Irán, apertura y transición política

Pascual Albanese

Irán, apertura y transición política

Los sectores moderados del régimen chiíta iraní, liderados por el actual presidente Hasan Rohani y el expresidente Hachemí Rafsanjani, se impusieron en las elecciones sobre la corriente ultraconservadora, llamada "principalista", cuyos dos principales candidatos, Taqi Mesbah (considerado "el más conservador de los conservadores") y Mohammad Yazdi, fueron derrotados en Teherán por un margen tan amplio que les impidió obtener su reelección en el Parlamento.
La puja electoral entre ultraconservadores y moderados dejó afuera a la mayoría de los candidatos reformistas, inhabilitados legalmente para presentarse. Cerca de 6.000 postulantes quedaron fuera de la compulsa. Pero, a diferencia de otras oportunidades, esta exclusión no generó una corriente abstencionista significativa. El electorado reformista concurrió a votar masivamente por los candidatos moderados y su actitud definió la contienda.
Los ultraconservadores perdieron la mayoría absoluta que ostentaban en el Parlamento sin que el control efectivo del cuerpo legislativo haya quedado empero en manos de ningún sector. Está pendiente para abril una segunda vuelta en la que se dirimirá un puñado de bancas en disputa. Las elecciones definieron también la nueva configuración de la Asamblea de Expertos, una suerte de "colegio cardenalicio" de la singular "teodemocracia" iraní, integrada por 88 clérigos musulmanes y encargada de elegir al Líder Supremo y de controlar su trabajo.
En esta nueva etapa, el rol de esta Asamblea de Expertos puede resultar decisivo. Todo indica que el cuerpo tendrá a su cargo nombrar al sucesor del ayatollah Ali Khamenei, quien ocupa ese cargo desde 1989, cuando falleció el ayatollah Ruhollah Jomeini, artífice de la Revolución Iraní de 1979. Khamenei, de 76 años, padece de un cáncer de próstata y su delicado estado de salud tiende a agravarse.
Rafsanjani, un político del ala moderada, aunque acusado en la Argentina por su presunta responsabilidad en el atentado terrorista contra la AMIA y sospechado de corrupción en Irán por sus vínculos con la burguesía del Bazaar de Teherán, y el propio Rohani son nombrados como posibles sucesores de Khamenei. Otro de los mencionados es Sayyed Hosseini Khamenei, hijo del actual líder supremo.
La relación entre Rohani y Rafsanjani es muy estrecha. En la década del 90, cuando Irán salía de su devastadora guerra con Irak, Rafsanjani, entonces a cargo de la presidencia, encargó a Rohani la titularidad del Centro para la Investigación Estratégica, el principal "think thank" de la época, responsable de la privatización de varias industrias estatales intocables, bajo el lema "la economía primero".
La "teodemocracia"
La "teodemocracia" iraní combina características democráticas con rasgos inequívocamente teocráticos. Es una estructura de poder dual que, por la índole de la relación entre la autoridad política y la jerarquía religiosa, presenta algunos elementos comunes con la Europa de la Edad Media, signada por la coexistencia entre las monarquías absolutas y el papado.
A diferencia de la Europa medieval, el sistema político tiene raíces democráticas. Desde el presidente hasta el Parlamento, pasando por los gobiernos y las legislaturas locales, todas las autoridades surgen de elecciones periódicas y a través del voto popular. Aunque con restricciones, existen también partidos políticos y una pluralidad de medios de comunicación.
Pero todo ese edificio institucional está subordinado a la estructura de poder religioso. La constitución iraní establece que el vértice del poder no reside en la Presidencia de la República sino en el líder supremo, bajo cuya dependencia directa se encuentran las Fuerzas Armadas, los servicios de Inteligencia del Estado y la poderosa Guardia Republicana, una organización paramilitar de enorme influencia. No obstante, el poder teocrático tiene una raíz democrática: el líder supremo es un clérigo musulmán elegido por la Asamblea de Expertos, cuya integración también surge del voto popular.

