Con más de 13.000 kilómetros cuadrados, el parque y reserva provincial Iberá, declarado área protegida en 1983, brinda al visitante la riqueza de sus paisajes y la calidez de su gente.
El Tribuno fue invitado a recorrer este verdadero paraíso natural desde uno de los portales al Estero, que es como se llama a cada uno de los accesos a esta reserva provincial, tan querida por todos los correntinos.
La expedición partió desde Concepción de Yaguareté Corá, en el extremo suroeste de los Esteros y a 200 kilómetros de Corrientes capital. Es un pueblo pequeño que nos recibe como si estuviéramos en casa. La sensación se repetirá en varias ocasiones, es difícil sentirse un extraño en Corrientes.
En Concepción nos enteramos que por estos lares anduvo el general Manuel Belgrano en 1810 de camino a Paraguay y que de aquí se llevó a Pedro Ríos, a quien todos recuerdan como el "tamborcito de Tacuarí". En el pueblo lo recuerdan, claro, con una escultura del joven héroe en la plaza central.
Con la visita a los Esteros comienza la aventura. Estos están a tan solo 25 kilómetros del pueblo, pero tardaremos casi una hora en llegar. El camino no es simple y por ahora solo puede hacerse en camioneta. La ruta, que es de arena, pero que las lluvias recientes convirtieron en barro, discurre por sobre un terraplén que serpentea por sobre los bañados, grandes espacios de tierra inundados por pocos centímetros: la antesala de los esteros.
Se avanza lento, pero todo tiene su sentido, de otra manera no podríamos observar cómo poco a poco la naturaleza va revelándose en todo su esplendor.
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El primer yacaré se sorprende casi tanto como nosotros y se apura por sumergirse. Ni siquiera hay tiempo para preocuparse por no haberlo fotografiado, adelante aparecen dos, tres, cuatro más, que se deslizan hacia los bañados que se extienden, infinitos, hacia derecha e izquierda.
Las aves son un espectáculo en sí mismas, por algo se trata de uno de los lugares más codiciados por los avistadores de aves. Adrián, el guardaparque que nos guía, nos explica que el 35% de las aves que habitan en Argentina residen en el Iberá. Nos asombramos con garzas, cigüeñas, chajás y un martín pescador que se acerca amistoso. Adrián nos advierte que si nos enfocamos en tal punto divisaremos un ñandú, pero la vista no llega a tanto.
De repente se frena en seco y nos avisa que tenemos frente a nosotros a un "yetapá de collar", un ave pequeña con una cola muy larga que solo puede ser observada en estos esteros. Y es tan fuerte la identificación de los Esteros con esta ave que el proyecto turístico del Iberá tiene un yetapá en su logo.
La travesía debe continuar, más adelante es el turno de los carpinchos, que estuvieron al borde de la extinción por el valor de su piel, pero que gracias a la labor de los guardaparques ahora chapotean tranquilos en el bañado.
Ya falta poco para llegar al embarcadero cuando la naturaleza, generosa, nos regala una visión de un venado de las pampas, que nos observa por dos minutos antes de escapar a los brincos y esconderse en una arboleda. La naturaleza es sabia.

Navegando sobre los Esteros

Pero lo mejor del viaje aún está por llegar.Una vez que se llega al embarcadero podemos observar cómo el horizonte se pierde en una nube de juncos que se menean suavemente al ritmo de la brisa. El sol brilla y el guía nos augura un buen paseo, “los yacarés salen a tomar el sol porque son de sangre fría, así que vamos a ver varios”, nos avisa.
El recorrido puede hacerse en lancha con motor o en kayak, que es mejor porque, al no hacer ruido, permite al visitante molestar menos y poder acercarse más a la delicada fauna que nos rodea.
La profundidad del agua varía entre 1 y 3 metros, según el punto y el viaje se hace con salvavidas por lo que cualquier temor es rápidamente disipado. Tampoco hay que tener miedo a los yacarés -nos avisan-, ellos escaparán antes que nosotros.
Ya arriba de los botes, la corriente nos arrastra, nosotros estamos en la zona del carambola, que fluye hacia el sur pero que no es un río propiamente dicho. Los Esteros conforman una compleja red de lagunas ríos, esteros, bañados, cañadas y embalsados, un verdadero laberinto acuático.
En casi toda la zona del Iberá la pendiente es de un grado lo que genera esa sensación de que el agua casi no se mueve. Y esa sensación se contagia al tiempo, que parece detenerse mientras nos deslizamos hacia lo desconocido.
Pronto, como lo anticipó el guía, comienzan a aparecer los yacarés, que nos miran con desconfianza, pero apenas si se inmutan y siguen como petrificados recibiendo los rayos del sol. Los más grande miden cerca del tres metros, los pequeños apenas si llegan a uno. Cigüeñas y garzas se elevan de vez en cuando desde el medio del pastizal.
La vegetación también tiene algo para decir, los camalotes saludan al paso de los botes. Los embalsados, marañas de juncos y ramas se mueven a nuestro lado, buscando su lugar en este universo. Ellos formarán nuevas islas, seguirán activando el mecanismo de la naturaleza que fluye lenta pero incesante como las aguas.
La vuelta cuesta el doble, porque es contracorriente y porque nadie quiere abandonar el paraíso.
Ya fuera del agua, dentro de las camionetas que nos llevan de nuevo a la civilización nos cruzamos con baquianos que arrean el ganado junto a sus hijos, nos saludan alegres a nuestro paso, nada raro, la riqueza aquí no solo está en la naturaleza, también vive en su gente.

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Re KennethU
Re KennethU · Hace 5 meses

Hermoso lugar, me gustaría poder visitarlo. Eso sí, en época no muy calurosa.