por Ricardo Dubín

 

 

 

El padre Heriberto terminaba de decirnos que pocas de las cosas que suceden son explicables, cuando Armando le hizo un gesto para que callara. Y cuando hizo silencio, sentimos los pasos de una multitud que corría, quien sabe desde donde porque sólo atronaba el murmullo sin que pudiéramos ver a nadie.

¿Qué es lo que sucede?, volvió a insistir Armando, pero ya el sol daba pleno sobre la calle, y el trino de los pájaros, agradeciendo el día, alivió la tensión. Mañana capaz que vuelva, dijo el padre Heriberto, porque estas cosas suceden en el intersticio que hay entre las tinieblas y el alba.

Y mientras lo decía, el sol se despegaba de la cresta de los cerros tiñendo a Tilcara con la tranquilidad que le pertenece. Así llegamos a la plaza, frente al frente de la iglesia, donde el padre Heriberto se sentó sonriente, encendió un cigarrillo y se evaporó en el humo como si fuera lo más normal del mundo.

En tanto que su cuerpo desaparecía entre la luz y el humo, le escuchamos decir que apenas si regresa cuando las cosas se ponen raras, después es mejor que me vaya, dijo y su voz se fue al mismo ritmo en el que dejábamos de verlo. Armando, entonces, me tomó del brazo para confesarme que él creía que esas cosas sólo pasaban en los cuentos.

Hay lugares donde suceden cosas que no deben suceder, me dijo, como trozos deshilachados de la tela de la realidad, pero debo confesarle que no por ello deja de ser algo raro. Y aunque no sea algo tan extraño, vimos que en otro de los bancos de la plaza había una moza sollozando. 

 

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Debe iniciar sesión para comentar

Importante ahora

cargando...