Shimon Peres, el recientemente desaparecido líder israelí, decía que "Israel produjo creatividad no en proporción a su tamaño, sino al de los peligros que enfrentaba". Un pequeño país de ocho millones de habitantes, puesto hoy a la vanguardia del avance tecnológico mundial, representa una manifestación del valor de la necesidad como incentivo para la inventiva humana y del protagonismo que pueden adquirir las estructuras militares, y por ende también el Estado, en el desarrollo de las nuevas tecnologías surgidas de la investigación para la defensa, aplicadas luego a la actividad productiva y al mundo civil. Esto explica el hecho de que, en menos de setenta años, un país surgido en medio del desierto tenga ya un ingreso por habitante superior al de España y avance hacia ocupar un lugar cualitativamente preeminente en el escenario militar mundial.
Eric Schmidt, titular de Google, se jacta de que Estados Unidos es el mejor lugar del mundo para los emprendedores, pero estima que "después de Estados Unidos, el mejor es Israel". Steve Ballmer, ex presidente de Microsoft, dice que la compañía es tan israelí como estadounidense", por el aporte de los científicos y las pequeñas firmas israelíes al éxito de la empresa. Gary Shainberg, de British Telecom, señala que "hay más ideas innovadoras en Israel que en Silicon Valley".
Con una "start-up" (pequeña empresa de alta tecnología) cada 1.800 habitantes, Israel tiene la mayor concentración de innovación e iniciativa empresaria del mundo. Tel Aviv es el segundo lugar con más start-ups del mundo, después de Silicon Valley. Es también el tercer país, detrás de Estados Unidos y China, con más empresas que cotizan en el Nasdaq, el índice de las compañías tecnológicas de Wall Street.
La economía israelí atrae, de lejos, el porcentaje más elevado de inversión de riesgo por habitante a nivel global. Más de la mitad de la inversión israelí en alta tecnología es de origen extranjero, principalmente norteamericano. Los gigantes tecnológicos estadounidenses se especializan en adquirir pequeñas firmas israelíes. Dos tercios de las exportaciones israelíes corresponden a productos de alta tecnología, particularmente comunicaciones. Todas las grandes compañías de telecomunicaciones de China tienen hoy equipamiento y software israelí.
Israel siempre se enorgulleció de desarrollar una economía basada en la ciencia. En 1918, treinta años antes de la fundación del Estado de Israel, los colonos judíos fundaron la Universidad Hebrea de Jerusalén. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el 45% de los israelíes tienen educación universitaria, una cifra que está entre las más altas del mundo. Pero el surgimiento de la alta tecnología se vio incentivado en la década del 90 por la llegada de 750.000 inmigrantes de la Unión Soviética, que con sus conocimientos en ciencia pura y de ingeniería suministraron a esta nueva industria una excepcional y talentosa fuerza de trabajo.
En su clásico libro “Start up Nation: la historia del milagro económico israelí”, Dan Senor y Saul Singer destacan el aporte decisivo de las Fuerzas Armadas a esa destreza tecnológica: “mientras que la mayoría de los emprendedores israelíes han recibido una gran influencia de su paso por las Fuerzas de Defensa, es raro encontrar a alguien con experiencia militar en Silicon Valley o en lo alto del escalafón de las empresas estadounidenses”.
Israel es el paradigma de “una nación en armas”. Es el único país que en su historia no ha conocido un día de paz. En ninguna otra parte las Fuerzas Armadas están tan integradas con el mundo civil. Hombres y mujeres hacen de dos a tres años de servicio militar. La mayor parte de los israelíes menores de 45 años pasan un mes al año cumpliendo sus deberes como reservistas. Los vínculos que se establecen en el Ejército conforman una amplia red de interconexiones que tiene una enorme influencia en la vida empresaria y laboral.
La Unidad 8200, un grupo clandestino de las Fuerzas de Defensa israelíes, en el que revistan unos 5.000 efectivos de altísima capacitación científica, no es sólo un escuadrón especializado en espionaje y ciberseguridad, sino una de las mejores escuelas de emprendimientos del mundo entero, que genera cientos de nuevas empresas tecnológicas, cuyas innovaciones revolucionan los sistemas de seguridad y la estrategia militar e impactan en el sistema productivo.
El gobierno israelí desarrolla en Beerseba, una ciudad de 200.000 habitantes, situada en el desierto de Neguev, a 105 kilómetros de Tel Aviv, un proyecto tecnológico, orientado a transformar a esa pequeña urbe en la capital mundial de la ciberseguridad, una rama de la tecnología informática destinada a modificar de raíz el arte de la guerra en el siglo XXI.
El estudio “2015 Informe Global de Tecnología de Mercados Emergentes” ya galardonó a Beerseba como una de las siete principales ciudades de alta tecnología. Las grandes compañías multinacionales de este rubro y los fondos de inversión focalizan su mirada en el “milagro Beerseba”. Todo indica que en los próximos años, habrá un “boom” de inversiones. El Ministerio de Defensa israelí reconoce que este proyecto busca crear una comunidad tecnológica capaz de atraer también a los militares que finalizan su carrera. “La necesidad es la madre de la invención. Y en Israel tenemos una necesidad de defendernos”, explica Drow Liwer, un ex oficial del Ejército y fundador de Coronel, una start up de alta tecnología. Agrega: “en Israel somos ocho millones de personas y estamos rodeados de 200 millones de posibles enemigos”. Como no podemos ganar usando la fuerza, debemos usar la tecnología”.
En su novela “Vector de amenaza”, editada en 2013, el novelista estadounidense Tom Clamcy, quien en 1994 había publicado “Deuda de honor”, donde anticipaba con asombrosa precisión un atentado terrorista semejante al de las Torres Gemelas en Nueva York, aunque perpetrado contra el edificio del Capitolio en Washington, narra un ataque cibernético en que “hackers” chinos penetran en el sistema informático del Pentágono y hacen que aviones estadounidenses no tripulados bombardeen sus propias bases. Esta especialización en la ciberguerra coloca a Israel en un lugar de pri vilegio sólo comparable al de China y Estados Unidos.

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