La imagen fue poderosa. El presidente de la Nación parado delante de un lote sembrado con maíz, para anunciar la baja de los derechos de exportación a cuatro días de asumir en el cargo, demuestra un firme compromiso político con el campo.
La decisión de llevar a cero los derechos de exportación a cereales y carne vacuna y reducir en un 5% los de la soja, así como el levantamiento del cepo, la unificación del tipo de cambio y la eliminación de las trabas al comercio abren desafíos enormes para la agroindustria. Resetea una forma de pensar que se había hecho costumbre en los últimos años. De los planteos defensivos se puede pasar a los ofensivos. Se puede pasar del ostracismo a la luz.
Eso sí, el contexto sigue siendo difícil. La macroeconomía no está consolidada todavía. Inflación, déficit fiscal, endeudamiento externo y precios relativos distorsionados son algunas de las variables que restan acomodar. El ministro de Agroindustria, Ricardo Buryaile, reconoció, por ejemplo, que si bien el Gobierno mantiene su intención de bajar en forma gradual 5% las retenciones a la soja por año esto quedará supeditado a la cuestión fiscal.
El escenario internacional tampoco es sencillo. La decisión de la Reserva Federal de los Estados Unidos de aumentar las tasas de interés tras dejarla en cero durante casi una década augura un ciclo bajista en el precio de las commodities. La economía brasileña, principal socio comercial argentino, está en franca recesión. Aunque sigue demandando alimentos, la economía china se ha desacelerado.
Pese a estos frentes de tormenta abiertos, hay quienes prevén cambios positivos. Entre ellos, una recuperación del área sembrada con maíz en esta campaña y el incremento de la superficie con trigo para la próxima. En trazo grueso, de tres millones de hectáreas se podrá pasar a seis millones de hectáreas sembradas en cada cultivo. En ganadería, con los mercados externos abiertos, el novillo pesado no será una especie en extinción.
Falta mucho por hacer en decisiones micro. La lista puede ser interminable. Las economías regionales, ya sin retenciones y con un tipo de cambio sincerado, padecen la suba de costos.
Desde lo institucional se abre un desafío superlativo. Macri le pidió a Buryaile que trabaje para unir a los productores y que impulse el trabajo en equipo. Si hay retroalimentación con el sector privado, habrá que cambiar el chip. Quienes dejen de priorizar sus egos y la búsqueda de un puesto en el Estado y se dediquen a la presentación de propuestas, y a cultivar el arte del acuerdo harán aportes dignos de elogio. Y si desde el sector público se predica con el ejemplo, sobre todo con diálogo, este camino será más fácil de recorrer. Al mismo tiempo sería bueno que se abran oportunidades a la participación de gente nueva y talentosa.
Más allá de los estereotipos y prejuicios que tiene una parte de la sociedad sobre la agroindustria, hay una gran mayoría que está mirando al campo y a sus referentes con atención. Las referencias de Macri sobre la necesidad de pagar impuestos se inscriben en esa línea de pensamiento. Ahora la cancha empieza a equilibrarse. Y el partido hay que jugarlo.
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