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Laberintos humanos. Sueños y tortillas.

Pero se salía de la vaina por contarnos las pesadillas de su esposo, así que nos invitó a su casa y, mientras freía tortillas prometedoras nos contó que desde que nos casamos, y de eso hace mucho tiempo, mi marido sabe hacer asados los domingos, cosa que al principio me parecía una buena costumbre.

A veces invitaba a familiares, otras a amigos o a compañeros del trabajo, lo cierto es que se echaba a dormir a media digestión y, nomás cerrar los ojos, empezaba con las pesadillas, cosa que podría ser asunto suyo, de no ser porque los horrores de sus sueños se le deslizan por la almohada y cobran vida.

Así es que se ve corretearpor las calles, con la mañana, a los seres más atroces, monstruos que lo atormentan hasta que salen, y entonces se lo ve sonreír plácido ya, pero más les vale no cruzarse con ellos. Yo, nos dijo la mujer mientras llenaba nuestras tazas de mate cocido, espero a que se alejen antes de salir de la cama, pero hay veces que los veo desde la ventana.

Y cuando lo decía, por la puerta de la habitación apareció quien debía ser su marido, se sentó junto a nosotros sin que, desde que se hiciera presente, ni él ni su esposa volvieran a hablar del tema de sus pesadillasfugitivas, por lo que terminamos por ponernos de pie, despedirnos educadamente y partir.

Ya en la calle, Armando me dijo que acaso ella también fuera una pesadilla del que, decía, era su marido, pero quien lo sabe, aseguró mientras coronaba sus palabras con un bostezo largo. Fue entonces que escuchamos el chistido desde las chacras.

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