Sorpresa, incertidumbre y un fuerte desafío para el mundo. La reñida elección norteamericana, precedida de una de las más grotescas campañas que se recuerden, entre dos candidatos con imagen muy negativa, obliga a repensar los criterios con los cuales analizar la política de este primer tramo del siglo XXI.
Donald Trump, sin ser republicano, se impuso en las primarias de ese partido contra precandidatos con mayor linaje político y partidario. Es un ganador de representación cuestionada, que no necesariamente se va a someter a las autoridades de la fuerza que lo entroniza como presidente ni tendrá una aceitada relación con sus senadores y diputados. Un detalle que no se debe ignorar: en EEUU el Congreso es un poder y no una oficina del Ejecutivo.
Hillary Clinton perdió por falta de carisma, pero también por otras razones. En las primarias demócratas, su éxito frente a Bernie Sanders no llegó a ocultar que este último expresaba una visión que no admite diferencias entre Hillary y Trump. Esas heridas, probablemente, se sintieron en las urnas.
Ni la perspectiva habitual de muchos analistas políticos más cómodos en el análisis de las cuestiones de palacio que en las demandas de la gente, ni las encuestas de intención de voto parecen a estas horas instrumentos adecuados. Como en el Brexit británico y el referéndum de Colombia sobre la paz con las FARC, las urnas volvieron a desmentir a los sondeos. Aunque la proyección final anticipaba un resultado ajustado, todas la daban ganadora a Hillary.
El triunfo de un candidato que se mostró grosero, xenófobo, machista, violento, demagógico e improvisado obliga, como siempre ante las sorpresas, a buscar una explicación.
Uno de los caminos ha de ser, necesariamente, el balance de la gestión de Barack Obama, pero no desde la especulación del establishment sino desde la perspectiva de los obreros industriales, cuyo voto cimentó el triunfo de Trump. Es evidente que se sintieron interpretados cuando el nuevo presidente habló de poner límites al comercio con China y con Japón, de revisar los acuerdos comerciales que signaron décadas de apertura económica, de clausurar el ingreso de inmigrantes mexicanos y de recuperar viejas tradiciones.
El voto popular no necesariamente toma en cuenta los riesgos de pelearse con China, hacer buenas migas con Rusia o de retirarse del enfrentamiento en Medio Oriente. Tampoco analiza demasiado si las consignas son aplicables y si el candidato está dispuesto a llevarlas a cabo. Es claro en que en la potencia más poderosa del planeta, este triunfo de Trump cuestiona a las tradiciones y las instituciones democráticas y republicanas.
No obstante, a un gobernante se lo debe juzgar cuando gobierna. Si el discurso de Trump es desconcertante y genera incertidumbre en el mundo, como en la madrugada lo mostraba el derrumbe de las bolsas, su vida es la de un multimillonario absolutamente agradecido al capitalismo, muy cómodo con el establishment al que cuestiona.

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