Hace unos días conocí a Gustavo Arturo Illia, sobrino de Arturo Humberto Illia, que andaba con su familia de paseo por Salta. El contó como vivió ese 28 de junio de 1966 cuando el general Julio Alsogaray, desalojó personalmente al entonces presidente de la Argentina. El sobrino, a quien "Don Arturo" llamaba cariñosamente "Amigo-Capitán", recordó qué le dijo a la tropa policial. "Yo sé que su conciencia les va a reprochar lo que están haciendo. A mucho de ustedes les dará vergüenza porque algún día tendrán que contar a sus hijos estos momentos", reveló su sobrino sobre ese nefasto hecho.
"Yo recuerdo cuando los golpistas lo arrancaron de la Casa de Gobierno. Mi padre que lo había votado y lo admiraba profundamente se agarró la cabeza y me dijo: pobre de nosotros los argentinos. Todavía no sabemos los dramas que nos esperan". Y tenía razón, porque a partir de allí el país ingresó en un peligroso tobogán.
Don Arturo era un médico rural que hizo de la honradez una religión y del amor a su Patria y a los más humildes, su razón de vivir. Curiosamente al igual que René Favaloro, que en estos días cumplió un nuevo aniversario de su muerte. Illia, como Favaloro, fueron los últimos representantes de un estilo de argentino que prefirieron siempre la sencillez y la cultura del esfuerzo, pese a que cada uno en lo suyo llegó a las máximas alturas a las que puede aspirar un hombre. Uno fue presidente de la Nación y el otro fue el símbolo del médico y del científico más destacado del país. Pero, básicamente, ambos fueron hombres que se ganaron el corazón de su pueblo, destaca Alfredo Leuco, en una nota publicada hace más de un década. Arturo Illia fue un hombre decente -jamás tocó los fondos reservados- y se fue del gobierno mucho más pobre de lo que entró. Su modesta casa y el consultorio fueron donaciones de los vecinos y en los últimos días atendía en la panadería de un amigo.
Algo similar ocurrió con René Favaloro, hombre íntegro y honesto, que no encontró respuesta a sus reiterados pedidos, llegando a lo más alto del poder de entonces. Favaloro recibió reconocimientos en todo el mundo, inclusive en Estado Unidos tiene una estatua en Cleveland que lo recuerda, pero en su país le cerraron las puertas. A Arturo Illia y a René Favoloro los unía -más allá de la medicina- dos principios fundamentales: honestidad y ética. Lamentablemente las bases del Bicentenario de la Patria, salvo honrosas excepciones, muestra una decadencia de valores cada vez más profunda.

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