Con la asunción Mauricio Macri, que implicó el fin de doce años de "kirchnerismo", signados por una estrategia de confrontación sistemática que no vaciló en impulsar el aislamiento internacional, la Argentina volvió a ser un punto de referencia obligado en una región convulsionada por la debacle del régimen venezolano de Nicolás Maduro y por la crisis desencadenada en Brasil con el avance del juicio político a Dilma Rousseff.
La presencia en Buenos Aires de Rousseff y de los presidentes de Uruguay, Tabaré Vázquez, de Chile, Michelle Bachelet, de Bolivia, Evo Morales, de Paraguay, Horacio Cartés, de Perú, Ollanta Humala, de Ecuador, Rafael Correa, y de Colombia, José Manuel Santos, generó un hecho singular: un encuentro protocolar de todos los mandatarios de América del Sur en el que el único ausente fue precisamente Maduro. El partido de fútbol que protagonizaron Macri y Morales en la cancha de Boca Juniors hizo aún más ostensible el aislamiento del régimen de Caracas.
No fue casual entonces que Maduro haya calificado a Macri como "un burgués de la élite" y pronosticado que "le va a ir muy mal", mientras que Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, cargo del que será desplazado por el resultado de las últimas elecciones legislativas, y virtual "número dos" del régimen venezolano, acusó a la flamante canciller argentina, Susana Malcorra, de ser "una agente de la CIA".
Macri había pateado el tablero con el anuncio de su intención de plantear en la próxima reunión de presidentes del Mercosur, que tendrá lugar el 21 de diciembre en Asunción, la aplicación de la "cláusula democrática", para excluir del organismo regional al gobierno venezolano. Rousseff le pidió que esa solicitud quedara supeditada a la actitud de Maduro frente a las elecciones legislativas, cuyo resultado había insinuado desconocer. Macri aceptó pero Caracas tomó nota de la salida de Cristina Kirchner implicaba la ruptura de una larga luna de miel.
Contra las cuerdas
Dirigentes de la oposición venezolana suponen que la presión diplomática internacional, en la que Macri desempeñó un rol preponderante, ayudó a que Maduro terminara por aceptar el veredicto de las urnas, aunque lo determinante haya sido la advertencia del Ministro de Defensa, general Vladimir Padrino López, quien hizo saber que las Fuerzas Armadas no convalidarían ni un intento de fraude ni ninguna violación de las disposiciones constitucionales.
El resultado de los comicios legislativos empujó a Maduro al borde del precipicio. La coalición opositora arañó los dos tercios de la Asamblea Legislativa. Esa mayoría calificada le otorga un enorme poder y hasta la coloca en condiciones de impulsar desde una amnistía para los presos políticos hasta la remoción de magistrados judiciales o hasta la convocatoria de un "referéndum revocatorio", una institución introducida por Hugo Chávez en la "constitución bolivariana", cuyo empleo podría culminar con la destitución presidencial.
La oposición está tironeada entre su ala moderada, encabezada por Henrique Capriles, quien en 2013 perdió por escasa diferencia la elección presidencial, y la corriente radicalizada, liderada por Leopoldo López, condenado a trece años de prisión por su protagonismo en la oleada de protestas callejeras de febrero de 2014. Capriles recomienda la estrategia del "paso a paso". López prefiere apresurar el recambio presidencial.
Pero la dimensión de la derrota electoral del oficialismo también generó un inédito debate dentro del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), donde emergen críticas contra Maduro y surgen voces que plantean una rectificación en el rumbo gubernamental, que incluya la adopción de medidas combate contra la corrupción y la apertura de un diálogo con las fuerzas opositoras.
Brasil también gira
Lo que sucede hoy con Rousseff es que Brasil parece inclinarse hacia donde empezó a girar el péndulo de América Latina a partir de 2013, tras la muerte de Hugo Chávez y la virtual disolución de la Alianza Bolivariana para América (ALBA), integrada por Venezuela, Cuba, Ecuador y Bolivia.
Durante los gobiernos de Lula y Rousseff, Itamaraty buscó posicionarse ante Estados Unidos como un factor de contención del "chavismo" y sus aliados regionales, incluida la Argentina. Esa política, que inspiró la creación de la UNASUR y el ingreso venezolano al MERCOSUR, alcanzó su máxima expresión en la cumbre presidencial hemisférica de Mar del Plata de 2005, en la que, junto a Venezuela y Argentina, Brasil sepultó la propuesta estadounidense del ALCA.
Muerto Chávez, Venezuela entró en un tobogán económico y político. La derrota del oficialismo en las elecciones legislativas argentinas de octubre de 2013, que enterró los sueños reeleccionistas de Cristina Kirchner, privó al "eje bolivariano" de un aliado importante en la balanza de poder regional. Cuba, temerosa de quedar otra vez sumida en un aislamiento externo similar al que experimentó en la década del 90 con la caída de la Unión Soviética, avanzó en la recomposición de sus relaciones con Estados Unidos. Todos estos cambios tornaron superflua aquella función de "contención" que Brasil se había autoasignado.
Simultáneamente, irrumpió en el escenario la Alianza del Pacífico, que asoció a México, Colombia, Perú y Chile con una perspectiva de fuerte inserción en la economía mundial, que contrastaba con la creciente parálisis del Mercosur. Esta flamante entente, constituida por países que ya habían suscripto tratados libres de comercio con Estados Unidos, fue estigmatizada por la izquierda latinoamericana como "el ALCA por otros medios".
El "establishment" brasileño advirtió entonces que los problemas de competitividad de su modelo económico, orientado al mercado interno y centrado más en el consumo que en la inversión, le harían perder el liderazgo latinoamericano a manos de México. El necesario cambio de rumbo, admitido por la propia Rousseff al designar como Ministro de Economía al "ortodoxo" Joaquim Levy, implicaba abandonar el capitalismo prebendario fundado en la alianza estructural entre el sistema político y la versión brasileña de la "Patria Contratista".
Con o sin Rousseff, Brasil avanza junto al resto del Mercosur a un acuerdo con la Alianza del Pacífico, mientras que el "eje bolivariano" y sus aliados políticos son barridos por el viento de la historia.

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