Pierre Teilhard de Chardin, jesuita francés dueño de una de las mentes más brillantes del siglo XX, supo concebir una original teoría evolucionista que combinaba ciencia y fe, concluyendo, no exento de críticas de científicos y teólogos, que Dios se encuentra al final del proceso evolutivo y no al principio. En este sentido, fundamenta sus premisas en la existencia de tres infinitos: lo infinitamente grande (lo cósmico); lo infinitamente pequeño (lo cuántico); lo infinitamente complejo (Dios), donde la combinación de la existencia de materia y de vida humana, necesariamente derivan, a medida de que el nivel de su complejidad aumenta, en la comprensión o conciencia de Dios como perfección y último eslabón de la cadena evolutiva.
Hoy en día, sus ideas en relación a los tres infinitos parecen haber recobrado importancia si lo analizamos desde el punto de vista de la tecnología. En este sentido, podría sostenerse que el hombre se ha lanzado a la conquista de estos tres infinitos a través de la tecnología: lo infinitamente grande (tecnología aeroespacial), lo infinitamente pequeño (nanotecnología) y lo infinitamente complejo (inteligencia artificial aplicada a la robótica, biotecnología, etc.).
Leyes de ciencia ficción
Quizás algún fanático de la ciencia ficción, y particularmente de la obra de Isaac Asimov, esté familiarizado con las llamadas "tres leyes de la robótica" -lo infinitamente complejo-, a saber: 1) un robot no dañará a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño, 2) un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la primera Ley; 3) un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que ésta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda Ley. Estos principios, se encuentran en discusión en la actualidad, por ejemplo en relación a la regulación legal por la responsabilidad civil de adelantos tecnológicos como los drones y los vehículos autómatas, los cuales, a pesar de carecer de inteligencia artificial, cuentan no obstante con software sumamente precisos de geolocalización.
En relación a la aplicación de nanotecnología -lo infinitamente pequeño-, cabe señalar que diversos aspectos de la ciencia y la técnica pueden verse beneficiados por el uso de propiedades revolucionarias que pueden encontrarse en la materia a escala nanométrica, pues su dominio permite o permitirá soluciones a muchos problemas actuales mediante materiales, componentes y sistemas más pequeños, más ligeros, más rápidos y con mejores prestaciones. El Derecho, en este sentido, intenta adaptarse constantemente a estos nuevos desarrollos dependiendo de la rama de la ciencia o técnica que se trate, evitando posibles abusos de su utilización pero sin obstruir la innovación y la creatividad en la experimentación. Quizás el ejemplo más claro de leyes que siguen esta tesitura -por cierto muy discutida por sus implicancias morales y hasta teológicas sobre la idea de Dios como creador del Universo- sea la Directiva Europea 98/44/CE relativa a la protección jurídica de las invenciones biotecnológicas, en cuanto prohíbe el patentamiento de los procedimientos de clonación de seres humanos, los procedimientos de modificación de la identidad genética germinal del ser humano, las utilizaciones de embriones humanos con fines industriales o comerciales, entre otros casos.
La Ley del Espacio
Ahora bien, la realidad una vez más parece haber superado a la ficción en materia legislativa aeroespacial, pues el pasado 25 de Noviembre de 2015 ha entrado en vigencia en los Estados Unidos de América una ley que puede ser un hito en la conquista de "lo infinitamente grande", la llamada "Ley de Estímulo de la Competitividad y Emprendedurismo Aeroespacial Privado" (Spurring Private Aerospace Competitiveness and Entrepreneurship Act) o, en forma de acrónimo, "SPACE Act" o Ley del Espacio.
En pocas palabras, la mentada norma permite a los ciudadanos y empresas estadounidenses no gubernamentales, la exploración con fines comerciales de "recursos espaciales o de asteroides", a los cuales se definen como "recursos abióticos ubicados en el espacio exterior o en asteroides del espacio exterior", incluyendo agua y minerales; a contrario sensu, quedaría excluida la explotación comercial de microorganismos o seres vivos. Consecuentemente, la Ley otorga a los ciudadanos y empresas estadounidenses derechos de explotación comercial tales como los de posesión, dominio, transporte, uso y venta de los recursos espaciales y de asteroides obtenidos.
Entre sus principales disposiciones, se modifican partes del Código Comercial de los EEUU (U.S. Code), en aspectos tales como: 1) seguros obligatorios de responsabilidad civil frente al Gobierno, a los tripulantes, subcontratantes y otros terceros para quien emprenda un viaje con fines de explotación comercial espacial, 2) mayor flexibilidad en las "licencias experimentales" que otorga la Secretaría de Transporte a la industria de vuelos espaciales comerciales, sea para el lanzamiento o reingreso de sus vehículos o de parte de ellos. Asimismo, se establecen una serie de estudios e informes periódicos obligatorios como el de "administración del tráfico espacial y mitigación de los desechos orbitales", el de "regulaciones de seguridad espacial", además de establecer una flamante "Oficina de Comercio Espacial" y la jurisdicción federal para el caso de litigios originados en daños por el comercio espacial.

Tratado del Espacio Exterior de 1967
En la "letra chica" de la comentada ley, el Congreso Americano deja claro -o quizás todo lo contrario- que "Estados Unidos no se arroga soberanía o derechos, titularidad o jurisdicción exclusiva sobre ningún cuerpo celeste", con lo cual abre el interrogante acerca del cumplimiento efectivo del llamado "Tratado del Espacio Exterior de 1967", en particular, si se cumplen con tres normas fundamentales allí establecidas, a saber:
1) "La exploración y uso del espacio exterior, incluyendo la Luna y otros cuerpos celestes, debe ser ejecutada para beneficio y en interés de todos los países, independientemente del grado de desarrollo económico o científico, y debe ser patrimonio de la humanidad". (Art. 1 del Tratado), 2) "El espacio exterior, incluida la Luna y otros cuerpos celestes, deben ser libres de exploración y uso por todos los Estados sin discriminación, y sobre una base de igualdad y de acuerdo al Derecho Internacional, debiendo existir libre acceso a todas las áreas de los cuerpos celestiales" (Art. 1 in fine); y 3) "El espacio exterior, incluida la Luna y otros cuerpos celestes, no son susceptibles de apropiación nacional por reclamo de soberanía, sea a través del uso, ocupación u otros medios" (Art. 2).
Futuro incierto
A modo de colofón, y luego de haber repasado una serie de situaciones y regulaciones que nos hacen caer en la frase común que sostiene que "el futuro es ahora", en alusión a los adelantos tecnológicos que ya son realidad y no ciencia ficción, simplemente resta preguntarse si en un futuro más lejano seguirá existiendo el concepto de "infinito" o de "imposible", pues, después de todo, y volviendo a Teilard de Chardin, el ser humano se ve cada día más persuadido de desarrollarse incesantemente hacia la perfección y hacia la conquista del todo.

Fuentes:

http://www.lanacion.com .ar/1859160-la-nueva-fiebre-del-oro-eeuu-autorizo-la-explotacion-de-la-mineria-espacial

http://www.efefuturo.com /noticia/planetas-usa/

http://www.wired.co.uk /news/archive/2015-11/12/how- to-mine-asteroids-for-fun-and-profit

https://www.congress.gov /bill/114th-congress/house-bill/2262





.

¿Qué te pareció esta noticia?

Aparecen

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora