El luctuoso evento en el que se vio involucrado el médico Villar Cataldo, produjo una avalancha de voces de apoyo y algunas que defendían el derecho a la vida (del delincuente) por sobre el derecho de propiedad.
La Declaración de los Derechos Humanos dice, en su artículo 3 que "todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona" y en el 17 aclara "nadie será privado arbitrariamente de su propiedad". Por lo tanto, la vida, la libertad, la seguridad y la propiedad privada, son derechos humanos y los delincuentes violan esos derechos humanos. Llevado al extremo, para entenderlo, si un ladrón me roba la comida todos los días y no lo detienen o no lo detengo, muero de hambre. Mi comida es mi propiedad, sin ella no vivo; luego mi propiedad es equivalente a mi vida.
Nadie, creo, discute el derecho a la legítima defensa (¿existe defensa no legítima?), la discusión pasa por si debe o no haber un límite en su uso.
Las personas que trabajan no están acostumbradas a la violencia de un asalto, saben cómo ser útiles a sus vecinos, no saben cómo ser violentos. ¿Y por qué habrían de saber cómo ser violentos si el Estado, en teoría, los defiende? Simple, deben saberlo, no porque se sientan desprotegidos, sino porque están desprotegidos. Antes, los ladrones esperaban a que la casa estuviese desocupada para entrar; ahora ingresan cuando están los dueños; ¿es accidental? no. Como los riesgos son los mismos y pueden obtener más botín, incluso más rápido y con menos esfuerzo; arma en mano invaden nuestras casas y nuestras vidas. Todo esto es consecuencia de la subversión de valores, del relativismo moral y de la satanización de quienes defendemos al individuo, ideas que el posmodernismo ha impuesto en la conciencia de la mayoría. Las consideraciones especiales para con los delincuentes tienen mucho que ver con la corrupción en el gobierno, con los impuestos que ahogan a los que trabajan, con los subsidios indiscriminados, con las usurpaciones de terrenos y con tantas otras cosas que se basan en los principios posmodernistas antedichos. Todo esto responde a la misma lógica.
La batalla cultural se ha desatado hace más de 30 años; quienes creemos en la paz y en la convivencia en armonía, recién ahora nos hemos dado cuenta de ello. Tenemos un largo camino para recuperar el terreno perdido, ­basta de retroceder!

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