El pasado domingo, una mayoría suficiente encomendó a Mauricio Macri la solución de la crisis institucional, económica y social que padecemos.
Al hacerlo otorgó prioridad al retorno a los cauces de la democracia constitucional, republicana y federal. Una meta que reclama hechos concretos e inmediatos, y que comprende la independencia judicial, la reforma electoral, la transparencia, la reconstrucción del sistema de partidos políticos y el fomento a la participación de las organizaciones no gubernamentales.
Un objetivo estratégico que incluye la reconstrucción de la paz entre los argentinos. Macri hereda, en este terreno, un país -más que dividido- crispado y enfrentado a raíz de la perniciosa estrategia desarrollada hasta el final por el kirchnerismo. La pacificación reclama respeto a todas las disidencias y trayectorias; reclama también vocación de convivencia y diálogo sin cortapisas ideológicas ni cálculos oportunistas.
La dilucidación de presuntas o probables responsabilidades administrativas y criminales (de antes y de ahora) deberá derivarse a los jueces, inmediatamente liberados de presiones y avasallamientos.
Una economía para el bienestar general.
La segunda manifestación de la crisis argentina se ciñe al agobiante escenario económico. Aquí el desafío de Macri consiste en frenar la inflación y recuperar el pulso de nuestros motores productivos, sin comprometer la paz social ni los objetivos de largo plazo (abatimiento de la pobreza y construcción de una economía capaz de integrarse al mundo, de generar bienestar y de renovarse tecnológicamente).
Salir del estancamiento requiere de medidas generales, tanto como de políticas especialmente diseñadas para favorecer a las economías regionales que, como la salteña, tienen mucho que aportar en términos de ingreso de divisas, de creación de empleo, de innovación y de integración de los excluidos.
Los conflictos presentes en la arena económica son históricos, recurrentes y resabidos: salarios versus impuestos y ganancias; industria versus campo y minería; Estado versus mercado; apertura versus proteccionismo; estabilidad versus inflación; trabajo reglado versus trabajo en negro; productividad versus negligencia subsidiada; producción versus ambiente.
Aunque haya que vencer barreras y prejuicios, el nuevo presidente debería intentar un acuerdo económico y social alrededor de los lineamientos de la reforma económica y, en ese marco, definir las compensaciones y salvaguardas en favor de los sectores sociales a los que vayan a demandarse especiales esfuerzos.
Hará falta dejar claro que no habrá hijos y entenados; que el relanzamiento de la economía beneficiará a todos y no solamente a algún sector de privilegio.
En este sentido, los sindicatos, las organizaciones empresarias y el nuevo equipo económico deberían adecuar urgentemente sus estrategias a los nuevos tiempos. Apelando, para encontrar inspiración y desechar falsas soluciones, a nuestra historia -rica pero traumática- y a las experiencias comparadas.
Los actores sociales y políticos deberían convenir en que la genuina recuperación del alicaído vigor interno y externo de nuestra producción, no resultará de la enésima devaluación competitiva que, además de conflictos turbulentos, traerá -como siempre- pan para hoy y para algunos y hambre para mañana y para muchos.
Inversión en infraestructura, nuevas reglas favorables a la producción y al comercio (interior y exterior), reforma fiscal, fomento de la investigación y de las nuevas tecnologías, incentivos al talento de los productores y a los compromiso del capital, son las claves para aumentar la cantidad y la calidad de los bienes y servicios que producimos.

Personas y familias

El tercer desafío consiste en derrotar las lacras que afectan a nuestra convivencia (narcotráfico, inseguridad, violencia) y que condenan a la exclusión y al sufrimiento a miles y miles de personas que mal viven en la Argentina.
En estos asuntos, Macri parece tener claro lo básico. No se trata de desarmar la tupida pero precaria red asistencial montada por el kirchnerismo. Se trata de depurarla del clientelismo y de otros vicios, dotándola de las prestaciones no dinerarias imprescindibles para reconstruir familias y personas heridas por la pobreza, la droga, la incultura y la desesperanza.
Para avanzar en esta dirección necesitamos un gigantesco esfuerzo urbanístico colectivo para humanizar los asentamientos y para liquidar las infra viviendas. Necesitamos nuevos barrios y nuevos pueblos que garanticen el acceso a los servicios esenciales para la dignidad. Necesitamos miles de profesionales en condiciones de asistir a las personas excluidas o en riesgo de exclusión. Necesitamos otra educación centrada en el aprendizaje y en la calidad.
Macri hereda una cuarta crisis: La que afecta a nuestras relaciones internacionales y se desarrolla en el marco de una crisis global que amenaza la paz mundial. Tras la penosa experiencia que significó el seguidismo a los comandantes latinoamericanos, el antimperialismo selectivo, y el compromiso con Irán, nuestro país ha de reconstruir su prestigio; buscando su sitio dentro del espacio que reúne a las democracias de todo el mundo, y comprometiéndose con los objetivos mundiales contra el terrorismo, y en favor de la paz, del ambiente y del desarrollo humano.

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