Parecería evidente que la apertura de la economía, vale decir, la liberación del comercio exterior a través de la eliminación de las prohibiciones para importar, traería aparejado un mayor desempleo, a la vez que las mejoras tecnológicas, o sea, la incorporación de maquinaria que hace más y mejor las tareas con la misma cantidad de trabajadores, también incidiría negativamente en el empleo. En pocas palabras, si la economía incorpora más importaciones, éstas sustituirán producción nacional y en consecuencia se ocuparán menos personas; análogamente, si se incorporan nuevas maquinarias que son más productivas que las anteriores, se emplearán asimismo menos personas en la economía.

Lo que dice la evidencia
¿Son así, efectivamente, las cosas? Esto es, ¿realmente la apertura de la economía y las mejoras tecnológicas generan más desempleo? Quien esto escribe estaba convencido de que así era, por lo que llevó a cabo una prueba consistente en tomar datos de un número importante de países a lo largo de varios años, relacionando la apertura con el desempleo (las pruebas para el impacto del progreso técnico resultan más difíciles).
Para su sorpresa, sin embargo, encontró que lejos de demostrarse que a mayor apertura de la economía mayor desempleo también, no había ninguna asociación entre ambos conceptos, y en todo caso, la asociación se daba en el sentido contrario: la apertura, a la larga, generaba más y no menos empleo.
¿Podrían la apertura y las mejoras técnicas incrementar el empleo?
Aparentemente, sería evidente, conforme lo recientemente señalado, que la apertura y el progreso técnico no generan desempleo.
¿Cuál sería entonces la razón de esta aparente paradoja? Con respecto a la apertura, la explicación no es demasiado complicada. Una economía más abierta es aquella que está dispuesta a importar bienes y servicios de otras economías sin imponer cortapisas, lo que le permite adquirir insumos y equipos para su actividad productiva de mejor calidad y a costos menores, posibilitándole, por lo tanto, ofrecer más y mejores bienes dentro de la economía; pero, al mismo tiempo, esta economía tiene "créditos" con el resto del mundo, porque si está dispuesta a importar, tiene derecho a reclamar trato igualitario, vale decir, que se le abran los mercados a sus exportaciones. Consecuentemente, la población dispondrá de una oferta más competitiva internamente, mejorando el poder adquisitivo de la población, a la vez que, al exportar más, creará más empleos. Adicionalmente, a los efectos benéficos de la apertura ya mencionados, se añade que la producción doméstica se verá modernizada por un mayor y mejor equipamiento y estará entonces en mejores condiciones de enfrentar la competencia externa, e incluso, de incrementar sus exportaciones.
El progreso técnico
¿Y qué ocurre con el progreso técnico? Como se decía, la intuición nos sugiere que una máquina más productiva implica que puede producirse más con la misma cantidad de trabajadores, o lo mismo, ocupando menos empleo. ¿Dónde estaría entonces la ventaja, en términos de ocupación, de la incorporación de más y mejores máquinas?
Aunque quien esto escribe no realizó pruebas directas de la relación entre las mejoras tecnológicas y la desocupación, no hace falta mucho esfuerzo para advertir que las economías con mayores avances tecnológicos -EEUU, Japón, Alemania, Reino Unido- son también las que ostentan menores tasas de desempleo. Queda entonces demostrado que la tecnología no potencia la desocupación.
¿Pero, cómo se explica esto? La clave está en advertir que cuando se incorporan nuevas maquinarias, la atención no debe dirigirse a los trabajadores que inicial y ocasionalmente puedan quedar desempleados, sino en las mejoras, tanto internas -en las empresas que han efectuado los cambios- como del resto de la economía, que trae aparejado el nuevo proceso de producción. En efecto, las empresas adquirentes de estas nuevas alternativas ofrecerán más y mejor producción y muy probablemente a precios más reducidos, lo que beneficia a los compradores. Sin embargo, no menos importante es que el resto de la economía también se beneficia -se hace "más eficiente"- con este avance, porque se cuenta con mejores productos, probablemente más accesibles, funcionales, etc. lo que contribuye al incremento de la productividad, no sólo de las propias maquinarias, de los trabajadores que las utilizan y de las empresas que las incorporan, sino de toda la economía. Por ejemplo, cuando aparecieron en las economías las tarjetas de débito y crédito, probablemente podría haberse registrado un aumento inicial en la desocupación entre los empleados bancarios.
Sin embargo, esta nueva "ingeniería" posibilitó un importante crecimiento de las ventas al acceder muchas personas a facilidades crediticias que facilita de manera más directa y simple. En resumen, el avance de la tecnología y la interconexión de las economías, no solo es inevitable, sino también altamente beneficioso, por lo que lo mejor que puede hacer la Argentina es sumarse a esa corriente, y si falta alguna prueba adicional a favor de este punto de vista, baste observar que la misma tarea, efectuada en economías con diferentes niveles de productividad, proporciona diferentes ingresos -pese a la consigna de "a igual trabajo, igual remuneración"- como se aprecia en el famoso ejemplo del pago que recibe un lavacopas en EEUU, y en Salta, dicho por supuesto con el mayor respeto a los lavacopas de todo el mundo y su inesti mable trabajo.

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