Al inicio de una maravillosa versión de la canción "Años" (Pablo Milanés), Tom Lupo, reconocido locutor y difusor de bandas de rock nacional emergentes en los años 80, al introducir una letra con altas dosis de melancolía que invita a reflexionar sobre la intensidad del amor con el paso del tiempo, sorprendentemente asoció a la tecnología en la discusión de la siguiente forma: "Coincide un poco con la noticia de que lo único que progresa con el paso del tiempo es la tecnología. El hombre no, siempre es el mismo. Inclusive según el poeta, el amor con los años desaparecerá". Luego, en el inicio de la versión de Andrés Calamaro y Luca Prodan, el ex líder de Sumo, inmortaliza la frase: "El tiempo pasa, nos vamos poniendo technos".

Inédita hiperconectividad

La dicotomía avance - inmanencia en la aludida trilogía amor-hombre-tecnología, siempre y cuando interpretemos al amor como todo lo "real o humano", en contraposición a lo "virtual o artificial" que la tecnología produce, nos lleva a un hipotético futuro no tan lejano donde lo "humano" es reemplazado por lo "techno".
En uno de esos posibles escenarios -quizás alguno ya existente en otras realidades de los países más desarrollados-, la discusión empieza a tener sentido y nombre propio: "Internet de las Cosas". Internet of Things (IoT) es un concepto ampliamente difundido que alude a las casi infinitas posibilidades de conectar objetos cotidianos devenidos en dispositivos a la red, incluyendo, a modo de ejemplo, electrodomésticos, automóviles, cámaras de seguridad, ropa, calzado, relojes, entre otras "cosas". Tal idea, cuya concreción es posible de manera reciente por cuestiones técnicas (el paulatino reemplazo del protocolo IPv4 por el IPv6, permite una cantidad de dispositivos conectados a Internet casi infinita, y que los ingenieros dicen equivale casi a cada grano de arena existente en el mundo), implica un cambio copernicano en la concepción de la relación del hombre con la tecnología. Con esta noción de IoT, frente a las ya conocidas relaciones persona/s-persona/s y persona/s-cosa/s, emerge una nueva forma de relación: cosa/s-cosa/s.

¿Quién es responsable?

Hasta ahora, las respuestas jurídicas esbozadas frente a la propiedad de productos o desarrollos tecnológicos, en particular, bienes materiales, se pronuncian por la aplicación analógica de la regla de responsabilidad civil por "cosas o actividades peligrosas", cuyas consecuencias dañosas deben ser resarcidas por el sujeto dueño de la cosa. En cuanto a los bienes inmateriales, la regla se mantiene y la responsabilidad civil se extiende también a su titular. Inclusive el Código Penal, entre los delitos informáticos, castiga a aquel que se vale de un software para causar daños, sea con el fin de alterar, destruir o inutilizar datos, documentos, programas o sistemas informáticos, e inclusive también al que lo vendiere, distribuyere, hiciere circular o introdujere en un sistema informático (Art. 183 in fine CP Ley 26.388). A una persona determinada, es decir, su autoría como agente del daño o sujeto activo respectivamente, son harto conocidas. Por ejemplo, cuestiones como la intervención de sujetos u objetos operados remotamente, inclusive desde jurisdicciones extranjeras, vacíos legales para casos concretos, falta de recursos humanos y técnicos para obtener y conservar prueba digital, posesión de datos en manos de empresas multinacionales que no están obligadas a colaborar en todos los casos, relativa facilidad para eludir medidas tecnológicas de protección, identificación digital (direcciones IP) variables o manipulables, entre otras, se relacionan más bien con la aplicación de la ley (enforcement), o con cuestiones de la práctica jurídica y judicial.

El Derecho frente al cambio

Ahora bien, parecería que el concepto de Internet de las Cosas viene a patear el tablero incluso desde la teoría jurídica. El Derecho como elemento de ordenación de relaciones interpersonales, desde tiempos inmemoriales ha regulado dos tipos de relaciones: sujeto-sujeto (derechos personales) y sujeto-objeto (derechos reales si se trata de bienes materiales y derechos intelectuales si se trata de bienes abstractos). IoT presupone que las cosas vienen integradas con capacidades de procesamiento, toma de decisiones automáticas, censores que se adaptan a un ambiente y/o preferencias del usuario, y, fundamentalmente, conexión con otras cosas de idénticas características. Al instalarse una categoría que lleva a juristas y legisladores de todo el mundo a intentar dar respuestas que por ahora son insuficientes. Podrá sostenerse que siempre hay un sujeto detrás de una cosa, y que éstas no podrían interrelacionarse por sí mismas si no existe previamente una relación real o intelectual, o inclusive una relación personal con prestaciones que se cumplen a través de la utilización de cosas. Es un razonamiento cierto pero sólo un punto de partida, pues IoT presupone una complejidad inédita dado que, a las dificultades prácticas de encontrar un "autor" en un caso concreto, se suman otras teóricas, como la de encontrar un "responsable" de manera apriorística: ¿lo es el fabricante del dispositivo?, ¿lo es el desarrollador del software?, ¿lo es el titular del dispositivo?, ¿lo es el simple usuario?. Por ahora tenemos muchas y complejas preguntas, y, en contra partida, escasas y simples respuestas, las que deberán adaptarse a la brevedad para que lo único que progrese con el paso del tiempo no sea solamente la tecnología.

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