¿Entienden los sindicalistas que el mundo va a cambiar? Cuando pensamos en industria o importaciones, ¿estamos teniendo en cuenta el futuro? ¿Sigue siendo una discusión válida o es solo de corto plazo?
El mundo se está preparando para la mayor caída de empleo en el sector industrial de los últimos cien años. Se calcula que en la próxima década cerca de 50% de los trabajos en EEUU -tal como los conocemos hoy- desaparecerán. La digitalización, la conectividad, la robótica y la inteligencia artificial confluyen a que desaparezcan la mayoría de las tareas automatizadas o repetitivas y de bajo valor agregado. ¿Qué estamos haciendo para prepararnos para enfrentar la próxima década? ¿O la herencia y la coyuntura son tan pesadas que no nos dan tiempo a diseñar el país que se viene?. El mercado doméstico está parado y cualquier producto importado compite muy favorablemente en precio contra la producción nacional. Esta discusión nos vuelve a llevar 50 años para atrás. La lógica es simple: con un tipo de cambio fuerte, es decir, con el peso que se ha apreciado en términos reales contra el dólar, y encima el dólar se ha apreciado contra todas las demás monedas del mundo con las cuales comerciamos, el costo de los factores domésticos en Argentina se ha encarecido. La política monetaria actual utiliza la tasa de interés y la absorción de liquidez para frenar la inflación, pero eso produce un fuerte parate en el consumo y la producción domésticos. Además, usa la estabilidad del dólar como ancla inflacionaria, lo que, como comentamos, nos hace más caros en comparación con los países con los que comerciamos y nos relacionamos.
Aunque el nivel de endeudamiento como porcentaje del PBI en Argentina es muy bajo y sustentable, es altamente desaconsejable endeudarse para financiar el gasto corriente. Y en esa trifulca aparecen los industriales y los sindicatos: el mercado doméstico está parado y cualquier producto importado compite muy favorablemente en precio contra la producción nacional; son mucho más baratos dependiendo del arancel a las importaciones (la forma más antigua de cerrar la economía). Y acá surge una segunda premisa con la que la mayoría de los especialistas coinciden: ­basta de subsidios! Basta de favorecer sectores sobre la base de la redistribución caprichosa del Estado, que usa el dinero de los impuestos para eso. Nada es gratuito, y lo que se le da a uno se lo saca a otro, o se lo cobra con inflación, o con impuestos. O se lo posterga a través de instrumentos de deuda interna o externa, que terminan en inflación o impuestos a futuro. Pero de repente nos encontramos con el golpe de gracia a la discusión, que es absolutamente insalvable: el 32,2% de pobreza que nos dio el indicador del Indec. Este último punto es el más duro y debería movilizar a toda la sociedad: la pobreza y el hambre no esperan. No hay tiempo. Empezamos a entender, entonces, el laberinto o la trampa que recibió el Gobierno: alta inflación, caída de la actividad económica, desempleo, pobreza estructural y subsidios por doquier. El gobierno actual ha cambiado muchas cosas, sobre todo en relación con el mundo: el cepo, el default y mayor apertura. Pero todavía falta definir, en política económica, las piedras fundacionales claras para volver a crecer. Eso es lo que están esperando los inversores que miran con agrado los cambios internos, pero necesitan más definiciones.

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