Pocos tartagalenses que cada domingo participan en la iglesia De la Santa Cruz de las misas, de emotivos bautismos, comuniones y bodas, que asisten para renovar su fe, pedir bendiciones o agradecer las ya concedidas, conocen la historia de esta parroquia.
Su construcción fue producto de la promesa que una mujer le hizo, al pie de la cama, a su amado esposo enfermo. Fue el objetivo que se puso Clara Rivaneira ante su esposo, Erich Kaissner, en 1952 y que logró concretar tres años más tarde.
La iglesia se encuentra frente a la plaza principal de Villa Saavedra, sector que conforma prácticamente la mitad de la ciudad, teniendo en cuenta que el área llamada Villa Dequetch en sus inicios, hoy está integrada por más de una decena de barrios que se ubican en la margen sur del río Tartagal y que prácticamente divide en dos a la localidad norteña.
Solo quienes pintan canas saben que esta iglesia se levantó gracias a una joven que llegó entonces desde El Galpón a Tartagal, hermanando para siempre a los departamentos Metán y San Martín.
Clara Rivaneira trabajó con pasión y entrega para que, quienes residían en esa parte de la ciudad, tuvieran un templo que los uniera en una diversidad de actividades que van más allá de lo religioso y que contribuyen de una manera notable a la comunión de las familias.
Aquella muchacha hizo algo que hoy resultaría extraño porque las urgencias, la forma de ver y analizar las situaciones personales y familiares, son muy distintas a las de aquellos años: en lugar de comprar un terreno para levantar una casa para sus hijos, lo compró para edificar una iglesia. Era la promesa que años antes había realizado en uno de los momentos más difíciles y dolorosos de su vida.
Por Erich, su compañero
Fue la noche en que su marido se veía tan enfermo que Clara hizo la promesa que habría de cumplir tres años más tarde: construir una capilla, ya que el único templo era la iglesia La Purísima, ubicado en el centro del pueblo. Su esposo Erich era protestante, pero pidió que fuera un cura católico quien le diera el sacramento de la extremaunción. Fue un momento tan profundo y espiritual, que hizo esa promesa aun sabiendo que su esposo moriría a los pocos días porque su salud, a sus 52 años, estaba totalmente deteriorada.
Compró un terreno frente a la plaza y contrató a los obreros que fueron levantando las paredes. Cuando el templo estaba prácticamente terminado, viajó a Salta para comprar los mármoles para el altar e hizo fabricar las banquetas, las mismas que aún hoy se siguen utilizando. El 1 de mayo de 1955 fue el día en el que la iglesia De la Santa Cruz de Villa Saavedra oficiaba la primera misa.
La pareja
Clara y Erich Kaissner se habían conocido en El Galpón cuando el joven alemán, nacido en la ciudad de Berlín en el año 1900, llegó varios años después de finalizada la Primera Guerra Mundial. Arribó a la Argentina en 1925 y desde Salta se trasladó de inmediato a El Galpón. Allí conoció a Clara y se enamoró perdidamente, tanto que rápidamente le pidió casamiento. Ya como matrimonio, se trasladaron a la Capital donde él consiguió trabajo en una obra muy importante y que hoy identifica a Salta ante el mundo: el Viaducto La Polvorilla, construcción dirigida por el ingeniero Richard Maury, bajo cuyas órdenes el joven alemán trabajó varios meses, antes de trasladarse hacia Tartagal.
Ya en el norte, Kaissner, a quien sus amigos y vecinos llamaban Enrique, trabajó en la Standard Oil Company, que exploraba los yacimientos de petróleo y luego comenzó a realizar trabajos por su cuenta utilizando un viejo camión Colman, regalo de su suegra, con el que viajaba a Bolivia. Esos viajes no duraron mucho tiempo, ya que la gente de la época aseguraba que algunos aborígenes de la zona solían amenazar a los viajeros que se aventuraban por esos caminos.
Comenzó así su actividad en la industria maderera y lo hizo como afilador del aserradero perteneciente a la firma Colombo y Torres. Allí conoció a dos empresarios de Santa Fe, quienes le arrendaron un importante establecimiento, la finca Yacuy. El compromiso de Kaissner fue que durante tres años pagaría ese arriendo con trabajo y con madera. A ese lugar, 15 kilómetros al norte de la ciudad, se trasladó con toda su familia y logró reunir el dinero para adquirir otra finca que pertenecía a uno de los primeros madereros de la región, Agustín Aloy, a quien también le compró una casa que, durante una inundación fue arrasada. Siguió creciendo y adquirió una tercera finca de 24.000 hectáreas, dividida en dos partes denominadas Campo Grande y Río Seco. Erich trabajaba en forma incansable, mientras que Clara se dedicaba a la crianza de sus tres hijos.
A los 52 años, Kaissner falleció en un sanatorio de la ciudad de Córdoba y fue en esa oportunidad donde Clara hizo la promesa de levantar en el pueblo tartagalense un templo católico.
Lo que dejó Clara
Además de la parroquia, en las cercanías de su primera casa, Clara hizo construir otra, rodeada de plantas frutales. El 9 de febrero de 2009, uno de los nietos de Erich y Clara, que junto a su familia vive en esa casona de estilo colonial, salvaron sus vidas de milagro cuando el alud de agua y barro que arrasó con buena parte de la ciudad, cubrió la vivienda y que, curiosamente, los árboles de gran porte que arrastraba protegieron el inmueble haciendo de muro de contención. Sin embargo, el fenómeno ambiental se llevó pertenencias de Erich y Clara, como pasó con tantas familias que perdieron todo lo que tenían desde sus bisabuelos, aquellos que eligieron a Tartagal como su lugar.

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Sección Editorial

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Gabriela Mariotti
Gabriela Mariotti · Hace 13 meses

Hermosa historia de amor, de compañerismo , de vida!!!


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