Cuando los mega-atentados del 11 de septiembre de 2001 sacudieron al mundo, la respuesta del entonces presidente George Bush (h) fue inmediata. Decidió hacerle la "guerra al terrorismo"; un título tan rimbombante como absurdo. ¿Cómo hacer la guerra a un enemigo que estaba oculto, no tenía lugar de pertenencia geográfica y contaba con logística local en los países que eran blanco de su accionar?

En la práctica fue una guerra contra Afganistán, un país devastado por conflictos bélicos ininterrumpidos desde el golpe de estado de 1973. Como era previsible, la ocupación fue rápida pero carente de resultados concretos: los líderes de Al-Qaeda, la organización terrorista responsable de los atentados en Nueva York y Washington, no sólo no fueron capturados sino que prometieron más terror.
Afganistán fue el primer paso para intentar controlar a una región estratégica para los intereses de las potencias. El segundo paso fue Irak, un país debilitado después de la Guerra del Golfo de 1990 y que parecía ser la oportunidad para que Estados Unidos se asegurara el control territorial de la región y acabara, de una vez por todas, con el enemigo que tanto daño le causó.

La supuesta complicidad de Saddam Hussein con los atentados nunca demostrada - y los planes de construcción de armas de destrucción masiva luego desmentidos-, fueron la excusa para invadir al país árabe e imponer la democracia occidental como remedio para todos los males de la humanidad.
El resultado no pudo ser más desalentador. Los atentados de diversas células de Al-Qaeda se multiplicaron y sacudieron a Madrid, Londres, París, entre otras capitales. Desaparecida la mano dura de Saddam Hussein, Irak se convirtió en terreno fértil para albergar a diversos grupos terroristas, entre los cuales surgiría "Estado Islámico" (ISIS). El desgobierno en el que cayó el país dejó en evidencia que no había planes para el día después de la ocupación, o, en su defecto, que los planes fueron mal trazados por errores de diagnóstico.

Irak es el único país árabe de mayoría religiosa chiíta, pero, a su vez, étnicamente se encuentra dividido entre una mayoría árabe y una minoría kurda. Durante el régimen de Saddam Hussein, los chiítas fueron excluidos del gobierno y sometidos a persecuciones y los kurdos, que religiosamente son sunnitas, también fueron severamente reprimidos. La desaparición de Saddam Hussein y la imposición de un sistema democrático de corte occidental, donde la regla de oro es la voluntad de la mayoría, significaron un escenario de disputas políticas que cambiaron las lógicas imperantes.
Los árabes chiítas se hicieron con el poder y conformaron gobiernos o alianzas tácticas con los kurdos en contra de la minoría árabe sunnita. La llegada al poder de Nouri-al-Maliqui (chiíta), en 2006, empeoró la situación y los sunnitas fueron marginados cada vez más. La llegada al poder de Haider- al - Abadi, supuestamente más moderado, no significó un cambio rotundo.
El origen del ISIS

En todo ese contexto, y frente a la sed de venganza de sectores chiítas, las reivindicaciones kurdas y los temores sunnitas, surgió ISIS. Este grupo, que era una célula de Al-Qaeda, se aprovechó de los temores de los sunnitas y entró en un conflicto armado con la que fuera su célula madre. Se lanzó, a diferencia de su antecesora, a la conquista territorial. Buscó, y logró controlar una porción territorial que desde 2012 no para de extenderse (salvo en la frontera kurda) llegando a abarcar porciones de Irak y Siria bajo el nombre de Califato Islámico. La población sunnita se encuentra en un dilema: si no colabora, se expone a las ejecuciones de agrupación; si colaboran, se exponen a la represalia chiíta. Atrapados en esa lógica del terror y ante la posibilidad de sufrir ataques preventivos de las potencias occidentales, cada vez parecen ser más los adhieren a la idea del Califato promovido por ISIS.
La diferencia que, hasta hace poco, se marcaba entre ISIS y Al-Qaeda radicaba en que mientras el primer grupo busca una conformación territorial, el segundo había renunciado a ella pues su idea era la conquista de las almas y provocar terror en el territorio occidental. No obstante, el derribe del avión ruso sobre Egipto y los recientes atentados en París, demuestran que ISIS pasó a una fase más profunda: no sólo repeler la presencia de occidente en Medio Oriente, sino llevar el terror a su territorio. Tal como sucediera después del 11-S, Francia respondió de manera contundente: prometió ser "implacable" y llevar a cabo, una vez más, una "guerra en contra del terror". ¿Qué significarán tales anuncios?

La victoria estadounidense sobre Afganistán fue rápida y también esporádica, sin embargo, después de más de una década, los Talibán retomaron el control de ciertas regiones del país. Un ataque y nueva ocupación occidental en Irak y Siria, movida únicamente por la reacción sin pensar en el día después, podría significar un paso más hacia una profundización del conflicto.
La desmesurada reacción posterior a los atentados del 11-S engendró a ISIS. Una acción irreflexiva posterior a los atentados de París porta el riesgo de desatar la irrupción de una amenaza, quizás, más destructiva que la de quien se pretende eliminar.

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