Viajar no siempre es placentero. Desde H. G. Wells y probablemente antes, pasando por incontables libros y series de ciencia ficción e incluso actuales documentales científicos, el tema de los viajes en el tiempo ha atrapado la imaginación de los autores, lectores y visualizadores de material televisivo y fílmico.
El punto es que, sin perjuicio de algunas concesiones de la física, como el desplazamiento a diferentes velocidades de unas personas respecto a otras, como sería el caso de un astronauta que viajara a Marte y regresara luego a la Tierra, en cuyo caso la dilatación del tiempo que regiría para el astronauta haría que para él el tiempo haya fluido más lentamente y regrese más joven que su hermano gemelo, en otros escenarios no es posible para uno mismo trasladarse al pasado, por ejemplo, porque existiría el peligro de trenzarse en una fatal pelea con quien habría sido nuestro padre y enfrentaríamos el absurdo de que no habríamos podido existir.
Tampoco los viajes al futuro son recomendables, porque, por un lado, el devenir, como los caminos de Machado, se hacen en el andar cotidiano, esto es, el futuro no está predeterminado, más allá de que así lo sostengan los futurólogos, cuyas "hojas de ruta" no nos servirían para el viaje porque son lo suficientemente ambiguas como para ser de escasa o nula ayuda.
Además, en el caso de los argentinos, probablemente pocos nos animaríamos a viajar al futuro, al menos dentro de la Argentina, porque no es muy seguro con qué país nos encontraríamos.

¿Prohibiciones u oportunidades?

La Economía, a todo esto, también tiene algo que decir respecto a los viajes en el tiempo.
Si fueran posibles, surgiría un nuevo negocio que ninguna de las tantas "bicicletas" que hemos inventado sería capaz de superar: comprar dólares antes de que se devalúen y venderlos inmediatamente después.
Por supuesto, la clave es comprarlos en alguna fecha remota oportuna para hacer lo más grande posible la diferencia en el presente, y en todo caso la dificultad estaría en conseguir los australes, pesos argentinos, pesos ley 18.188 y demás inventos monetarios oportunamente colapsados, pero aun así, los viejos y nobles "Roca", si no se presta demasiada atención a las series, todavía servirían para las vísperas de la "supermega" devaluación de 2002 que cuadruplicó el valor del dólar.
Por supuesto, en tal caso sorprendería ver aparecer extraños personajes, previamente desaparecidos durante los días del especial "viaje", que dispondrían de importantes fortunas que les sería difícil explicar, aunque esto sin duda no les acarrearía especiales complicaciones ya que otros viajeros, en este caso trasladándose recurrentemente en el prosaico "espacio" con valijas de diverso peso aunque igual contenido, no fueron, al menos hasta hace poco, molestados en ningún momento.

Sin embargo

Al margen de las imposibilidades de estos “traslados”, en Economía existe, no obstante, una conexión entre el futuro y el presente que está dada porque las economías, si pretenden elevar el ritmo de su crecimiento, necesariamente deben pedir prestado al futuro los recursos necesarios para ello.
En efecto, las explicaciones tradicionales sostienen que la inversión se financia con el ahorro corriente, pero en este caso es claro que nuevas inversiones no podrían contar con los recursos necesarios porque el mayor ahorro todavía no se ha creado.
Peor aún, las economías subdesarrolladas no podrían alcanzar nunca a las de mayor desarrollo porque su crecimiento estaría acotado, entre otras cosas, por su tasa de ahorro, y aunque hicieran un extraordinario esfuerzo para elevarla, el crecimiento sólo se produciría de una sola vez y se estabilizaría. Adicionalmente, los modelos de crecimiento plantean que la tecnología, además de la tasa de ahorro junto a la innovación y desarrollo principalmente, posibilita un mayor empuje a las economías.
Sin duda, todos estos componentes son importantes para que las economías crezcan a tasas más vigorosas, aunque cabe preguntarse hasta qué punto el subdesarrollo puede generar mejoras tecnológicas o innovaciones de vanguardia.

La hora de arremangarse

Sin embargo, los planteos tradicionales no ponen el énfasis en un componente fundamental para elevar la tasa de crecimiento, que son las decisiones de invertir de los empresarios, que requieren, fundamentalmente, de un marco institucional adecuado, estable y previsible, ya que las inversiones necesitan tiempo para traducirse en más bienes y servicios y nadie hundiría recursos en cuyo ínterin, hasta su concreción, los vaivenes institucionales pudieran modificar las reglas de juego establecidas previamente.
Las inversiones, por su parte, en especial cuando son cuantiosas, no pueden financiarse solamente con el ahorro interno, y allí es donde el futuro se hace presente para aportar los fondos complementarios. Este futuro está representado por la confianza de que los fondos aportados, sea por los bancos a través de créditos a su vez adelantados por la entidad emisora, por el crédito internacional o por el público interno que compra nuevas acciones emitidas por las empresas inversoras, serán debida y oportunamente devueltos. Consecuentemente, cuando una economía cambia arbitraria y unilateralmente las reglas de juego, está traicionando la confianza depositada en ella y, lo que es aún peor, está traicionando su propio futuro.
¿Y los viajes al pasado, no son posibles en Economía? Sin perjuicio de los no factibles de las bicicletas financieras, hay otros que lamentablemente sí son posibles y que, en particular los argentinos, practicamos una y otra vez, condenándonos a repetir experiencias que siempre fracasaron pero que, como Sísifo, parece que estamos condenados -¿y complacidos, tal vez?- a repetir. Ojalá esta vez, esa Historia que con tanta morbosidad muchas veces insistimos en recorrer, nos permita detenernos en experiencias más recientes, pero no menos traumáticas, de gruesos errores en Economía que ya nadie comete y que deberíamos especialmente evitar para recuperar la calidad de vida que logramos tener -pero no conservar- en otras oportunidades.

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