierto es que la manera simple de sintetizar argumentos complejos hizo que en grandes sectores populares prenda la idea de un conflicto entre la civilización occidental y la barbarie oriental; la religión musulmana fue equiparada sin más con el islamismo radical, y en nombre de la seguridad nacional se lanzó una "cruzada" internacional contra el "eje del mal".
La otra amenaza que identificó Huntington fue esencialmente interna. También en Foreign Affairs, en 2004, escribió un artículo sobre el desafío hispano. Ese texto luego devino en el libro "¿Quiénes somos?", en el cual sostiene que la inmigración latina, y especialmente la mexicana, pone en riesgo a los valores de la sociedad estadounidense, que cada vez se diluye más frente a otras culturas, con el fuerte riesgo de perder su identidad (habla de una bifurcación cultural).
Una vez más, la proyección demográfica es un argumento de relevancia en su tesis
Huntington sostiene que no está en contra de las inmigraciones, y de hecho reconoce que la grandeza estadounidense se debe en parte a esa particularidad, pero sostiene que mientras que los inmigrantes del siglo XIX (holandeses, ingleses, franceses, italianos, irlandeses, etc.) formaron una suerte de "guisado" en donde todos los ingredientes se mezclaron e impregnaron mutuamente, formando un nuevo producto, la inmigración latina o hispana de finales del siglo XX forma una especie de "ensalada" en la que cada ingrediente mantiene su individualidad. Esta segunda tesis quedó temporalmente opacada por la lucha en contra del terrorismo y Al Qaeda, una organización que empezó a reclutar seguidores en EEUU; sin embargo, tras el triunfo de Obama y la visualización concreta del poder latino en las elecciones presidenciales, sumado a la crisis económica de 2008, se avivó el fuego ya encendido del rechazo a la inmigración ilegal, a los planes asistenciales hacia lo inmigrantes y a las remesas enviadas por los trabajadores latinos. Estas dos ideas sobresimplificadoras y preocupantes tardaron muy poco en encontrar acérrimos defensores políticos. En un momento fueron los representantes del Tea party y ahora un sector republicano que confluyó en la candidatura de Donald Trump, un embanderado en la crítica a los hispanos, a su modo de vida. Tampoco tiene reparos, especialmente luego de la masacre de Orlando, en sostener la prohibición del ingreso a los musulmanes. Más allá de que esto le haya significado una caída en las encuestas, más allá de que algunos pongan en tela de juicio su nominación como el candidato republicano y más allá de que eventualmente no sea electo presidente, no puede negarse que hay un estamento social en el pueblo estadounidense permeable a estas ideas y que siente la necesidad de un líder que defienda sus valores, sin reflexionar sobre qué valores son y cómo se pretende instrumentar esa defensa.
Lo que hay que preguntarse no es tanto sobre las posibilidades electorales de Trump, sino sobre qué podría hacer como eventual presidente, pues el sistema político-institucional estadounidense suele encargarse de poner límites y frenos a determinadas iniciativas que modifican el status quo. ¿Hasta qué punto estará dispuesto a hacerlo si esas medidas expresan el consenso de una sociedad que se siente amenazada? ¿Cuánto más hondo podrá calar el pensamiento de Huntington? Por lo pronto, resulta curioso pero no inocente que Hillary Clinton, presentada como la candidata en las antípodas de Trump, sea quien lleve como eslogan de campaña el lema "¿Quiénes somos?".

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