Keynes, las trampas y los tramposos

Eduardo Antonelli

Keynes, las trampas y los tramposos

Keynes señalaba que, en determinadas circunstancias, la tasa de interés podía estar en un nivel tan bajo que ya no podía descender más, lo que haría imposible utilizarla como forma de alentar más actividad económica. A esa restricción, Keynes la llamaba "trampa de la liquidez", y creía que la política monetaria por sí sola no podría remontar la severa depresión traducida en que las familias no consumían por falta de confianza y las empresas no invertían por la misma falta de confianza y por la parálisis en el consumo. La solución entonces para Keynes consistía en incrementar el gasto público para que éste ocupe el papel que el consumo y la inversión se negaban a cumplir.
Los economistas y los gobiernos, educados en la tradición clásica que prescribía la abstención del gobierno de toda intervención en la economía, veían con reluctancia las ideas de Keynes, pero el rearme alemán primero, y el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial luego, terminaron de convencer a todos de que el mayor gasto público había conseguido restablecer el pleno empleo. Por supuesto, este resultado a la vez que contribuyó a fortalecer el prestigio intelectual de Keynes, llevó al mundo de postguerra a un formidable crecimiento económico con bajas tasas de desempleo e inflación, por años.
Aunque Keynes proponía la expansión del gasto público en circunstancias excepcionales no consideraba que el papel del Estado fuera el de expandirlo indefinidamente. Por el contrario, Keynes sostenía que "el Estado no está para hacer la tarea del mercado, sino la que nadie hace", vale decir, anticipar la demanda de energía, infraestructura, educación, etc.
Keynes creía que el ciclo violento podía evitarse, manteniendo un control indirecto sobre la inversión de modo que no se presenten cuellos de botella, pero tampoco excesos en la producción de bienes de capital. Sin embargo, eso no es lo que llevaron adelante las burocracias en muchas economías occidentales, particularmente en Europa e incluso EEUU, las que se crearon al socaire de una muy especial interpretación de las propuestas de Keynes, considerando que el Estado debía expandirse indefinidamente, lo que condujo a una creciente participación del gasto público en el PBI, la aparición de presiones inflacionarias, y una pérdida de productividad y de incentivos laborales, junto a una fuerte caída en la tasa de crecimiento y un aumento en la tasa de desempleo.
La trampa de la fiscalidad
La interpretación ingenua del keynesianismo consiste en identificar cualquier aumento del desempleo con la necesidad de incrementar asimismo el gasto público como forma de paliarlo y, efectivamente, ése era el enfoque que primaba en los así llamados keynesianos vinculados al agigantamiento de las burocracias estatales.
Sin embargo, una cosa es acrecentar el gasto público cuando éste representa no más del 10% del PBI, como acontecía cuando Keynes escribía la Teoría General, a la vez que el sector privado se mantenía expectante sin atreverse a alterar su propia inversión, y otra muy distinta pretender elevar aún más un gasto que está cercano al 50% del PBI, con sectores privados que no solamente no están apocados, sino que compiten junto al Estado por el crédito, y en todo caso están atemorizados por una inflación creciente y una presencia estatal ominosa.
Por lo tanto, cuando se llega a un nivel excesivo del gasto en proporción al PBI, se presenta un fenómeno similar al de la Trampa de la Liquidez, pero del lado fiscal, fenómeno que podría denominarse Trampa de la Fiscalidad, originada en la imposibilidad de incrementar aún más el gasto público porque, al no producir el gobierno bienes privados, pero sí competir con el consumo y la inversión por estos mismos bienes, la disputa se zanja con subas de precios, o sea, inflación.
Lo que se considera como política económica keynesiana tradicional de incremento en el gasto público solo es válida en condiciones especiales en las que hay aguda parálisis económica, alto desempleo y margen para que el gasto aumente porque su relación con el PBI es reducida.
Corresponde proponer algunas alternativas que podrían llevar adelante los gobiernos para alentar el crecimiento de las economías bajo estas limitaciones, la Argentina en especial.
Inversión pública y privada
"La inversión pública depende de la decisión de invertir y de la disponibilidad de financiamiento".
Cuando se habla del techo que ha alcanzado el gasto público, se da por sobreentendido que este techo hace referencia al gasto corriente, y específicamente al gasto en personal. Sin embargo, no existe en principio un corsé para la inversión pública porque, a diferencia del aumento en el gasto en personal que significa que más personas se abalanzan a comprar los mismos bienes y servicios en el caso de la inversión pública, la misma aumenta el capital físico de la economía -escuelas, hospitales, viviendas, vías férreas, caminos, energía- y este mayor capital equivale a una mayor capacidad instalada que permite producir más bienes y servicios.
Claramente, el aumento en la inversión pública depende, igual que la privada, por un lado, de la decisión de invertir, y por el otro, de la disponibilidad de financiamiento. La Argentina, aunque tiene saturado su gasto corriente, no tiene, en principio, restricciones para endeudarse, sobre todo si es para obras de infraestructura, al no ser la relación deuda/PBI muy alta; la restricción en todo caso pasa por el costo de financiamiento. Obviamente, en el caso de la toma de decisiones, ésta es en principio, sencilla, porque depende de la voluntad del gobierno.
Con respecto a la inversión privada, la cuestión es distinta, porque, ante similares escenarios de financiamiento, el primer punto, la toma de decisiones, no depende del gobierno sino de un conglomerado de empresarios nacionales y extranjeros, y ambos basan estas decisiones de inversión en sus animal spirits, que están condicionados, entre otras cosas, por los escenarios amigables para la inversión, o sea, la toma de distancia del "combate al capital", las leyes de abastecimiento, la ley antidespidos, los precios máximos, etc.

