El Príncipe me dijo que ya no sería yo quien contara los secretos de la corte en mi programa de televisión, porque se encargaría él mismo de hacerlo, así que volví a quedarme sin trabajo, nos contó el vendedor de cuentos importados,  Eulelio Vázquez Bisagra. Así fue que volvió a la calle.

Yo sólo sabía contar cuentos, nos dijo, pero la gente prefería escucharlos en la tele de boca del mismo Príncipe, así que tuve que pensar en otras cosas. Entonces supe de sus Laberintos, Dubin, y como escuché decir que en su país se habían abierto las importaciones, me dije que era mejor viajar para vender mis cuentos.

Ya sé qué hace varios días usted viene publicando mis memorias en el Tribuno pero, como le dije, este primero es gratis. De ahora en más, si quiere cuentos baratos, va a tener que pagar por ellos. Todos tenemos que vivir de algo, nos dijo Eulelio Vázquez Bisagra extendiendo la mano para que le pagara por sus promesas.

Pero recordarán que me había dicho doña Aurelia, la curandera, que lo mío no era tanto una vocación de cuentacuentos sino una dolencia que me obligaba a escribir intempestivamente, así que no creí necesario pagarle porque de todos modos mi destino era de seguir contándoles cuentos cada mañana, querido lector, más allá de las circunstancias.

Nos pusimos de pie con Armando, el dimos la mano a ese tal Eulelio, y nos fuimos escuchándolo decir a nuestras espaldas que poco iba a durar nuestra industria nacional de relatos, porque ya todos preferían los cuentos importados, que además eran más baratos. 

 

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