La visita del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, constituye un gesto inequívoco de confianza hacia el nuevo gobierno argentino y la invitación para una nueva etapa en las relaciones internacionales. Estas jornadas serán una bisagra luego de tres lustros de rispideces.
Una alianza con ese país genera para nosotros la posibilidad de poner en marcha una estrategia de captación de inversiones productivas, que atraiga a los capitales, extranjeros y argentinos, que hoy son abundantes pero buscan destinos más seguros. La Argentina debe crear las condiciones jurídicas y políticas para producir más, exportar más y generar empleo genuino.
Si obramos con sentido nacional, podremos capitalizar la propuesta de Obama para desarrollar acciones conjuntas frente al narcotráfico, el terrorismo, la inseguridad y la pobreza.
Las relaciones con los Estados Unidos fueron complejas durante los doce años de kirchnerismo, pero particularmente conflictivas luego de la Cumbre de las Américas de 2005. Hoy se plantea la posibilidad de una normalización que facilitará el acceso al crédito y la inversión, y que podría derivar en un acuerdo de libre comercio.
Es impredecible el resultado de esta nueva etapa. Todo dependerá de que el país, no solo el gobierno del presidente Mauricio Macri, defina intereses nacionales y objetivos de Estado y obre en función de esas metas más allá de las coyunturas o los cambios de gobierno.
Argentina carece de políticas de Estado para sus relaciones exteriores. Quienes nos representan no siempre son profesionales de la diplomacia moderna y no tienen líneas claras. Los mismos mezquinos intereses políticos y la misma retórica ideológica que predominan en las relaciones internas aparecen en las externas.
La interacción con la principal potencia económica y militar, el país políticamente más influyente, siempre es difícil para el resto.
Los países se vinculan por objetivos y relaciones de fuerzas. Cuando se ponen en juego los intereses económicos, deben saber que cada cual buscará su rédito y que ninguno hará caridad; por lo tanto, necesitamos definir intereses comunes y beneficios en el largo plazo para ambas partes.
A nuestro país le resulta muy difícil planificar su propio futuro. La discontinuidad de las instituciones, tanto por la irrupción de regímenes militares como por la ineptitud de la dirigencia civil para acordar políticas públicas, nos convirtió en una nación desconcertante.
La fractura social y la postergación de amplios sectores de la población en América Latina favoreció el surgimiento de gobiernos populistas, que convirtieron a los espacios comunes, como el Mercosur, la Unasur y, en el aspecto técnico, la Cepal, en bloques políticos e ideológicos.
El fracaso es evidente.
Argentina tiene el derecho y el deber de vincularse con cualquier potencia, sin subordinarse a ninguna.
Durante la segunda mitad del Siglo XX, el poder mundial se desarrolló en forma bipolar. Estados Unidos se constituyó en líder de Occidente, mientras que Rusia encabezó el imperio denominado Unión Soviética. Hace un cuarto de siglo, Washington logró la implosión del sistema soviético, que fracasó por sus carencias económicas y tecnológicas. Luego de unos años de ilusiones sobre un nuevo orden mundial democrático, republicano y capitalista, hegemonizado por EEUU, la realidad muestra un planeta diferente, con muchos actores políticos.
El acercamiento de la Argentina con Estados Unidos puede facilitar el reingreso de nuestro país a los mercados mundiales, para aprovecharlos en nuestro beneficio. Es una perspectiva para que se resuelvan cuestiones claves: empleo genuino, competitividad y equilibrio fiscal.
El país necesita normalizar sus relaciones con el mundo y con Estados Unidos.
El encierro a que nos condujo la retórica antiimperialista nos llevó a una deuda pública cercana a los 300 mil millones de dólares, el mayor déficit de nuestra historia y el 30% de la población en la pobreza.
La apertura y el restablecimiento de nuestro vínculo con EEUU son imprescindibles, pero solo dará los resultados que esperamos si privilegiamos los objetivos nacionales.
Con políticas consensuadas, preservadas de los humores momentáneos, y con política exterior a cargo de una diplomacia profesional, el país podrá planificar un futuro promisorio.

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