Alicia se llamaba y, sin duda, ese sigue siendo su nombre. Alicia no visitó nunca el País de las Maravillas; ella, junto a sus padres y hermanos, y también su perra Tierna, nació y creció en este barrio. Aquí tuvo sus amigos, ilusiones y desengaños.
No vamos a omitir que era linda, y algo más, y que los muchachos de la cuadra rivalizaban por merecer una sonrisa de ella. Sonrisa que ella les prodigaba a todos por igual.
Pero..., para decir verdad, eso sucedió después de cumplir ella sus diez años de edad, porque antes de eso Alicia era evitada y hasta rechazada. No tenía amigas ni amigos. Sus padres, don Francisco (don Pancho), y doña Francisca (doña Pancha) estaban preocupados, afligidos, diría, por la situación: a su hijita nadie la quería como compañera de juegos. Más aún: la eludían, y hasta estaba el que no quería ni verla.
Por lo que se conoce, la actitud de los chicos y chicas era justificada. -­Cuidado, ojo, ahí viene la chica de los Panchos! ­Rajemos!, decían en cuanto veían que Alicia aparecía en su bicicleta. Y se armaba la desbandada.
¿Cuál era la razón de ello?
Simple y sencillo: si estaban jugando a la rayuela, ella pateaba los tejos y de paso atropellaba a los jugadores; si jugaban a la escondida, ella delataba a los escondidos; si a las muñecas, ella se apropiaba de una y escapaba a todo pedaleo. Así en todo.
Como no podía ser de otro modo, muchachos y muchachas le hicieron un vacío. Y no faltaron las y los que la amenazaron con golpearla si no se alejaba del lugar.
Alicia se vio y sintió sola y abandonada. Su tía Odorica, que la apañaba y celebraba todas sus iniquidades, opinaba que le tenían envidia porque era la más linda y usaba los sábados vestidos y blusas de seda y organdí.
Sus víctimas reconocieron que sí, que era hermosa, flor de mina, como dijo el Negro Luján, pero que si no cambiaba de actitud se haría acreedora a una pateadura que ni te la cuento.
Alicia, que era bella, como se dijo, pero que no tenía un pelo de opa, tomó nota de la directa de Luján y el mismo día de su décimo cumpleaños decidió dejarse de amolar la paciencia, como decía una de mis abuelas, que era valenciana, y comportarse como una princesa, "como lo que soy", remató muy pagada de sí misma la niña Alicia.
Desde esa tarde dejó de ser "la chica de los Panchos", y asumir la identidad de "la niña de los Panchos". Que es más fino y mejor visto.
Eso hizo exclamar a mi tío Mununa: -No todas las bellas son paparulas.

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