Detrás de barrio Sanidad, en la zona sudeste, donde las calles son de tierra y las veredas ya no existen, se encuentra Primera Junta. El barrio surgió como un asentamiento, y la mayoría de las familias son numerosas y de bajos recursos. Allí la drogadicción, los abusos y la maternidad adolescente forman parte de las vivencias de todos los días. Pero ninguna oscuridad es total cuando se enciende una chispa, y esa chispa se puede ver a media cuadra de la cancha, donde vive Silvia Arias. En su casa funciona el comedor "Marcelino pan y vino", al que asisten 80 niños y niñas, acompañados por sus madres y abuelas.
El merendero "Marcelino pan y vino" cumple 6 años este 20 de julio, en el Día del Amigo. El nombre de este espacio fue un homenaje que Silvia Arias le hizo al padre de sus 5 hijas. Marcelo falleció hace 5 años, víctima de las drogas.
Los primeros pasos del merendero surgieron de la necesidad de Silvia de brindarles a sus hijas lo más básico: vivienda, alimentos y educación.
“Hace un mes que vengo. Tengo tres hijos y me separé. El papá de los chicos no me pasa nada. Hace mucho que no les compro ropa nueva, así que se visten con lo que me pasa mi papá y las tías”. Vanesa (31 años), madre de tres chicos de 14, 13 y 4.
"Antes del fallecimiento de Marcelo yo no tenía trabajo y andaba con mi hijas de comedor en comedor. Un día resolví que esto no podía seguir así. Mi mamá me ayudó a buscar un trabajo, que mantengo hasta ahora. Me gano la vida en una fábrica de bombones y amo lo que hago. Y me conecté con los organismos oficiales para hacer funcionar el merendero en mi casa", le contó Silvia a El Tribuno.
En Primera Junta las historias de vida, similares a las de Silvia, se replican en las 38 manzanas que tiene el barrio.
Primera Junta no tiene escuelas públicas, ni primaria ni secundaria. Existe un establecimiento educativo privado, Fe y Alegría, que cobra una cuota mensual de $100.
Silvia Arias tiene 34 años y su hija mayor tiene 14. Hace cuatro años rehizo su vida de pareja y de esa unión nació su sexto bebé: un varón que a los tres años espera todo el día la llegada de su papá del trabajo solo para recibirle el casco de la moto.
El merendero Marcelino funciona en la casa de Silvia, que cuenta con dos habitaciones, baño y cocina. El patio de la casa es de todos, de los más de 80 chicos que de lunes a viernes van a buscar la leche chocolatada con tortillas o el mate cocido con pan dulce.
"Con los años la situación empeoró y ahora, con el frío, son cada vez más los chicos, abuelos y madres que se acercan a buscar la merienda", contó Silvia, mientras jóvenes mamás y grupos de hermanitos llegan cargando su jarra para llevar la leche.
“En mi casa viven 8 hijos, uno de los cuales ya tiene esposa. Los otros chicos viven en Atocha. Cobro la pensión por ser madre de 7 hijos. Mi papá vive acá y me ayuda a pagar el gas”. Mónica Fabián (41 años), madre de 10 hijos.
En un sector de la casa Silvia logró levantar un techo de chapas y hacer un piso de concreto. Allí tiene dos tablones que hacen las veces de mesas y otros dos que sirven de bancas sobre bloques, para que los viernes los chicos disfruten de las jornadas sociales que están a cargo de una pareja de pastores. El improvisado salón se cerró con las paredes de una casilla, que fue donación de una vecina.

Donaciones y ayuda social

El merendero "Marcelino pan y vino" recibe el apoyo de la Cooperadora Asistencial. Desde allí y gracias a la gran voluntad de Silvia Arias muchas familias logran tener al menos un bolsón de alimentos, cuando la crisis los obliga a pedir au xilio.
La ropa y el calzado llega de los vecinos de la ciudad. "En barrio Tres Cerritos hay una revista vecinal que cobra con donaciones las publicaciones de los avisos", contó Silvia.
Mientras dialogaba con El Tribuno en el patio de su casa, Silvia recordaba la última vez que llegaron donaciones de zapatillas. Con los ojos humedecidos, contó cómo los chicos elegían el par que les servía y se las llevaban puestas, estrenado las zapatillas que llegaron con la colaboración de la Fundación Caritas Felices.

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