¿Es posible pensar una Argentina sin inmigrantes? La respuesta es no. Desde su nacimiento hasta hoy, nuestra Patria solo puede ser entendida cabalmente como un entramado de distintas culturas.
De acuerdo al censo de 1869, de los 1.737.076 habitantes del país, 210.189 eran extranjeros, apenas el 12,1%. Veinticinco años después, sobre una población total de casi 4.000.000 de habitantes, los nacidos fuera del territorio eran poco más de 1.000.000, el porcentaje se había elevado al 25,2%. En 1914 se dio el mayor porcentaje de inmigrantes de la historia: el 29,7% de la población provenía de otras naciones. El dato más cercano, el censo 2010, arrojó un 4,5% de extranjeros.
En distintos instrumentos jurídicos, ese flujo migratorio fue protegido y estimulado. Vale como ejemplo el primer decreto que aborda la temática, que data del 4 de septiembre de 1812 (de ahí la efeméride) y que establece: "El gobierno ofrece su inmediata protección a los individuos de todas las naciones y a sus familias que deseen fijar su domicilio en el territorio, asegurándoles el pleno goce de los derechos del hombre en sociedad, con tal de que no perturben la tranquilidad pública, y respeten las leyes del país".
La Constitución Nacional de 1853 les abrió las puertas, subrayando en el Preámbulo: "...para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino".
A veces es más fácil refugiarse en el pasado. La pregunta es: ¿podemos pensar una Argentina pujante para el futuro, sin inmigrantes? La respuesta es no. La Argentina que queremos construir es inviable sin el aporte del inmigrante, sin la fuerza y el tesón del que viene a buscar, lejos de su tierra, el bienestar.
Para hacer una Argentina grande necesitamos que el Estado esté presente en la temática migratoria, y no solo de manera enunciativa ya que la misma es una política pública no atada a ningún interés sectorial.
La Constitución Nacional y la Ley 25.871 establecen derechos y obligaciones para todos los que quieran hacer suya nuestra patria. Para ello, debemos facilitar desde el gobierno los mecanismos necesarios para acercar los derechos y hacer cumplir las obligaciones. Desde el gobierno, tal como lo establece la normativa, debemos ser capaces de direccionar las migraciones vinculando la necesidad de progreso del migrante con el requerimiento de las diferentes zonas productivas de nuestro país.
A la vez, es insoslayable la solidaridad internacional humanitaria para ayudar a personas que tratan de escapar de situaciones complejas, crisis, hambre o violencia. En tal sentido, sirva de ejemplo el compromiso de la Argentina de acoger a 3.000 sirios en nuestro territorio.
Debemos combatir seriamente el tráfico de personas. Un Estado que mira hacia otro lado y no controla eficientemente quiénes traspasan sus fronteras favorece, por un lado, el provecho infinito del traficante y por otro, coloca al inmigrante que ingresa de manera ilegal en un estado de indefensión y vulnerabilidad.
La movilidad de las personas son una parte fundamental en el proceso de integración regional y por ello el gobierno está avanzando en convenios bilaterales que facilitan el tránsito y regularización de la estadía de los migrantes, especialmente en zonas de frontera.
La Argentina virtuosa que todos soñamos es inviable sin el aporte del inmigrante, quien voluntariamente cumple con la ley y que en tal acto construye una trama indisoluble con el nacional, enriqueciendo nuestra identidad. El 4 de septiembre festejamos el Día del Inmigrante, que no es de otros sino de nosotros mismos. Feliz día para todos.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora