Abundan las explicaciones tradicionales -y no tanto- sobre la inflación.
En notas anteriores sobre este tema se hizo referencia a que, además de las explicaciones tradicionales relativas a la elevada relación gasto público/PBI y a la emisión monetaria, las fuertes subas de precios podrían deberse a que "los precios pueden subir", vale decir, sectores económicos concentrados encuentran que pueden aumentar sus precios debido a una "tolerancia" de la demanda.
Los economistas más ortodoxos no simpatizan con la idea de que las estructuras concentradas tengan influencia sobre la inflación porque, si bien coinciden en que los precios de monopolio son más altos que en competencia, las empresas, monopólicas o no, maximizan sus beneficios procurando que el ingreso de la última unidad vendida iguale el costo de producir esa última unidad, y una vez que han logrado su objetivo los precios no tendrían porqué continuar aumentando.
Si bien el razonamiento es impecable, el problema es que, en tanto las empresas altamente competitivas son tomadoras de precios y por lo tanto solamente eligen la cantidad que maximiza su beneficios, las más concentradas, aun a pesar de que disponen para sí de la casi totalidad de la demanda, no saben en cuánto cambiará la cantidad vendida cuando elevan sus precios, puesto que la demanda va cambiando, porque, entre otras cosas, no es la misma a principios que a fin de mes, a la vez que las personas modifican sus preferencias si hay importantes variaciones en los precios.
Frente a este panorama, de nada les sirve a las empresas concentradas procurar maximizar sus beneficios totales, puesto que no saben, cuando cambian sus precios, cuánto lograrán vender.
Consecuentemente, lo que hacen es procurar hacer lo más grande posible su margen de ganancias calculado sobre las ventas, lo que consiguen cuando es máxima la diferencia entre el precio y los costos por unidad de ventas, lo que es alcanzable porque el precio lo forman las propias empresas y los costos unitarios son un dato objetivo para ellas, y claramente, al ser el costo por unidad creciente por lo general, cuando las empresas suben lo precios, si bien la cantidad vendida disminuirá, también lo hacen los costos unitarios, y, en principio, el margen de ganancias aumenta.

Beneficios máximos y márgenes máximos

Lo anterior explica por qué las empresas concentradas continúan aumentando sus precios aunque disminuya la relación gasto/PBI o la cantidad de dinero: si las personas no reducen sus compras de productos insustituibles como los remedios y los alimentos cuando suben sus precios, y resignan en cambio otros gastos vacaciones, salidas, se mantendrá aproximadamente sin grandes cambios el consumo de bienes y servicios esenciales. Sin embargo, cuando los precios han aumentado lo suficiente, aunque las empresas se sientan satisfechas porque han logrado maximizar sus márgenes de ganancia, se enfrentarán a que ese margen máximo no necesariamente les reporta los más altos beneficios totales, que son los que en definitiva cuentan, y entonces llegará el turno de los "combos" y la extraña situación en la que "todos salimos sorteados" para acceder a "beneficios inimaginables", a condición, claro está, de que aceptemos los precios que ya resultan impagables.

Altos precios y desempleo

Cuando se alcanza la situación descrita, las empresas formadoras de precios verán reducirse sus ventas, a la vez que las más competitivas ya habrán resignado mercados a favor de las primeras o las más posicionadas. La economía enfrenta entonces una recesión, o la profundización de la existente si ya la padece, y como corolario inevitable el empleo se resentirá y esto último, o bien se manifestará en un desempleo explícito o bien en un aumento del empleo informal.

¿Qué hacer?

Evidentemente, se necesita ejercer un control sobre las estructuras económicas concentradas, pero tanto a nivel teórico como de la experiencia, no es fácil imponer precios máximos, cuidados, ni mucho menos ejercer una tutela policial sobre las empresas, porque el remedio -si es que se alcanza- suele ser peor que la enfermedad. Tampoco sirve apelar "al corazón" de las empresas, porque su naturaleza es buscar los más altos beneficios, y esta conducta de lograr lo máximo posible no es mala ni buena sino la que existe y todos en definitiva seguimos.
Parece mejor que, como los ingenieros que aceptan las leyes de la Física y consiguen automóviles y aviones que funcionan, los "ingenieros" sociales, que son los gobiernos, se esfuercen en que la naturaleza humana -los empresarios y trabajadores- posibilite más, mejores y más baratos bienes y servicios, empleando adecuadamente los instrumentos de política económica; por ejemplo, estimulando inversiones, y hasta que éstas se transformen en nuevos bienes y servicios, complementando la producción doméstica con importaciones.
Es claro que el desempleo que eventualmente provocaría esta medida, también se producirá, como se ha visto, con la economía cerrada, porque con elevados precios la recesión lo mismo genera despidos. Claramente, en tanto los despidos pueden balancearse con un seguro de desempleo serio y efectivo, la sociedad toda no tiene cómo asegurarse contra el mal que afecta a todos, que es la inflación.

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