El consumo y el comercio exterior

El consumo depende del ingreso disponible de las personas, vale decir, de los ingresos netos de impuestos. Por lo tanto, en principio, el consumo no puede, al menos no estructuralmente, sostener una estrategia de crecimiento de largo plazo, porque no puede aumentar antes que lo haga el ingreso, y de lo que se trata precisamente es de que el ingreso crezca sostenidamente.
Claramente, en tanto aumenten los márgenes de ganancia o los salarios reales, el consumo puede circunstancialmente incrementarse, pero un aumento en los márgenes se asocia con posiciones de tipo monopólico, que no son, como se decía, estructuralmente funcionales, ni estables: los monopolios no son deseables y la competencia los hace desaparecer. En cuanto a los salarios reales, cuando éstos pueden aumentar -porque hay un crecimiento de la productividad, o hay un escenario de apertura de la economía que reduce el poder monopólico de las empresas- estos aumentos pueden liderar inicialmente incrementos en el consumo, pero obviamente no por demasiado tiempo. Queda la alternativa de reducir los impuestos, pero hay que ser cuidadosos de que esto no represente un aumento de la desigualdad, a la vez que si se libera de impuestos a los sectores de más altos ingresos, es más probable que éstos aumenten su ahorro y no el consumo. En resumen, el consumo es un instrumento de 'patas cortas' para una estrategia de crecimiento sostenido.
Queda entonces el comercio exterior como una muy buena, y abandonada hace muchos años por la Argentina, estrategia para el crecimiento. El aliento al comercio exterior no debe entenderse como un esfuerzo sesgado para incrementar las exportaciones solamente. Por el contrario, el comercio exterior se nutre también de las importaciones, que deben ser despojadas de todas las absurdas cortapisas que una y otra vez se le han impuesto, no limitando la eliminación de las restricciones a las de insumos y equipos, sino que deben incluirse también aquellas al consumo. Por otra parte, no debe temerse que la liberación del comercio exterior genere desequilibrios en la balanza de pagos -más allá de situaciones coyunturales- porque hay que tener presente que las economías domésticas importan conforme su ingreso disponible, pero el mundo compra también conforme el suyo, que -salvo que las exportaciones se limiten a Uganda, Angola y otros países diminutos- previsiblemente es mayor que el de la propia economía.

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