La corrupción: un problema de todos

Lucas Potenze

La corrupción: un problema de todos

Los significados del término corrupción son muchos, y todos negativos. Corromper es alterar la forma de una cosa; echar a perder, depravar, dañar, podrir; sobornar a alguien con dádivas u otras formas; pervertir o seducir a una persona; viciar, y otras más en el mismo sentido. Es decir que la corrupción siempre es negativa y desde un principio debe prevenirse y combatirse. Pero es cierto que la corrupción existió siempre y seguramente está en todos lados, en mayor o menor medida, como la deshonestidad y el delito.
Es difícil encontrar un país donde no exista algún grado de corrupción, pero por esto mismo es misión indelegable de padres, gobernantes y educadores, estar alertas a sus causas y motivaciones y trabajar para que este mal no crezca dentro de la sociedad.
La corrupción, entre nosotrosLa corrupción no es cosa de quienes ejercen el gobierno ni de quienes tienen relaciones con él. Existe en todos lados y se inicia cuando las personas pierden la noción de lo que está bien y lo que está mal o bien, teniendo claro lo que está mal, se elige actuar de esa manera siempre que no exista una sanción. Así, si un niño roba una golosina de un kiosco sin ser advertido y el padre, en lugar de reprenderlo lo festeja o bien no hace nada, ese chico se irá formando en la idea de que los actos censurables son aceptables en tanto no sean descubiertos. En la escuela, se encontrará con una legalidad de matriz cuasi mafiosa, porque allí rigen códigos entre los alumnos que no censuran los malos actos sino que protegen a quien los lleva a cabo. Los actos de bullying, frecuentemente, son posibles porque los compañeros no los impiden sino que los aprueban cuando no se mantienen indiferentes. Si alguien comete una falta, aunque haya perjudicado al grueso del grupo, es casi imposible que sea censurado y mucho menos delatado ante las autoridades. La complicidad al interior del grupo es un valor superior y la peor condena posible es ser considerado un "buchón". Un ejemplo sencillo y para nada raro: Alguien activa una bombita de olor en un aula y durante dos o tres horas deben evacuarse las cinco aulas linderas. Se pierden valiosas horas de clase pero el culpable nunca será descubierto ni sancionado. Se resiente la autoridad del colegio y la mayoría de los alumnos lo ven como un triunfo sobre la institución que los instruye. No importa el cariño que le pueden tener a la escuela o a sus autoridades; son el otro y jamás traicionarán a uno de los suyos aunque haya cometido una falta que los ha dañado a todos.
Cuando un gobierno dura muchos años, sus funcionarios tienden a sentirse como auténticos dueños del poder que detentan por delegación.

¿Solidaridad o complicidad?

Algo parecido pasará en el trabajo, cuando un compañero ficha a otro como presente o cuando firma por él, o cuando comete algún tipo de deshonestidad. Un pacto de silencio protege a quien comete una falta siendo más importante el espíritu de cuerpo que el mantener la honestidad. Este es un punto clave en el análisis de la corrupción y ciertamente complejo. Nadie puede negar que el espíritu de cuerpo es una cosa buena; ayudar al compañero que está en un aprieto, visitar al enfermo, aconsejar a los más jóvenes y a los nuevos, ayudar a corregir errores, abogar ante las autoridades por los compañeros en apuros, compartir lo que uno tiene, son todas acciones positivas que se ven habitualmente en cualquier grupo de estudio o de trabajo, pero extender esta solidaridad natural a tapar las faltas, que muchas veces perjudican a todo el grupo, es otra cosa. Según la gravedad de ésta, bien puede merecer el perdón o la tolerancia de los compañeros, pero cuando la falta se reitera y el culpable se convierte en una molestia para todos, hay que ver si ese espíritu de grupo no se ha convertido en complicidad.

Robar sin barreras

La corrupción en el Estado tiene otra característica. En nuestro país es habitual que no cumplir con él no sea considerado una falta ni mucho menos un delito. Se postula que el Estado no cumple con sus obligaciones fundamentales y que existe en sus filas una corrupción crónica, por lo que dejar de pagar los impuestos o zafar de cualquier manera a los deberes que tenemos con él es una forma de defensa del ciudadano contra los funcionarios deshonestos de una institución que no cumple con sus funciones.
En la función pública se da la intersección de estas dos excusas: por un lado lo que se roba es dinero del Estado y por el otro, la impunidad está casi asegurada por las funciones que ejerce el actor del ilícito. O bien se roba para la corona, que es otra forma de corrupción organizada aceptada por casi todos los partidos políticos como lo fue en su momento el "fraude patriótico". A su vez, la corrupción se desarrolla a la sombra de la desaparición de las trabas morales. Los sentimientos religiosos están en retirada, la autoridad paterna cada vez menos respetada, la ley importa poco cuando se la puede violar; son pocos los líderes considerados ejemplos de entereza moral y el antiguo respeto a los maestros parece cosa del pasado.
Por lo tanto el único límite a los actos de corrupción parece ser la represión y el castigo. Sienten que nada les puede pasar y que la impunidad que da el poder va durar para siempre. Por lo tanto, no es raro que aumente el grado de corrupción en los gobiernos que se perpetúan. Los casos de Yrigoyen, Perón, Menem y los Kirchner son buenos ejemplos de lo dicho.

La Justicia, un caso aparte

Un caso aparte lo constituye el Poder Judicial. Los cargos de los magistrados, asegurados de por vida, hacen que puedan sentirse omnipotentes y capaces de producir fallos arbitrarios sabiendo que es muy difícil que eso les cause algún perjuicio.
Volviendo al principio: la corrupción es un tema que no sólo atañe a los corruptos; la corrupción comienza a gestarse con la educación de los niños, va tomando forma en el colegio y se manifiesta tanto en la relación del ciudadano con el Estado como en las conductas de muchos funcionarios.
En todas las personas e instituciones (Estado, Escuela, Familia, fuerzas de seguridad) que representen alguna autoridad. Hace falta que el niño sepa desde un principio que robar siempre está mal, que cambie la cultura semimafiosa de los estudiantes, para lo cual haría falta que los docentes se comportaran como verdaderos ejemplos de trabajo y honestidad; que no se vea más al Estado como un enemigo, que las instituciones represivas respeten estrictamente los derechos de los ciudadanos, que el Poder Judicial inspire confianza y que los funcionarios, probos, capaces y bien pagos, tomen su función como un servicio y no como una forma de hacerse ricos.
No es poco, pero el problema no se arreglará simplemente por temor a la sanción sino con un esfuerzo de todos, a sabiendas de que una sociedad sin corrupción es la única donde puede existir una democracia que asegure educación, progreso, desarrollo e igualdad.

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