La crisis política, económica e institucional de Brasil es un acontecimiento de enorme impacto en toda la región, pero no debería obstruir la integración regional, indispensable para el desarrollo de nuestros pueblos.
La suspensión de la presidenta Dilma Rousseff parece marcar el epílogo de la hegemonía populista de izquierda inaugurada hace 18 años con la llegada de Hugo Chávez al poder. La inacción de la Unasur y del Mercosur ante el juicio político, más allá de las declaraciones aisladas de algunos presidentes, contrasta con las posiciones solidarias asumidas ante las crisis de Honduras, en 2009, y Paraguay, en 2012, y es síntoma de que la alianza ideológica se diluye y de que los países que los integran están obligados a replantear sus objetivos y la forma de relacionarse entre ellos y con el mundo.
Más allá de la legitimidad del mandato del presidente interino Michel Temer, puesta en duda por observadores de diversos signos políticos del país y del exterior, la realidad de los datos de la economía marca una caída drástica de la actividad económica del gran país de la región, miembro del BRICS (coalición de economías emergentes que incluye a China, Rusia, India y Sudáfrica), que hace apenas cinco años se proyectaba como la sexta economía del mundo y se aprestaba a desplazar a Francia del quinto puesto.
América Latina vivió una década de inédita prosperidad alentada por el precio de los hidrocarburos y las materias primas en general, la demanda alimentaria y el flujo de inversiones extranjeras directas. En ese período se fortaleció un modelo político, autoproclamado progresista, que percibió las demandas insatisfechas de la enorme población pobre de la región y trató de dar una solución aumentando la capacidad de consumo. Sin embargo, luego de un lustro de estancamiento, al terminar la bonanza, o el "viento de cola", como se la definía, quedó en evidencia el enorme déficit que quedaba en materia de infraestructura productiva, generación de empleo genuino y competitividad de las economías dentro de los mercados mundiales.
La prolongada agonía del régimen venezolano, una potencia petrolera que no fue capaz de generar una industria alimentaria, el juicio político contra Dilma Rousseff, el crítico epílogo del gobierno de Cristina Kirchner y, especialmente, el archivo de proyectos ambiciosos como el gasoducto sudamericano y el banco del Mercosur son indicio de la aparición de un nuevo escenario y del imperativo de una reformulación de los términos de la integración regional.
El alineamiento ideologizado contra los Estados Unidos y la ilusión de una multipolaridad que acercaba a la región hacia Rusia y China encontraron su límite.
Para la Argentina, la incertidumbre sobre el futuro de Brasil es preocupante. A nivel interno, el cambio de gobierno trajo aparejado un cambio drástico de rumbo, tanto en su economía como en su política exterior. El déficit fiscal, la inflación, la pobreza y el desempleo obligan a un replanteo y, en consecuencia, el país transita un período de incertidumbre ante el cual la evolución de su principal socio será decisiva.
En 2011, el intercambio comercial bilateral alcanzaba los 39.600 millones de dólares, y en 2015, se redujo a 23.083 millones, un 42% menos. El país vecino no solo aporta el 72% del producto bruto del Mercosur, sino que esta crisis, muy anterior al juicio político en marcha, ya se hizo sentir en los últimos años en las exportaciones automotrices argentinas, porque más del 80% de nuestras ventas en el rubro se dirigen al mercado brasileño.
En los últimos meses, las exportaciones argentinas retrocedieron y las importaciones desde Brasil se incrementaron. El "ajuste" comenzó allí hace tiempo, luego de años de un nivel de consumo que resultó insostenible y una política cambiaria forzada. Para la Argentina se hace cada vez más complicado exportar a ese mercado, que debería ser el socio natural de nuestra economía.
El presidente Mauricio Macri, la canciller Susana Malcorra y el ministro Alfonso Prat Gay ya manifestaron la decisión del Gobierno argentino de consolidar el Mercosur e impulsar nuevas alianzas de este tratado con la Unión Europea y la Alianza del Pacífico.
Para el país, y en especial para el NOA y el NEA, es imprescindible transitar ese camino, tratando de contribuir a la superación de las crisis coyunturales que se planteen en los países miembros.
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Sección Editorial

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