En el país de los barquinazos, Sergio Massa anunció su proyecto para suspender importaciones por 120 días envuelto en la bandera de la defensa del trabajo local. Casi de inmediato sumó el apoyo del exgobernador Daniel Scioli y las críticas del presidente Mauricio Macri. El campo no es ajeno a esta nueva versión del eterno y nunca resuelto debate sobre el nivel de apertura que debe tener la economía que por el momento sigue siendo una de las más cerradas del mundo. Según distintas mediciones internacionales, la Argentina está siempre en la cola de los rankings. Para la Cámara de Comercio Internacional ocupa el puesto 63 sobre 75 naciones.
Las cadenas agroalimentarias están diseñadas genéticamente para exportar grandes volúmenes de alimentos. ¿Pero cuál es la reacción que generan las importaciones? ¿Es una traición a la Patria dejar que entren jamones, quesos europeos o carne uruguaya? Es evidente que el tratamiento que se les deben dar a las importaciones no tiene el mismo consenso que genera la exportación. Para vender en mercados externos estamos todos de acuerdo. Y para que entren productos importados que no sean los que uno produce, también. El límite es cuando la importación genera competencia con nuestra actividad en cuestión y se entromete con "nuestros consumidores". Desde los productores de cerdo hasta la industria de agroquímicos, son varios los que en los últimos meses han puesto el grito en el cielo ante la amenaza de sufrir la competencia extranjera. Los industriales alertaron al Gobierno por un posible aluvión de productos fitosanitarios terminados de China. En la Cámara de la Industria de Fertilizantes y Agroquímicos esperan por lo menos un 30% más de importaciones que en 2015. En cuanto al cerdo, la alarma se prendió en el primer trimestre del año cuando se triplicó la importación de carne. Acto seguido, Mauricio Macri recibió en su despacho una carta de la Asociación Argentina de Productores Porcinos en la que pide que "se arbitren las medidas necesarias para frenar el ingreso". A primera vista, lo interesante que provoca estas movidas de piso a los productores locales es que deja al descubierto problemas no resueltos de competitividad. Que suelen ser tanto limitaciones propias de la cadena como sobrecargas de la macroeconomía. En este sentido, hay una tarea titánica en reformular un modelo de país caro, al que le sobran ineficiencias.
El campo no es ajeno a esta nueva versión del eterno y nunca resuelto debate sobre el nivel de apertura de la economía. Las importaciones de insumos, alimentos y maquinaria agrícola, más que una amenza se deberían ver como una oportunidad. Que por supuesto se puede volver a desperdiciar con el reflejo de proteger actividades por protegerlas sin un objetivo estratégico. En cambio, si hay un plan con plazos de mejoras competitivas y de logística la eventual protección cobra sentido. ¿De qué sirvieron, por ejemplo, 12 años de maíz a precios de regalo por las retenciones, si la cadena sigue sin poder competir con la brasileña? El grado de informalidad en la comercialización del cerdo creció en ese período en forma exponencial y sigue siendo un factor de distorsión.
En cuanto a los agroquímicos el problema no está en la importación sino en Senasa. Para Juan Iglesias, un referente de la industria, la cuestión es "el no cumplimiento por Senasa de las normas FAO del Quinto Manual de especificaciones de 1999 y de la Resolución Sagpya 350/99 en lo referente a registro de productos equivalentes". Observa que gracias a estas reglas se estructuró a nivel global un mercado competitivo.

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