El martes amaneció trece. Muy especialmente para Daniel Oyarzun, un carnicero de Zárate que se enfrentó con la novedad de dos delincuentes que entraron a su local, arma en mano y, tras reducir a un empleado, huyeron con el dinero de la caja. Al escapar, según aseveran algunos, dispararon dos veces para amedrentar. No lo lograron, el comerciante se montó en su auto, un 306 y los persiguió mientras era repelido por disparos de armas de fuego.
Todo terminó de la peor manera. El hombre embistió la moto de los ladrones y uno de ellos resultó aplastado contra un semáforo. Dicen que testigos del hecho lo insultaron y golpearon en el piso. Murió a poco de ser recogido por efectivos de la Policía. El otro, su cómplice, huyó.
Sólo por milagro no hubo otras personas dañadas en la violenta persecución.
La vida de Daniel, de 37 años, cambió para siempre. Ahora está detenido. Su hermano lo justificó a viva voz: "Salió a defender lo nuestro, la gente está cansada".
Esto no lo libera de dar ahora explicaciones a la Justicia: ha matado a un hombre.
También cambió la vida en un segundo para el médico Lino Villar Catado, que, a sus 61, mató de cuatro balazos a Ricardo Krabler, de 24, que intentó robarle el auto. El cirujano está imputado por "homicidio simple agravado por el uso de arma de fuego".
Dedicó su vida a salvar la de otros y ahora carga con una muerte violenta. Al peso de la propia conciencia tiene que sumar la amenaza implacable de la familia del joven delincuente muerto. Aunque fue excarcelado, está preso de una pesadilla.
El caso del remisero de José León Suárez es algo más confuso. El hombre de 33 años caminaba por su barrio cuando un asaltante armado lo interceptó. Resistió, le quitó el arma y lo mató. Según los vecinos, el joven muerto tenía todo un historial en la zona, de robos, violencia y drogas. Nadie llora por él. Ni su familia. "Mi hermano era ladrón, era obvio que iba a terminar así", se escuchó decir a uno de los suyos en la intimidad.
Frente a la alternativa de matar o morir, uno mata. Pero matar a otro es siempre algo malo. El límite es siempre la muerte. El respeto por la vida deslinda la civilización de la barbarie.
La transgresión de esta norma nos coloca en un camino sin retorno. Nada, ni nadie puede justificar o avalar que se asesine a otro, salvo para poner a salvo la propia vida o la de un tercero frente a un riesgo o una amenaza inminente.
La ley le pone un nombre a estos hechos que exculpan penalmente pero no liberan del peso de la tragedia: legítima defensa. No hay argumento alguno que justifique la persecución y la muerte de un delincuente si el peligro para la vida o la integridad física propia o de un tercero no existe o ha cesado.
La denominada "justicia por mano propia" es un concepto en sí mismo aberrante. Sólo el Estado puede administrar justicia. Frente a un Estado ausente, ineficaz o impotente para prevenir el crimen, o, en tal caso, terminar con la impunidad, crece la fantasía de que la ley de la selva pueda ser una alternativa.
Esta seguidilla de hechos trágicos y sus consecuencias nos recuerda que pasar de víctima a victimario no es la salida, no es un atajo posible de considerar.
En una sociedad que se pretende democrática tampoco es un debate posible tener que elegir entre matar o morir.
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