El caudal de agua que bajaba a la una de la madrugada por 12 de Octubre y la cantidad de líquido acumulado a la altura de las vías hacían imposible llegar a las Torres. Detenidos frente al paso a nivel de calle Zuviría, varios conductores observaron cómo dos hombres en una moto se animaban a meterse en el lago urbano y transitorio. En segundos, el agua les llegó a la cintura y debieron volverse con el vehículo paralizado.
A las dos, la avenida Belgrano era un río y el agua, en la esquina de Balcarce, llegaba al medio metro.
Cada bocacalle de la ciudad era una trampa, pero cuando se intentaba llegar por otro flanco, el regreso a casa se convertía en aventura, de alto riesgo para los vehículos. A las dos y media, el escenario era parecido. A las tres y media, en el monumento a la Batalla de Salta se veía más agua que en resto de la ciudad, con innumerables autos detenidos. Sin embargo, parecía factible circular por el medio de la acera.
De contramano, por 12 de Octubre, fue posible llegar a las Torres. Era el fin de una peregrinación inesperada. Pero encontrar la familiar cochera del subsuelo con el agua hasta el techo y los autos cubiertos resultó una nueva desolación. Los bombeadores no se dieron abasto; el agua llegó rápido y desbordó su capacidad. Nadie pudo sacar el auto.
Cuando a la mañana el informe oficial dio cuenta de que habían caído 27 milímetros, no resultó creíble.
En los cerros hubo un diluvio y las calles de los barrios de la zona norte se cubrieron de ripio, roca y piedras.
Hace falta instalar varios pluviómetros, en distintos puntos de la ciudad.
De todos modos, hay algo bueno para destacar: la furia de la naturaleza, esta vez, no se ensañó tanto con los barrios vulnerables, no hubo víctimas fatales, heridos ni evacuados.
Como evaluación, queda claro que hace falta, con urgencia, una ingeniería nueva para los canales y desages de la ciudad.

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