A 200 años de la Declaración de la Independencia hay muchos argentinos que no son independientes.
Es el caso de los que dependen de terceros para formarse una opinión. Cuando leen el diario, por ejemplo, dependen de alguien que les explique.
Conocen las letras, las palabras y cómo se ordenan en las oraciones, pero no comprenden textos: es una forma curiosa de analfabetismo funcional. Esto no es independencia.
Las estadísticas nos indican que solamente uno de cuatro argentinos comprende textos, que solo uno de cuatro alcanza un título terciario o universitario.
La tasa de graduación universitaria alcanza un 10%: uno de cada diez. Pero en el segmento con menores recursos solo uno de cada 100 alcanza un título universitario. ¿Cuál es nuestra misión?
El presidente Macri ha propuesto una revolución educativa. ¿Por qué hablamos de revolución? Porque no se trata de un simple cambio de políticas solo porque cambió el gobierno.
Necesitamos un cambio cultural y un compromiso distinto y a fondo de la sociedad.
Para alcanzar este objetivo confiamos en la capacidad de los docentes como verdaderos agentes transformadores del cambio. En ese sentido, nuestra responsabilidad es darles las herramientas necesarias para que lo puedan llevar adelante. La sociedad debe volver a poner a los docentes en el centro de la escena. Recuperar su verdadero rol, su prestigio y su misión.
Además, como dice el Presidente, debemos dar educación desde los tres años para que los chicos tengan la estimulación temprana que necesitan, aunque vengan de hogares en donde sus padres no tuvieron la suerte de una educación como tuvimos nosotros.
Las escuelas no pueden ser depósitos donde los padres y madres dejan a sus hijos a la mañana y los pasan a buscar a la tarde. Es necesario un compromiso de todos, también de las familias. Debemos suprimir ese círculo vicioso donde un chico con mala nota genera una reacción del padre que agrede al docente. Estamos enviando al Congreso un proyecto de ley para agravar la pena si un docente es agredido en función de su trabajo.
Hay un punto en este razonamiento que a veces se olvida. Lo que hacemos todos los días también educa. Si yo le digo a un chico que el cartel rojo significa "pare" y cuando sube al auto la madre o el padre cruza los semáforos en rojo, no sirvió el día de clases. Si le decimos que robar está mal y los chicos ven que los políticos roban, nosotros -dicho en la primera persona del plural- somos parte del problema y no de la solución, porque los ejemplos educan. Por eso el Presidente se compromete con la verdad. La verdad tiene que volver a ser un valor para todos, dentro y fuera de la escuela.
Éste es el compromiso que hace falta, porque no hay desarrollo económico, ni humano ni social sin educación. No hay pobreza cero ni hay derrota del narcotráfico sin educación.
Otro punto importante es el mundo laboral: vivimos en un mundo en el que se están creando nuevos trabajos todos los días. Un chico de hoy tendrá a lo largo de su vida siete empleos, cinco de los cuales aún no fueron creados.
No podemos preparar a los chicos hoy para los empleos que vendrán, pero podemos formarlos para dos cosas: para que aprendan a disfrutar de esta incertidumbre y para que sean los que salgan a crear esos empleos.
Las estadísticas y las encuestas dicen que la educación es una preocupación parcial. Que no está al tope de los principales temas de interés de los argentinos. La explicación de este fenómeno -una vez más- viene de Sarmiento. Él decía que el problema de la educación es que el que no la tiene no la reclama, porque no conoce el valor de ese bien. En términos más técnicos expresaba: "La demanda de educación es inversamente proporcional a su necesidad".
Una de las claves de la revolución educativa -para asegurar la independencia de las personas y no solo del país- es elevar al máximo esta demanda, para que sea un requerimiento social permanente y un compromiso de todos.

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