Doña Pascuala Domínguez y su hija Martina regresaron a los pagos de Tilcara una vez que las tropas criollas recuperaron estas tierras para la patria naciente, empezó a leernos de la Fuente Vitrales, y allí vivieron a la espera de que don Gualberto Domínguez regresara, pero era como si se lo hubiera tragado la guerra.
Junto al río Huasamayo levantaron el rancho sobre el carbón que había quedado del anterior, quemado en el éxodo, y al tiempo que las majadas volvían a gustar de la pastura en que se habían criado, rehicieron la chacra y rearmaron las pircas, y la Martina iba creciendo y de cuando en cuando les llegaban noticias, que algunos habían visto al Gualberto aquí, otros allá, pero no había regresado con las tropas.
Son así de cruentos los tiempos de la guerra, nos leyó de la Fuente Vitrales de aquel libro, cuando parece ser que alguien dijo algo de un soldado que había perdido una pierna y que había quedado cerca de Tupiza, y las descripciones de ese soldado se parecían demasiado a los recuerdos del Gualberto. Sumada la noticia al deseo de encontrarlo, hizo que doña Pascuala alzara a la niña, dejara las majadas y la chacra al cuidado de una vecina, y emprendiera el camino de la puna.
Las cabalgaduras, en esos años de la independencia, se dejaban para la tropa, así que la niña Martina y doña Pascuala debieron andar y anduvieron los pesados soles del desierto y sus fríos nocturnos, y sus vientos y sus soledades, durmiendo por compasión en algún rancho, alguna vez en alguna capilla, tantas veces emponchadas bajo las mismas estrellas.
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