El encuentro entre el papa Francisco y el presidente Hassan Rouhani, registrado días después del levantamiento oficial de las sanciones internacionales contra Irán, graficó el reingreso del régimen de Teherán a la comunidad global. Más allá del rechazo de la oposición republicana en Estados Unidos, el Gobierno Israelí y las monarquías del Golfo Pérsico, el acontecimiento está llamado a tener vastas consecuencias económicas y políticas en la región y en el mundo entero.
Irán, que es la décimo octava economía mundial, es dueño del 25% de las reservas mundiales de hidrocarburos. Es también el décimo tercer productor de automóviles, con una fabricación de 1.650.000 vehículos anuales. Con una población de 80 millones de habitantes (similar a Alemania o Turquía), tiene unos 4.500.000 de estudiantes universitarios y es el quinto país del mundo en graduación de ingenieros.
Pero esta singular dimensión económica empalidece al lado de su significación geopolítica. Con una historia milenaria, que se remonta al Imperio Persa, es el centro del Islam chiita (la rama minoritaria de las dos grandes corrientes en que están divididos desde hace siglos los fieles de Mahoma) y, como tal, influye en el tablero de Medio Oriente por su predicamento entre sus correligionarios, entre quienes se encuentran la gran mayoría de la población de Irak, una parte significativa de la comunidad musulmana de Líbano (representada por Hezbollah) y una activa minoría en otros países árabes de mayoría sunnita.
Este posicionamiento multiplicó su importancia a partir de la irrupción del EI. La agresividad del "califato" de raigambre sunnita hizo que Estados Unidos y Europa empezaran a mirar a Teherán como un aliado. Hace ya varios meses que tropas de la Guardia Republicana iraní combaten contra el EI en Irak, con el beneplácito del Gobierno de Bagdad, una coalición hegemonizada por los chiitas.
Lo espiritual y lo terrenal
En este contexto, se entiende mejor la decisión de Barack Obama de cerrar las negociaciones para el "acuerdo nuclear", que también fue bendecido por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Teherán se comprometió a enviar a Rusia el 98% de sus inventarios de uranio enriquecido (alrededor de 300 toneladas) y a retener apenas 300 kilogramos, insuficientes para construir una bomba atómica. También aceptó desmantelar 12.000 máquinas centrífugas para enriquecer uranio, y destruir, mediante su relleno con cemento, el reactor nuclear de Arak, con el que se generaba plutonio.
Por supuesto, el consentimiento iraní no se explica sin una contrapartida equivalente. El levantamiento de las sanciones económicas implica el descongelamiento de fondos embargados en el exterior por valor de 50.000 millones de dólares, pero sobre todo la reanudación de las inversiones de las compañías multinacionales europeas, indispensables para el sostenimiento de una economía que sufría el bloqueo internacional, agravados por la reducción del precio del petróleo.
En su viaje a Roma, Rouhani firmó con el primer ministro italiano, Mateo Renzi, contratos por valor de 17.000 millones de euros.
En Francia, tras entrevistarse con Francois Hollande, también hubo acuerdos importantes con la automotriz Peugeot, la petrolera Total y Airbus. Las potencias europeas compiten por ingresar en el mercado iraní. Aprovechan una ventaja que tienen sobre las firmas estadounidenses: Washington todavía no levantó las sanciones unilaterales contra Irán por su condición de país "exportador de terrorismo".
El mayor interés proviene de las compañías petroleras. Irán no solo tiene petróleo, sino que, en términos de costos de producción, tiene petróleo barato. Sin embargo, por la falta de inversión, su producción viene cayendo y el Gobierno iraní necesita imperiosamente relanzarla. Pero el petróleo no es el único rubro atractivo. Las compañías automotrices europeas quieren aumentar su presencia en Irán. También se espera un "boom" turístico: Airbus recibió un pedido de compra de la empresa estatal Irán Air por nada menos que 118 aeronaves.
Rouhani y la tolerancia religiosa
En su diálogo con Francisco, Rouhani impactó con una frase: "La iglesia, la sinagoga y la mezquita deben estar la una junto a la otra. Es más, debemos preservar primero a la iglesia, luego a la sinagoga y luego a la mezquita. Esta es la cultura de la tolerancia que nos enseña el Corán". Para asombro de los periodistas occidentales, al despedirse, madrugó al Papa con un pedido que es clásico en Francisco con sus interlocutores: "Rece por mí".
El complejo sistema de poder iraní se caracteriza por un sutil equilibrio entre el gobierno civil, encarnado por Rouhani, y la autoridad religiosa, encarnada por el ayatollah Jamenei. Resulta impensable que los términos del diálogo con Francisco, el jefe de la Iglesia Católica, no hayan sido previamente acordados entre ambos dirigentes hasta el último detalle.
En el lenguaje de la diplomacia, un arte que los iraníes manejan a la perfección, lo de Rouhani no es mera retórica. La revolución iraní de 1979, liderada por el ayatollah Jomeini, implantó una República Islámica mucho antes que el régimen de los talibanes en Afganistán o del EI en la frontera sirio-iraquí. El meta mensaje, encriptado pero no indescifrable, es que en Irán puede existir autoritarismo político, pero no persecución religiosa y que una República Islámica de matriz chiíta nada tiene que ver con el EI.
Los iraníes clavaron así una pica en Flandes en su controversia histórica con sus rivales sunnitas. En Irán el 26 de febrero habrá elecciones parlamentarias. Mal que les pese a los republicanos estadounidenses y al gobierno israelí, ninguna de las monarquías absolutas del Golfo Pérsico, clásicas aliadas de Estados Unidos en la región, pueden jactarse de tener un sistema político relativamente abierto, donde el poder hegemónico de la jerarquía religiosa convive con la existencia de partidos políticos y eleccio nes periódicas, como sucede en Irán.

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