El cese de fuego establecido en Siria entre el gobierno de Bashar Al Assad y los grupos rebeldes apoyados por los países occidentales, que permite a ambas partes concentrar esfuerzos en la lucha contra el ISIS, constituye un punto de inflexión en Medio Oriente y cierra el ciclo iniciado hace cinco años con la "primavera árabe", que en enero 2011 detonó la caída del presidente de Túnez, Ben Ali, desató una cadena de sublevaciones contra los regímenes autoritarios del mundo árabe, que abatió a los gobiernos de Hosni Mubarak en Egipto y de Muamar el Gadafi en Libia, y terminó generando un vacío de poder que alentó el auge del fundamentalismo islámico y la vigorosa irrupción del Califato.
La aparición de ISIS es una consecuencia directa de la guerra civil en Siria. Cuando el régimen de Damasco se vio acosado por una pujante rebelión popular, las fuerzas opositoras, originariamente alentadas por Occidente, fueron rebasadas en el terreno por una oleada fundamentalista que capitalizó la furia de la mayoría de la población, adscripta a la rama sunita del Islam, contra el predominio de la minoría alauita, una secta musulmana afín a los chiítas iraníes que controla el gobernante Partido Baath y mantiene un matrimonio de conveniencia con las otras minorías religiosas, entre ellas la comunidad cristiana, siempre temerosa de la expansión del extremismo islámico.
Una de las primeras iniciativas internacionales del papa Francisco, en septiembre de 2013, apenas meses después de su elección, fue precisamente un dramático llamamiento a los mandatarios del G-20 para impedir una invasión a Siria.
El Vaticano consideraba que la intervención militar, que en ese momento hubiera implicado el derrocamiento de Al Assad, podía inaugurar un ciclo de anarquía similar al instaurado en Irak tras la caída de Sadam Hussein y en Libia después de Gadafi, que solo podría ser capitalizado por los grupos extremistas del Islam.
Aquel llamado del Papa fue rápidamente recogido por el presidente ruso Vladimir Putin, un viejo aliado de Al Assad, quien acordó con Barack Obama un "statu quo" que, en los hechos, implicó la supervivencia del régimen de Damasco y una morigeración de la confrontación con las milicias rebeldes pro-
occidentales. La intención, compartida por la Santa Sede, Washington y Moscú, era contener el avance de los grupos fundamentalistas que en junio de 2014 proclamaron el Califato y ocuparon un vasto territorio de Siria e Irak.
A partir de entonces, Siria fue un campo de batalla en el que pugnaban tres bandos: Al Assad, los rebeldes pro-occidentales y el ISIS. En esa peculiar "guerra de a tres", dos de esos contendientes (el Gobierno sirio y la llamada "oposición democrática") fijaron como prioridad estratégica la lucha contra el ISIS, pero no dejaron de confrontar permanentemente entre sí por la delimitación de sus respectivos espacios territoriales.
Para mayor complicación en este laberinto político, la "oposición democrática" cerró un acuerdo con la filial local de Al Qaeda, enfrentada con ISIS. La dinámica de la guerra llevó a una creciente polarización del conflicto entre el gobierno sirio, auxiliado por Rusia e Irán, y el ISIS. Los grupos pro-occidentales fueron perdiendo relevancia para Estados Unidos y sus aliados. Ese debilitamiento hizo que dejaran de representar un peligro para la subsistencia de Al Assad. De allí que el cese del fuego, que coincide con la profundización de la ofensiva militar que la coalición internacional desarrolla contra las posiciones del ISIS, represente un triunfo para el régimen de Damasco, que ahora siente garantizada su supervivencia.

China entra en escena

Este vuelco de la situación hace que Siria fortalezca su sistema de alianzas con Irán y Rusia, mientras Estados Unidos y sus aliados europeos tienden a perder gravitación política en la región. Pero la novedad más reciente en ese cambiante escenario geopolítico es la irrupción de Beijing, materializada en un primer acuerdo bilateral suscripto durante la visita a Damasco del almirante Guan Yufei, jefe del flamante Departamento de Cooperación Militar Internacional de las Fuerzas Armadas chinas, cuya creación representó un giro histórico en la estrategia militar del gigantesco coloso oriental, tradicionalmente concentrada en el teatro de operaciones del Asia Pacífico.
La presencia china es una novedad sobresaliente en la historia del conflicto de Medio Oriente. El involucramiento se explica en la natural preocupación de Beijing por los probados vínculos entre el ISIS y una corriente separatista de los uigures, una etnia de religión musulmana que habita en la provincia de Xinjiang. Pero sus potenciales derivaciones van mucho más allá. La sola hipótesis de un eje Damasco-Teherán-Moscú-Beijing, unida a un retiro norteamericano de Medio Oriente, inquieta sobremanera a Israel, que por primera vez en mucho tiempo percibe un riesgo cierto para su supervivencia.
En Tel Aviv nadie oculta ya que la subsistencia del ISIS representa una ayuda inestimable para Israel, al distraer el esfuerzo bélico de sus enemigos. No hay ningún indicio de cooperación israelí con la coalición internacional que opera contra el Califato. A la recíproca, las incendiarias proclamas de ISIS tampoco hacen foco en la lucha contra Israel. Estos datos otorgan mayor significación al hecho de que las células de ISIS en Occidente, cuyo salvajismo indiscriminado está fuera de discusión, eludan escoger blancos judíos para sus atentados terroristas.
No puede llamar entonces la atención que el cese de fuego entre Al Assad y los rebeldes pro-occidentales, haya sido inmediatamente acompañado por la reanudación de los bombardeos de la aviación israelí en territorio sirio. Las Fuerzas Armadas sirias, aliviadas por el armisticio concertado con la "oposición democrática", aprecian que su ofensiva contra el Califato es obstruida en su retaguardia por la acción de Israel. Aunque parezca extraño a los observadores ajenos a la región, este giro tiene su propia lógica: la opinión predominante en Tel Aviv es que la destrucción militar de ISIS reabriría las hostilidades en la frontera sirio-israelí. Cobra vigencia el axioma de que "los enemigos de mis enemigos son mis amigos".

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