Por debajo del máximo líder religioso, se encuentra el Consejo de Guardianes, un organismo que tiene la facultad de derogar las leyes sancionadas por el Parlamento, cuando juzga que no están en conformidad con la ley islámica. Lo asesora la Asamblea de Expertos, cuyos dictámenes gravitan fuertemente en esas decisiones. En caso de contradicción entre el Consejo de Guardianes y el Parlamento, entra a jugar otra institución, el Consejo de Discernimiento, que busca armonizar las posiciones en pugna.
Los desafíos de la apertura
Este proceso electoral, que coincide con el fin del bloqueo internacional y la convergencia entre Washington y Teherán en la guerra contra el EI, marca un punto de inflexión en la evolución del régimen. La apertura económica implica cambios culturales y políticos. La sociedad iraní, mucho más sofisticada que lo suele reflejar la imagen estereotipada irradiada por la prensa occidental, experimenta una transformación en la que cumplen un papel protagónico las mujeres, que entre otros avances han invadido las universidades y tienen una participación creciente en el mercado laboral.
El Gobierno iraní busca atraer cuantiosas inversiones occidentales en petróleo, comunicaciones, minería e industria automotriz, entre otros rubros. De paria económico, Irán pretende convertirse en una joya codiciada por las grandes empresas multinacionales. No es una utopía. Con una población de ochenta millones de habitantes, un promedio de ingreso "per cápita" similar al promedio mundial y un producto bruto interno de 400.000 millones de dólares, Irán es la mayor economía que se integra a la economía global desde la disolución de la Unión Soviética hace un cuarto de siglo y tiende a erigirse en la economía más importante de Medio Oriente.
La "joya de la corona" es el sector energético. Irán tiene la cuarta reserva de petróleo del mundo y la segunda reserva de gas del planeta.

Gigantes energéticos, como la anglo-holandesa Shell, la inglesa British Petroleum, la francesa Total y la española Repsol están a la caza de esta nueva oportunidad, también codiciada por las grandes compañías estadounidenses, como Exxon y Chevron. Funcionarios iraníes afirman que Teherán tiene identificados cerca de 50 proyectos de exploración y explotación de petróleo y gas, que requieren una inversión de 185.000 millones de dólares y que confían poner en marcha en el próximo quinquenio.
Como suele ocurrir con los regímenes autoritarios en la primera fase de sus procesos de apertura, la avanzada es el sector turístico. La cadena hotelera española Meliá, que ya cumplió un papel semejante en Cuba, fue la primera en instalarse.
Para 2020, Irán espera recibir a unos veinte millones de turistas. Para ello, avanza decididamente en la construcción de carreteras, la modernización de aeropuertos y la renovación de la flota de la compañía aérea estatal. Lo curioso es que en las playas iraníes todavía rige la separación entre hombres y mujeres.
En este contexto, Rafsanjani tuvo la audacia de proponer para el futuro una reforma constitucional que implica el cercenamiento de las facultades del líder supremo, que pasarían a ser ejercidas por un "consejo de liderazgo". El jefe de la Guardia Republicana, Hassan Firouzabadi, señaló que esa iniciativa de "poder colegiado" era "la nueva treta del enemigo".
En esta disputa, lo celestial está íntimamente asociado con lo terrenal. El régimen iraní mantiene un importante sector de la economía monopolizado por la Guardia Republicana y por "fundaciones" controladas por la jerarquía religiosa. Los usufructuarios de esta franja protegida disputan los negocios con el empresariado iraní, que tiene en los moderados sus abanderados políticos. El sector protegido teme, con razón, que el ingreso de las firmas transnacionales afecte sus privilegios. Lo que está en juego entonces, como trasfondo de este enfrentamiento entre ultraconservadores y moderados, es un reacomodamiento de la estructura de poder económico de Irán.
.
.

¿Qué te pareció esta noticia?

Compartí

0

Te puede Interesar

Comentá esta Noticia