El destino de la Argentina parece estar cifrado en los años 16 de cada siglo. En 1816 nació el Estado y en 1916, la democracia.
Ahora, después de varios años de desencuentros y rezagos, 2016 tiene que ser el año refundacional. El Estado democrático debe impulsar un desarrollo económico y social que habilite a la Argentina para entrar al círculo de las grandes naciones.
Hoy está 50ª en la tabla de países medidos por su producto bruto per cápita; 40ª en las que los ordenan por su desarrollo humano; y 60ª (de 65) en las que clasifican la calidad de la educación.
No faltará quien sostenga que, dado el contexto actual y las divisiones políticas, elevar a la Argentina al nivel de los países más grandes es una aventura inviable.
En verdad, el contexto no es un obstáculo, si se lo compara con el de 1816 o 1916.
Las confrontaciones políticas, a su vez, hoy son retóricas; en aquellos tiempos eran sangrientas.
El desafío de 2016.
Ni el contexto ni las luchas políticas impidieron, hace 200 y 100 años, la transformación de la Argentina, que primero se hizo independiente y luego alumbró una genuina democracia.
Cuando hay liderazgo, objetivos, decisión y la capacidad de movilizar a la población, lo imposible se hace posible.
La tarea a realizar hoy requiere metas y plazos. Es eso lo que asegurará la continuidad de los esfuerzos y la eficacia del proyecto.
"La educación demanda un cambio de los valores que hoy priman".
El desarrollo económico no es el mero crecimiento sino la formación de una estructura productiva compleja y equilibrada, que aumente la competitividad y dé lugar a un modelo exportador.
Hace falta un fuerte impulso a la ciencia y la técnica. El estímulo a la inversión, el financiamiento de investigaciones por programas, el fortalecimiento de la ciencia básica, los premios a la innovación, una zona franca científica y parques científico-industriales son parte de una política indispensable para impulsar el desarrollo.
La redistribución de ingreso, base del desarrollo social, debe hacerse mediante un reparto equitativo del ingreso ente el capital y el trabajo; no a través de subsidios que maquillan la pobreza y resienten la productividad.
La educación demanda, a su vez, un cambio de los valores que hoy priman en la sociedad. La exigencia, la disciplina, el esfuerzo, la constancia, las calificaciones y los exámenes son irrenunciables. La desigualdad social se combate con becas, no con relajaciones. Fue en base a estos principios que países hasta hace poco pobres en educación hoy ocupan los cinco primeros puestos en el ranking mundial de calidad educativa: Shangai (China), Singapur, Hong Kong, Taiwán y Corea del Sur.
Como embajador argentino ante la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) tendré la oportunidad de conocer a fondo la experiencia de otros países y evaluar la aplicación en la Argentina de las enseñanzas que dejen los casos de éxito.
Pero esto no será más que un aporte menor a la gigantesca política de desarrollo económico y social que debe encarar integralmente el Estado y la sociedad en la Argentina en 2016.

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Sección Editorial

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