Hoy, miles de fieles católicos llegarán hasta el santuario de la Virgen de la Peña ubicado en el paraje Yariguarenda (lugar de la ranas, en guaraní), 13 kilómetros al norte de Tartagal. Nuevamente este año los peregrinos caminarán desde la ciudad por la ruta nacional 34.
Muchos promesantes llegan desde localidades cercanas a pie, pero también en vehículos particulares o unidades de transporte que colman el paraje donde residen unas 130 familias de criollos y originarios guaraníes.
El sacerdote franciscano Rubén Sica, director de la casa de retiros espirituales y guardián del santuario, es la cara visible de toda esta gran organización que demanda la celebración mariana y de la que participan la Municipalidad de Tartagal, el hospital, las fuerzas de seguridad, el Regimiento 28 de Infantería y los más de 200 servidores marianos.
¿Cómo se va modificando cada año la organización de la festividad a María de la Peña?
La planificación es la de siempre con la particularidad de que cada año que transcurre observamos el incremento de peregrinos que asisten a esta festividad. Este 2016 es el año jubilar de la misericordia y hemos comenzado el 2 de agosto en coincidencia con el Perdón de Asís entronizando la imagen de María. Tuvimos varios eventos que se extenderán hasta septiembre, como los jubileos de los jóvenes, de las fuerzas de seguridad y las visitas de la imagen de la Virgen a diferentes instituciones de Tartagal mientras rezábamos la novena.
El 2 de septiembre vamos a concluir con el jubileo de los docentes, en el que ya estamos trabajando especialmente.
¿Cómo fue la semana previa a la fiesta central?
La gente comenzó a llegar el sábado (por ayer) para acampar y esperar a los peregrinos que parten el domingo (hoy) a las 6 de la mañana desde Tartagal. Recibimos gente de todas partes y de zonas muy alejadas de Argentina y Bolivia. Siempre contamos con el apoyo incondicional de la Municipalidad, de las instituciones como hospital, bomberos, Policía, Gendarmería, Ejército, Servicio Penitenciario. Todos hemos participado de las reuniones interinstitucionales a las que también hemos invitado a jóvenes para que conozcan de qué se trata esta convocatoria e integración que no ocurre en cualquier ámbito. En el santuario se trabaja en equipo y es muy bueno que los chicos se involucren en lo que significa la festividad de la Virgen de la Peña.
¿Qué busca la gente que va al santuario?
La gente busca paz ante los conflictos familiares o sociales, propios de una época acelerada y difícil en todos los aspectos. Las personas ahora trabajan el doble, pero aún así no alcanzan a cubrir todas sus necesidades y esto acarrea problemas familiares que desencadenan en más conflictos. Por eso, cuando vienen nos expresan que aquí sienten paz, encuentran ese espacio que las renueva y fortalece. Todo el entorno de este santuario les transmite la armonía que vienen buscando, porque en realidad la localización al pie de las yungas, subir a la peña santa (el cerro de 850 metros de altura desde el cual los fieles ven la imagen de la Virgen), hacen de este santuario un lugar único y natural. Con solo ingresar se deja el ruido y se percibe la naturaleza con todos los sentidos.
¿Qué tarea les cabe a los guardianes franciscanos de este santuario?
Intentamos concientizar a todos de que este lugar es un don de Dios y sobre el que todos tenemos la responsabilidad de cuidar. Este es un lugar sagrado y el Papa nos pide cuidar la casa común, sobre todo en estos tiempos que estamos sufriendo las consecuencias del cambio climático. Hemos conformado un grupo de Servidores del Santuario que tienen esta misma conciencia y la retransmiten. Pero también pensamos en este lugar con un doble aspecto: potenciar y compatibilizar esta reserva ecológica con el turismo religioso. Si bien el turismo tiene el objetivo de dejar beneficios económicos, buscamos que quien llegue se lleve consigo esa experiencia religiosa que los renueve, les dé la fuerza, la energía, el consuelo que vienen buscando.
¿Cómo se incorpora al santuario la comunidad de Yariguarenda?
Esta es una comunidad mixta de criollos y originarios, integrada por unas 130 familias numerosas. Hemos trabajado con la escuela del paraje para transformarlo en una reserva ecológica, por lo que los vecinos han comenzado a plantar muchos más árboles. Los puestos de venta son para que los vecinos puedan ofrecer lo que producen y no solo en agosto y diciembre, sino durante el resto del año. Es una comunidad tranquila, armoniosa y todos tienen sus siembras, sus cercos, sus animalitos. Hay muchos que son pobres, pero de una pobreza digna; todo contribuye a esa configuración armónica que guarda este santuario.
¿Qué los lleva a ser servidores del santuario?
El cariño a la Virgen. Casi todos han tenido alguna experiencia personal, pero también resaltan el ambiente familiar que comparten porque nadie mira al otro servidor por sus preferencias políticas o condición económica. El único requisito es ser y sentirse igual al otro y trabajar con el corazón dispuesto al servicio. Todos reciben una formación espiritual, cristiana y franciscana. Construir este santuario nos llevó 15 años y lo logramos con la colaboración de la gente. Hoy tenemos en proyecto una casa de retiro espiritual porque nuestra mayor ambición es que este sea un centro de espiritualidad mariana y franciscana. Sea el tiempo que sea, contaremos con la Casa de Retiro y la Casa del Peregrino, porque hay muchos hermanos que quieren y necesitan pasar dos o tres días de oración y en contacto con la naturaleza, y aquí lo podrán lograr.

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