Ni la vejez ni la adolescencia, los peores años de nuestra vida se inician antes de nuestro trigésimo cumpleaños, es decir, cuando ya somos adultos pero aún no hemos conseguido aquello que creemos que nos merecemos en la vida.
Ya a los treinta nos sentimos mayores y nos da por pensar que se nos ha pasado el tren para todo.
Una investigación publicada en la revista Emerging Trend in the Social and Behavioral Sciences (Nuevas tendencias en las ciencias sociales y conductuales) asegura que a pesar de que las etapas de la vida se han flexibilizado y la adolescencia se alarga más que nunca la mayoría de los adultos seguimos percibiendo la treintena como un punto de no retorno, una idea que nos causa terrible ansiedad.
Varios psiquiatras señalan esta época como un momento crítico de la vida y han acuñado el término quarter life crisis (algo así como "crisis del primer cuarto de vida") para referirse al estrés que se genera en los años inmediatamente anteriores a la treintena.
Entre los 20 y los 30 se multiplica el número de personas que sufre depresión en todo el mundo y es cuando se refieren las primeras historias vitales de estrés crónico. A medida que pasan los años esta insatisfacción y frustración aumentan.
Cuando se supera este primer cuarto de vida pueden pasar dos cosas: o nos adaptamos o empezamos a conseguir en la vida lo que queremos y somos así un poco más felices.
Pero en el primer cuarto de vida sufrimos lo que se conoce como estado de vagabundeo mental que se caracteriza por rumiar las cosas y por largos estados de indecisión que se relacionan con una menor felicidad y que dificultan la concentración para poner cosas en marcha y tomar decisiones.
La crisis del primer cuarto de vida se caracteriza por varias sensaciones. La primera es la de estar atrapado. En este periodo se ha empezado a aceptar responsabilidades y compromisos. Pasamos por los primeros problemas laborales, las relaciones de pareja se tornan más serias y es el momento de elegir carrera o de alquilar un departamento. La sensación es de que ya no hay nadie que nos cubra las espaldas. También nos embarga un sentimiento de abandono. Si se decide romper algunos lazos uno puede quedarse solo pues se sale del plan de vida de muchos de los amigos y colegas de trabajo.
Sin embargo, una vez que se han producido los reajustes necesarios y la persona ha salido fortalecida de la crisis se considera un ser humano nuevo, es decir, una mejor versión de sí mismo.

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